La soledad de un rubí por Rubén García García

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¡Vaya, sí que está en problemas! La fiesta es en casa del embajador y usted ha escogido un vestido plateado. Todo hace juego, pero hay un detalle: su collar de plata tiene en el centro un rubí. El rojo se ve muy solitario. ¿Un pormenor que lo acompañe? ¿No tiene aretes de rubí, o alguna otra piedra roja? Veo en su cara que no. A esta hora, las joyerías están cerradas. Pero hay una solución: repinte sus uñas, las veinte, de un rojo paloma. Al llegar a la fiesta, la escanearán de arriba abajo, y el rubí ya no se verá tan solo

Te llaman por Rubén García García

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Se sentó y tiró de las sábanas para cubrirse el pecho, mientras observaba la habitación desconocida, decorada en ricos tonos joya. La mano que reposaba sobre su cadera llevaba un anillo que reconoció al instante: era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que dormía plácidamente a su lado. Con sumo cuidado, se retiró la mano de encima. Una vez fuera de la cama y ya vestida, salió apresuradamente hacia la calle.

—Laura, Laura —la voz resonó con fuerza. Era la voz imponente de su marido—. Laura, Laura, despiértate, que Toño ya viene en camino.

Música para ratas por Rubén García García

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Por la mañana recorrió el pueblo tocando la flauta y las ratas empezaron a seguirlo hacia el río; la mayoría se ahogaron. Las restantes, empapadas y aturdidas, caminaron de vuelta al pueblo de Hamelín.

Olvido por Rubén García García

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En la mañana fría los internados del hospital de psiquiatría van en fila hacia las regaderas, el agua hace que sus cuerpos tiriten. Castañeando los dientes esperan a la asistente, que tarda con las toallas. Torpes y temblando sin contenerse cogen la bata raída y regresan a sus camas.

Para ella, la más vieja, nada ha cambiado.

El concierto por Rubén García García

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Los dedos del pianista alcanzaron velocidades fantasmales y en una serie de arpegios que imitaban alas en movimiento, las manos escaparon hacia el cielo.

La herida por Rubén García García

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El recuerdo tuyo perturba. Suspiré profundo y llegué a una estación. Compré boleto para ir a cualquier parte. Lo llevé conmigo, lo acicalé, hasta que el aroma de tu nuca se hizo ralo. Una tarde de otoño rehíce el almizcle de tus senos y lo exhalé como una copa de rosas. Volví a verte y supe que estabas ya, en la gaveta de mi memoria.

El mascarón de proa por Rubén García García

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Soy el mascarón de proa.

He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados; aquellos en que el mar se irrita sin ser violento. Cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan los delfines atrevidos.

Ironías de Rubén García García

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Me lastimé cortándome las uñas, y la desgracia terminó cuando me amputaron la pierna. Meses atrás, las amigas de mi esposa le aconsejaron que era indigno que ella me recortara las uñas; «es un acto de sumisión», dijeron. Ahora, para el sustento, ella da servicio de pedicure a domicilio y acude a la casa de sus viejas amigas.

sugerencias* por Rubén García García

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Ella no tenía ningún problema si exclamara en la intimidad “te amo Beto”, ya que su esposo se llama como yo: Beto. Yo no podía decir te amo Marcia, porque mi esposa le digo Yoya. Antes de llegar a mi casa, pasaba a un bar, pedía ginebra con jugo de naranja. Mi compañera que tiene un excelente olfato me decía enojada: «¡ni te me acerques, bien sabes que así no te soporto!»

*tomado de una revista para caballeros.