El rey del aplauso de Rubén García García

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¡Con qué gracia lo hace!, ¡Qué espontáneo es ¡En eso coincidían políticos y actores de renombre. «…su forma de aplaudir es luz en los demás, ¡tiene tal fuerza infectante!». Si Fredy aplaude, los demás lo siguen; y se escucha una cascada que retumba. Fredy hizo nombre y fortuna con tal poder. Cuando la última palada cayó sobre su tumba cientos de globos blancos se elevaron al cielo y los dolientes guardaron un minuto de silencio.

La cuenta cuentos de Rubén García garcía

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Cuando Lia contaba cuentos el tiempo era de humo. Nuestros hijos volaban a selvas y montañas de misterio. Para que ella nos contara más, las internas más bellas dejaban al descuido sus médanos y valles. Así, los custodios se olvidaban de las normas. Lía era un viento fresco y juguetón en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos del abuso, de nadie y de todos.

Los descamisados de Rubén García García

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Caminan, haciendo alharaca una docena de hombres. Van rumbo al río, a bañarse con la corriente fría de la montaña. Encuerados reciben el masaje del agua y con las manos entrelazadas en la nuca se pierden al descubrir el tablero brillante del cielo.

Los hombres descamisados regresan. Platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. En la oscuridad se oyen chillidos, aleteos y uno que otro ruido que se confunde con carcajada. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Regresan al pueblo, a la choza, a entibiarse las caderas con las caderas de la amada. Nadie piensa, que mañana el sol inclemente, de la hacienda, les barbechará la espalda.

Mi madre y el naranjo por Rubén García García

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Llegó inesperadamente y penetró como navaja en un tomate. El mayo soleado dejó paso a una garúa invernal. Desaparecieron las moscas. Él naranjo esperaba un chubasco que lo refrescara y nunca la insolencia de este frío que lo estremece. Él viejo árbol no recuerda dónde guardó la gabardina, y tiemblan sus hojas Mi madre corre, lo cubre con una manta de plástico y protege su frutilla como si fuesen sus hijos.

Yo iba detrás de ella cuando su grito me detuvo: ¡No salgas porque te enfermas!

Pinche calor de Rubén García García

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La labor monótona del acondicionador de aire desespera. Solamente descansa cuando logra sacar a patadas las lenguas del bochorno. En estos días Las más de las veces se acelera, ya que ni a marcha forzada puede romper la flama de un sol atormentado por el hombre. En confianza le decíamos a Nature:

Qué tanto, es tantito. Ahora es tantote.

La armonía de la piel turgente y rosada; se ha vuelto seca y con patas de gallo.

El dios y el conejo leyenda mexicana

Editada por Rubén García García

Un día Quetzalcóatl regresó al valle de Anáhuac como cualquier mortal después de haber pasado mucho tiempo. Se mezcló entre la gente, sonrió y aplaudió a las mujeres por cómo habían transformado el maíz en ricos alimentos. Los grabados en los templos, las pinturas en los murales y las ofrendas colocadas en los altares hablaban de él y lo veneraban.

Caminaba silbando. Cada vez que sacudía la hierba, brincaban cientos de chapulines de increíbles colores, y sobre la piedra, las iguanas miraban hacia la lejanía. Aunque el rocío se había evaporado, su frescura perduraba en la hierba, refrescando los pies del dios. Mientras caminaba, encontró los ojos de agua, la que brotaba cristalina de las lajas y los enormes lagos que parecían espejos.

Admiró cómo el viento movía los pinares y la sombra del ahuehuete era cobija para los viajeros. El aroma fresco de los eucaliptos complacía a Quetzalcóatl, quien respiraba profundamente. Entre los sauces se detuvo a escuchar al ave de las cuatrocientas voces.

Se detuvo. Las luces del ocaso ampliaban el vestido de nieve de la mujer dormida y su compañero eterno, el Popocatépetl, mientras el dios esperaba la noche.

Del zacatal salió un pequeño conejo, de grandes ojos negros que parecían dos espejos de obsidiana. Movía las orejas y la luz de la luna encendía su cabeza, se tallaba los bigotes, que al masticar el zacate, los movía a uno y otro lado. El dios vio al teporingo y le preguntó:

—¿Qué comes? —le preguntó el dios.

—Zacate, a estas horas, el rocío lo torna dulce. ¿Quieres probarlo? Te invito.

—Gracias, es que yo no como zacate.

A tanto andar, la panza del dios gruñía y a veces parecía que rodaban maderos.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? Mira, aquí tengo una zanahoria.

—Te agradezco, pero yo no puedo quitarte tu comida.

—Si no comes, te mueres —le contestó—. Mira, yo solo soy un pequeño conejo y tú eres un viajero; cómeme, recupera tus fuerzas y continúa tu quehacer en la tierra. Al tiempo, se acostó, estiró las orejas y exhibió su cuello.

Quetzalcóatl sabía que su cuerpo podría perecer, pero su espíritu continuaría vivo y tomaría su forma: la serpiente emplumada. El teporingo le ofreció lo que nunca se repone. Tomó al conejito entre sus brazos, lo acarició y poco a poco lo fue metiendo dentro de su pecho hasta hacerlo latir. El dios dio un gran salto hacia la montaña de la mujer dormida y otro más hacia las estrellas. Cuando el conejo abrió sus ojos, miró buscando al dios. Solo estaba el zacate envuelto por una luz dorada. Al mirar hacia el cielo, descubrió que entre los mares y montañas de la luna estaba él, mirando hacia la tierra.

La culpa de Rubén García García

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Disfrutábamos en exceso y cada beso era para nosotros el último instante. Mientras te peinabas acariciaba tus hombros y te decía al oído: «esto ya no sucederá», te daba un beso en la mejilla. Pero eso bastaba para encendernos y terminábamos con las ropas desperdigadas. Todo se resolvió cuando dejamos de arrepentirnos y huimos a una lejanía donde no supieran que nuestras familias tienen parentesco.