Nunca había estado en tal oscuridad! De niño pasé momentos sin luz, pero finalizaban en horas, y lo sabía porque el viejo ventilador empezaba a zumbar y los moscos volvían a sus escondites. En esta parte, cerca por aire y lejos por tierra, no había corriente eléctrica cuando llegué. Eran noches aluzadas por los candiles y adopté la costumbre de cargar en el bolsillo mi lámpara de mano.
Estaba deleitándome con el fresco, cuando escuché las buenas noches. Era un muchacho joven, de calzón, que sobresalía por la blancura de la manta.
— Mi mujer se va a aliviar y ya le empezaron los dolores —me dijo.
— ¿Dónde es?
— Aquí lueguito, por donde bajan las avionetas.
Mientras arreglaba el maletín, le pregunté otras cosas y deduje que todo parecía estar bien. Sin embargo, en esos menesteres uno nunca sabe, así que preferí llevar todo el equipo.
Fui en mi yegua, que responde por Gurrumina. El viento se hizo más fresco y las nubes que borroneaban el cielo desaparecieron dejando sin velos a la luna.
Llegamos rápido y, a pesar de la claridad, no definí qué camino tomamos. La vivienda era de tarros, con techo de palma, un cuarto y casi sin espacio para moverse. Era el tercer parto de una joven; el niño venía bien, pero la incomodidad desagradaba. Le dije al esposo que atendería fuera de la casa. Él aceptó, pues de esa manera los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de ella.
En un parto siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde ellos tienen el altar, ahora se convertiría, en mesa de trabajo y la situamos fuera de la vivienda, poco después el esposo traía una vara con horqueta, recién cortada del monte, de donde colgaríamos el frasco para hidratar a la madre. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado. Nos quedamos en silencio.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba una mano y el esposo pendiente, muy pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Era inusual: arriba  se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar a la piedra, tierra y vientre. La floración de las limonarias esparcía de jazmín el aire. Aire que sería el que respirase el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, pues la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos, al caer sobre los tejos y arrancaba al barro la voz que las cosas tienen dentro. Bajo las estrellas, la tierra era un inmenso diapasón. La matriz gran rosa, abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. El hechizo de traer al mundo a un ser que  llegue con infinitos atributos y convierta nuestra maldad en esperanza y benevolencia. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy lo entiendo: fue un obsequio que la vida me hizo, para recordarme el milagro de la vida.