Toma el puro. lo olfatea. Lo prende. Chupetea y degusta el humo al salir de sus labios. Mira a la docta concurrencia, que atenta sigue el ritual. Golpea sobre la mesa de honor y les dice: colegas, les recuerdo que también se fuma por placer y no sólo por deseos insatisfechos.
El cotorro de cabeza azul escapó de la jaula. Cuando iba hacía la montaña sintió una mezcla de coraje, celos y ansiedad. Regresó como saeta a su casa. Jamás aceptaría que otro perico le diese de besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.
Una vez al año la luna se aparta del camino y aluza el bosque y una casa abandonada. A través de la ventana se ve una tertulia, al centro un piano de cola. Se oyen risas, voces que dan paso al silencio cuando interpreta la sonata “Claro de luna”. Al terminar el hombre de la melena y amplia frente agradece los aplausos con una leve inclinación. El resplandor se apaga hasta quedar en la penumbra. La luna vuelve al camino y desaparece entre las nubes.
Paula, esposa de Alfredo, llevó a su ahijada al templo, para pedirle al santo niño de Atocha que le diese un compañero. A más de una hora de rezo, de pie frente a la imagen, le dice: «Madrina, estoy cansada». «Descansa, te dejo mi lugar». le contestó.
Seis meses después Otilia ,que así se llama la ahijada se casaba. Paula murió y ella ocupó su lugar.
Los maestros esotéricos aconsejan que apliques tu ojo a las pequeñas cosas de la vida; si deseas armonía, una cajita de cedro que resguarde el ópalo y el cuarzo es recomendable para tener una buena salud. En días de incertidumbre proponen que no abandones la cueva; solo si es estrictamente necesario. Sugieren que estés pendiente a lo que dice tu oído. Si al descansar por las noches escuchas latidos saltones, huracanes sibilantes o pompas que se rompen en tu pecho será necesario que llames al médico y a una excelente modista para tener a la mano un buen traje que te haga ver elegante y no ser un pobre muerto que sea el hazme reír en tu velorio.
Aquella vez, en el patio de su casa, le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar. «Ya es muy tarde», «No lo es», «Y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos», «No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto», «¿Estás seguro?», «Claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio. Así, mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas».
Eso se lo había dicho tres meses antes. Días después de haber hecho el corte, dejó de hablarme y me evadía. Aquella vez que salimos de clase, me dijo que me esperaba bajo el mango, ,
Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y, cuando terminábamos, sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.
Esa tarde cortamos mangos de un amarillo radiante y nos ganó el deseo de comerlos. Le hincamos toda la dentadura. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. Después me quité la camisa y me embarré de pulpa y le dije: «Te toca a ti …». Pensé que no iba a querer, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y, con la lengua y los labios, sorbíamos el dulce arroyo que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.
Bajo la sombra del árbol le reclamé a la Cristina que por qué no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces, la tomé de la cintura y la besé. Ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no, que estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores, que mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar a un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: «Cortas mandarinas».
Anexo a los quirófanos se ubican los vestidores médicos, sitio de enormes tensiones, los que estamos como aprendices, nos limitamos. El paciente era un niño de cinco años con un tumor alojado en faringe. El anestesiólogo con ojos de raya y espejuelo. Él normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba sentado en una esquina, alejado de los demás. El cirujano se la había pasado contando situaciones jocosas que festejábamos y se cambiaba de pie en una esquina contraria a la del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados. El otorrino se despojó de los pantalones, al mismo tiempo, el anestesiólogo sentado, hacia lo mismo. Cuando escuchamos del otorrino y cirujano «ay ay ay», amanerado y reculando hacía donde estaba su compañero y exclamando «¡Ay… ay qué me vas hacer…!, qué me vas a hacer», hasta que se topó con las piernas de su colega. Rompimos en carcajadas. Él se puso de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía con su vocecita amanerada “qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer” Instantes después se paró y serio le dijo: «ánimo colega, deje esa cara, que vamos a salir bien de la cirugía».
alió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola, y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal del ataúd reconoció a la araña, que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos, y era la misma que él veía, mucho antes de que pensara en meterse una bala.
El chipi chipi transforma los caminos en lodazales. Es el invierno, donde los días se alargan. Mi auxiliar, una muchacha de la comunidad, conoce a toda la etnia y gracias a ella la gente me va conociendo. Amen de que el consultorio es un paso obligado para llegar al centro del pueblo.
Juana vende tamales que trae desde su comunidad y llega sucia de los zapatos y con el vestido salpicado de lodo. Angela, que es el nombre de mi auxiliar, me dice que si le doy permiso a Juana de entrar al baño. Cuando sale me percato de que se ha lavado pies y piernas, en sus mejillas tiene una fina capa de polvo, sus labios tienen el color de la granada y su cabello negro y peinado. Lleva otras sandalias con un pequeño tacón. Juana se transformó en una adolescente hermosa.
Un rato platicaba con Ángela. ¿qué se dirán?, no lo sé, Le dije a mi secretaria: «se me hace que Juana anda de novia» y ellas volvían a la plática y sonreían con malicia. A Juana se le forman dos hoyuelos a uno y otro lado de la boca y sus ojos negros dejan ver sus pestañas rizadas.
Más tarde le pregunté a mi auxiliar que habían platicado. Y mi secre sin mirarme me dijo «le dejó dos tamales para que almorzara». Meses después tomando café supe lo que platicaron. Me dejó sin palabras y la mocita recién adolescente es de armas tomar.
Si Romualdo Godínez hubiera leído el epitafio de su tumba con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle a su esposa, que tuvo la osadía de la siguiente inscripción: «A mi marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»
Despacio entró a la cueva, solo oscuridad, algún rumor de agua, o algún gemido distante. En las tripas parecía tener una carrera de autos y empezó a inflarse. «algo te hizo daño» reconoció la voz de su esposa. «fue la crema de vainilla» Creyó asentir con la cabeza y luego llegó la absolutez de la nada. «Nunca me hacía caso, se carcajeaba cuando le dije que lo iba a matar» platicaba la mujer consigo misma, mientras repartía licor de frutas en el novenario.
La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano seguía allí, y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba atrapada en su sueño. La mano se cerró sobre su cuello y empezó a apretar. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… Recordó su vida. Escuchaba los aplausos, los abrazos y un día se dijo «de que sirvió todo. Es un día más, rodeada de la misma mierda». Luego el disparo certero y fatal en su recámara. Así volvía a la paz, recordando la noche de su muerte.
En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba en el dintel de la puerta la palabra «cógeme». Antes de los quince años lo supe, pero era una palabra hueca. Como una cascara de cacahuate.
Ayer casi se fundieron las piedras del río difunto. Marchitos estaban los “mocos de guajolote”. El cielo borroneado de oscuridad se prendió por los relámpagos. Un rayo en la seguía. Y después de los truenos cayeron chorreras por dos días sin parar. Los niños que nunca habían visto llover corrieron asustados buscando las enaguas de la madre. Enloquecidos por el agua, el pueblo desnudo bailaba y las parejas retozaron como gusarapos. Los ancianos dejaron las sillas y se encendieron como cocuyos. La vieja laguna, que solo los centenarios recordaban, volvió con espejos. Tres días duró la fiesta. Se fue el agua y solo quedó el pueblo árido, tan polvoso como un fantasma.
En el sueño la encontré dispuesta, una mano alisaba un rulo y bajo su camiseta de dormir la huella de su pezón. Cerca de la media noche abrió una hoja de la puerta y la luz del candil me permitió. Estaba esperándola. Frente a la madre tuvimos un diálogo con los ojos e inferí su visita. Lo que nunca supe es si la amé, o me enterró una daga.