Sendero
Los dedos del pianista alcanzaron velocidades fantasmales y en una serie de arpegios que imitaban alas en movimiento, las manos escaparon hacia el cielo.

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
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Los dedos del pianista alcanzaron velocidades fantasmales y en una serie de arpegios que imitaban alas en movimiento, las manos escaparon hacia el cielo.

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El recuerdo tuyo perturba. Suspiré profundo y llegué a una estación. Compré boleto para ir a cualquier parte. Lo llevé conmigo, lo acicalé, hasta que el aroma de tu nuca se hizo ralo. Una tarde de otoño rehíce el almizcle de tus senos y lo exhalé como una copa de rosas. Volví a verte y supe que estabas ya, en la gaveta de mi memoria.

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Soy el mascarón de proa.
He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados; aquellos en que el mar se irrita sin ser violento. Cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan los delfines atrevidos.

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Me lastimé cortándome las uñas, y la desgracia terminó cuando me amputaron la pierna. Meses atrás, las amigas de mi esposa le aconsejaron que era indigno que ella me recortara las uñas; «es un acto de sumisión», dijeron. Ahora, para el sustento, ella da servicio de pedicure a domicilio y acude a la casa de sus viejas amigas.

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Ella no tenía ningún problema si exclamara en la intimidad “te amo Beto”, ya que su esposo se llama como yo: Beto. Yo no podía decir te amo Marcia, porque mi esposa le digo Yoya. Antes de llegar a mi casa, pasaba a un bar, pedía ginebra con jugo de naranja. Mi compañera que tiene un excelente olfato me decía enojada: «¡ni te me acerques, bien sabes que así no te soporto!»
*tomado de una revista para caballeros.

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Cuando escuchaba mis pasos, gritaba «¡Ya llegaste!». Subía y subía hasta llegar a mi hombro. En mi oído, chasqueaba tres veces; esos eran sus besitos.
Era tan pequeño que el zarpazo de cualquier gato sería mortal. Por la noche, lo colocábamos en una jaulita y se metía gritando «¡A dormir, a dormir!».
Una noche llegué y me extrañó no escuchar su grito. Lo encontré con vida en el regazo de mi mujer. Se estaba muriendo.
Vi cómo se abrieron sus pupilas cuando escuchó mi voz. Allí conocí la impotencia. Lo cubrí en mi mano y corrí hacia el automóvil. «¿¡Dónde vas!?» «A buscar un veterinario».
Su gemido me detuvo. Paco, el pequeño periquito, ya no gritaría «¡Ya llegaste!».
Un dolor me torció el cuello y salí al patio a envolver mi noche con la noche.

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Camino en silencio.
Una chifladera de pájaros
en la alborada.

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Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. En la cabaña un quinqué que hacía fulgir un espejo roto. Mi mano fina rodeaba tu cintura y mi cuerpo se adosaba al tuyo. Un golpe con tu codo en mis costillas me recordaba que había que vestirse. Decidí quedarme, por la mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Ella asustada me decía «¿y si no despertamos?, es la tercera vez que te quedas». «Siempre tenemos la excusa de que somos amigas y que no pude embarcarme en el autobús de media noche. Aunque creo que lo saben… ¿No crees que es hora de platicar con ellos»

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