El regreso

Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle un trozo  a su madre enferma. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una fiera recién nacida en el alma.

No todo está perdido

A los setenta años lo sacudió el deseo de ser extraordinario. No recuerda cuando le llegó, pero fue después de dar un largo paseo y previo a una vigilia adormilada. Una pregunta rondó como mugido. ¿ Cuántas veces estuvo a punto de perder la vida? Se dio respuestas que rápidamente enumeró. «De escolar casi me ahogo, de recién casado, nos asaltaron en un paraje desolado».
Se sonrió. Tenía la habilidad de recordar con nitidez. Y volvió a sentir los olores, los sonidos y el ambiente que le rodeaba las veces que estuvo en peligro. Cuando se dio cuenta había escrito en dos libretas todos los pormenores. Poco a poco fue dándoles forma y las veces que leyó a sus amigos en tardes de copas, recibió buenos comentarios.
Llevó tiempo encontrar a un profesional de la literatura para que le diese una opinión de su narrativa. Una semana después, le comentó con seriedad : “ Vas bien , sigue insistiendo, la literatura es de estar dando de patadas al portón”, días después fue al periódico de la localidad y Sigue leyendo «No todo está perdido»

Negrura

Hace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para hacerte más letal. Me incita pensar que un descuido puede ser mi oscuridad. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente en libros empolvados quitaré tus  grillos. Te dejaré olvidada en algún aeropuerto y quince días después brotarás en forma de vesículas hediondas de pus y de muerte. En la hecatombe te preguntaré: ¿Estás satisfecha?

El perfume

Pensó que dicha botica no existía, al encontrarla redobló las esperanzas. Al cruzar la puerta percibió un olor de antigüedad  y, al recargarse sobre el mostrador de cedro el aroma se hizo penetrante.
Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo  atendió como si fuese un viejo cliente que recién llega de un largo viaje. Después desapareció tras de una puerta que parecía de juguete.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sintió la soledad de su niñez; con el segundo, apretó los ojos y  llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo.
Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos.
—Rosas, de preferencia.
— ¿Adónde se las envío? —preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo.
— Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios.
— ¿En qué colonia?
—En ninguna: es en el cementerio municipal.
Ya en el centro de la ciudad vio  a un grupo de universitarias que con sus libros bajo el brazo caminaban delante de él. Y exclamó para sí, ¡Lo que tengo  que hacer para cumplir la promesa de no olvidar!

 

Los patos

Llegué al pueblo cuando los patos volaban rumbo al sur. La choza olía a cera, a silencio. A ella confesé mi ánimo indiferente. Juntó hojas, flores y aceites que al hervir dejaron escapar aromas de raíces tiernas.

—Debe tomar la poción al anochecer.

Me despeñé en un sueño. Me vi en una procesión. Mi dedo medio parecía un cabo de vela. Llegué al altar frente a la sacerdotisa. Ella, ocultando mi cara con su túnica, besó mi boca y degusté el sabor de las almendras dulces. Desperté sudoroso, tratando de tomar una bocanada de aire. Los cantos de fe envolvían mis oídos, pero no lo suficiente, pues el graznar agudo de los patos enmudecían los golpes que propinaba al féretro al tratar de salir.

¿Los patos regresaban o se iban? Nunca lo supe.

Lágrimas negras

La mañana es húmeda y fría. Hace quince noches que la lluvia pertinaz se escurre por las callejuelas del pueblo ahogando los campos sembrados de papa. En la aridez, los viejos soplan sus manos para calentar el pulpejo de los dedos. Las nubes, percudidas de sombra presagian que el mal tiempo seguirá.
Los pobladores oran, y el murmullo busca un trozo de cielo dónde asirse; mas las gotas lo devuelven a la tierra.
Cuatro espectros montados en escuálidos caballos bajan de la serranía y las madres, desesperadas, abrazan el cuerpo de los niños. ¡Lloran sin lágrimas para no mojar más la tierra!

El cuadro es de Millet

 

Gracias por  el tallereo  Letra.

El color de la sangre

Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y,  en la lejanía los coyotes firmaban sobre el silencio de la noche. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.
El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:
—Soñé que escribías algo para mí.
Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró:
— ¿Qué deseas, un cuento jocoso o algún relato serio?Sigue leyendo «El color de la sangre»

La paloma

Desde la antena de  televisión una paloma obesa  dobla el cuello y picotea sus alas. Espulga de parásitos su plumaje, alza la cabeza y divisa al sol vespertino. Es una tarde bochornosa, percudida por los vehículos que dejan una estela de inmundicias: aire remolido, vientos oxidados, espray de fetideces y una que otra virginidad masculina.
La antena   es insegura o quizá la obesidad del ave ha doblado la frágil lámina del tubo y ella decide aletear por precaución y se refugia en la cúpula de la iglesia. Desde allí se ve el “paseo de las bolsas”: es un espacio alumbrado de colores por luces de neón y música que eructan las bocinas dispuestas en torres.  Es una cuadra de sudores, donde las manos de los mujercitos mueven la cartera como si jugaran al boliche, y ellas— las mujercitas— la bambolean  al ritmo de la cadera y al golpe del tacón. Están en la misma calle, pero cada grupo ocupa diferente acera. ¿Qué se dirán las miradas? ¿Y aquel adolescente a qué puerta tocará? El policía está Indeciso no sabe hacía donde dirigirse, pero por donde vaya,  llevará  una pelota más en el vientre. El adolescente se ha ubicado estratégicamente y mira con insistencia a  ambos lados. Se lleva las manos a la bolsa de su pantalón y saca una moneda, juguetea con ella, la frota y luego la lanza  hacia arriba. Vueltas y más vueltas  en el aire,  como si fuese  un maromero. ¿Cara o cruz?,  ¿Águila o sol? Tal vez en el volado esté su vida. Cerca del cielo la paloma amamanta a los huevos con el calor de su cuerpo. Las campanas llaman a misa de las siete y las devotas apresuran el paso, doblando esquinas para evitar las embestidas del fauno.

 

La prueba

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Sólo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia
rápidamente lo cubrió.
— ¡Tu gabardina!— le gritó.Sigue leyendo «La prueba»

El viajero

Había caminado durante horas y cada vez que mi pie se arrastraba espantando chapulines salían capas de polvo que parecían nubes asustadas. La nopalera estaba seca, con algunas matas tasajeadas por los viajeros. Era la hora en que el sol afilaba las puntas de los magueyes.

¡Falta poco! me decían las gentes que se cruzaban conmigo, pero sólo veía una lengua seca que parecía no tener final. De pronto, fueron apareciendo vestigios de que no tardaría en llegar: un envase de plástico, una hoja de periódico y casas en la lejanía de un cerro.

El sol era tan candente que tenía que restregar el sudor para disminuir el ardor de la piel. Me imaginaba -mientras subía- una jícara de agua reciénSigue leyendo «El viajero»

El baile de las sepias

Minutos antes de  la noche  hay un catálogo de sepias. Bajo el cielo las nubes obesas avanzan lenta y prehistóricamente. El sol agónico aún destila; tiembla  en el aire una respiración comatosa. A los lados del río hay un mantel de piedras que se niegan a perder su destello. El perfil de los montes se oculta y  el azul de la tierra se amontona sobre sus ramas. El río pasa cerca de mis ojos. Corre dando golpes y remolinos por docena. Abajo el chapoteo del agua anima el canto de las ranas. La noche es un silencio, o quizá el croar enmudece y,  lo que mis oídos perciben es el silbido profundo de la serpiente.

LA VISITA

Entré con timidez y respeto. Para llegar al corredor eludí flores de durazno y arabescos de arañas en los perones. Salió una niña espigada, pelo largo, tez morena y una sonrisa franca. Le pregunté.
— ¿Aquí vive la señorita Edna?
Asintió. Me vio cansado y me ofreció una poltrona. Acepté y se lo agradecí devolviéndole la sonrisa. Poco después salía.
—Dice mi hermana que si no la espera tantito. Al mismo tiempo que me traía un jarro de agua y otro de café.
—Ahorita le traigo pan, verá que le gustará reteharto, pues anoche lo hizo mi abuelita.
¡Claro que me gustará! Este pan sólo lo comes por estas tierras de frío con hornos de barro y flores de durazno. —Pensé.
El corredor era largo y estaba resguardado por grandes macetas con helechos, azaleas y enredaderas que al escalar llenaban los ángulos formando un arco de hojas y flores.

         Salí antes de que se poblara la mañana. El pasto vidriado de rocío era una película donde se imprimía mi sandalia. Me pregunté ¿Cuántas generaciones habrán transitado por estos senderos? Sigue leyendo «LA VISITA»

BAJO LA LUNA

Nunca había estado en tal oscuridad! De niño pasé momentos sin luz, pero finalizaban en horas, y lo sabía porque el viejo ventilador empezaba a zumbar y los moscos volvían a sus escondites. En esta parte, cerca por aire y lejos por tierra, no había corriente eléctrica cuando llegué. Eran noches aluzadas por los candiles y adopté la costumbre de cargar en el bolsillo mi lámpara de mano.
Estaba deleitándome con el fresco, cuando escuché las buenas noches. Era un muchacho joven, de calzón, que sobresalía por la blancura de la manta.
— Mi mujer se va a aliviar y ya le empezaron los dolores —me dijo.Sigue leyendo «BAJO LA LUNA»

VIENTO Y TIERRA

3ec9caahaa7wcamkkw3bcat5vr6ncalgjaj1caw0ir90cafqoj5tcah36jaycaa9a15hca8xmxmdcatkq2n0ca1jdaueca2fs506cabd8rrtcaosn55pcaib3g50caf8yzfccaz02jvscaon7kevcao9jpaeMe sentí incómodo, como un niño  pillado. Lo sabía, pero por extraña razón, no lo había resuelto, ahora la compañera al observarme, recriminaba.

— ¡No te da vergüenza tener las uñas de los pies tan largas!

No dije nada, sólo asentí con la cabeza. Tenían más de un mes de crecer.  Había soñado  repetidas veces que  me volvía ave que surcaba rompiendo los vientos en el  desfiladero. Subía hasta posarme en el risco elevado y mi ojo preciso me impulsaba hacia abajo en una caída vertiginosa. Abajo las bolsas del río. Caía en picada y regresaba a los cielos con un pez en mis garras. Por las noches escondía la mirada entre las estrellas y  con júbilo iba a un lado de la alborada despertando a los  amaneceres.

En las tardes, entre la gritería de los tordos que regresaban a la guarida de los cedros   me veía  inmerso en los sueños de Leonardo. O bien cuando  veía a los zopilotes que parecen sestear  en las sábanas del cielo. ¿Alimentaría mi extravío  el deseo de ser pájaro? Recordé que mis ancestros Totonacos aún bailan la danza del volador y cuando el guía da la hora se lanzan al vacío, sobre el viento. Por un instante el cuerpo cardenal se convierte en pájaro, mientras la flauta ata el ayer y el hoy con una oración que se esparce por los cerros  y recovecos  del alma. Plácido dormía escuchando el aleteo de las garzas.

Un día en la mañana mis uñas lucían rectas, recién cortadas y la compañera, cerrando el ojo me decía:

— A ti, hay que tratarte como bebé. Y mostró los pedazos de córnea que había depositado en un frasco transparente. No tenía objeto una discusión. Me sentí como si me hubieran cortado las alas.

Meses después una dolencia se instaló en mis talones y tras de observar la radiografía, el médico  dijo: Tiene los espolones más grandes que he visto.  Así como están, se parecen mucho a los  de  un gallo viejo que ha rascado y rascado…

AMADA MEDUSA

Se mueve con la gracia de un felino, sus ojos son el día y la noche, su mirada es un reto. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el galope de mi corazón de granito.

 Aquella tarde,  a hurtadillas llegué a su palacio. Detrás de los  guerreros dormidos le declaré mi amor. Entendió que me burlaba de ella y que mi propósito –como el de muchos de los marciales– era darle muerte. Sus pupilas encontraron las mías y quedé convertido en estatua. Ayer vino Perseo, Sigue leyendo «AMADA MEDUSA»