Cuento contemporáneo de Beatriz Espejo

No conduzcas tan aprisa. Los volkswagen no deben correrse a más de cuarenta. En el velocímetro la aguja marca setenta, a veces se inclina hacia la derecha según oprimes el acelerador. Setenta, ochenta, setenta, ochenta, noventa, cien. La vegetación tropical de
Cuernavaca, buganvilias e hibiscos manchando de rojo los camellones. Luego, una curva pronunciada, rocas abiertas en dos a fuerza de dinamita y pinares apuntando un cielo sorprendido. ¿Por qué preferir este coche? En el garaje dejaste el otro grande y estable
para correr sin problemas. Cien, ciento veinte, ciento cuarenta. Te hablan y no contestas, tienes la costumbre. Razonas en cosas ajenas como si te salieras del mundo. Desde el viernes pasado te sientes mal, duermes con dificultad. Te levantas para buscar pastillas que sólo te amodorran. Abres los ojos, esperas ardientemente el sol de las nueve y hallas la oscuridad de la madrugada. Por la cortina se filtra la luz del farol de la calle. Sientes un hueco en el estómago, una especie de inquietud semejante a un ardor por dentro. Te volteas bocabajo. Recuerdas la mirada de Ricardo irritada por los coñacs que tomó en tu compañía. Experimentas una repentina frialdad lejana al agradecimiento que te inspiró cuando lo creíste una especie de milagro. “La pureza del corazón consiste
en querer una cosa”. ¿Escribió eso Kierkegaard? Perdiste la pureza porque no deseas cosa alguna, aunque el hueco en el estómago te hace extrañar a Ricardo. Echas de menos su conversación chispeante, llena de contrasentidos, de ideas tergiversadas y sin embargo divertida. Conformas su imagen en traje de baño y en aquella alberca donde ambos se asoleaban y de pronto necesitas acariciar su espalda. “La pureza del corazón
consiste…” Ciento cuarenta, ciento sesenta. ¿Por qué conduces tan rápido? No hay prisa por llegar. En el asiento trasero duerme tu perrita. Sentada junto a ti, tu madre dice algo. No la escuchas, no le contestas.
Es aburrido permanecer contigo cuando te alejas estando presente. ¿Rememoras entonces tu infancia?¿Una especie de felicidad inverosímil en la cual te supusiste predestinada para lo mejor? Te preguntas cómo empezaste a fallar y en qué momento al presentarse la disyuntiva preferiste la ruta errada. Piensas en Ricardo, antes había sido Pablo y antes Mauricio y antes Enrique y antes. Varios de ellos opinarían que eres humorista, alabarían tu sentido de la alegría. Ninguno adivinó que te reías mucho como una obligación. Ninguno sospecharía tampoco lo cansada que
te encuentras. Bostezas, los párpados casi se te cierran y, al mismo tiempo, sabes que al llegar la noche no podrás dormir, no controlarás un temblor interno y constante. Sube el velocímetro, aceleras. En las curvas pierdes el carril, coqueteas con las pendientes.
Tú, la del rostro honesto, convertida en lo que cualquier mujer de treinta años quisiera ser. Disciplinada, trabajadora, luminosamente limpia, capaz de ganar dinero con tanta facilidad como lo gastas; pero ahora las pelucas, el maquillaje exagerado y las pestañas
postizas te aburren hasta la náusea. Te enfermas con la idea de enfrentarte a tu fotógrafo siempre insatisfecho, el mismo que te inculcó miedo a que los años pasen denunciando su inevitable saldo de arrugas y deformaciones. Tu secretaria considera trágica una herencia de clase media que no logras superar. Conservas todavía puritanismo demudado. Ricardo intentó cualquier medio para llevarte a su cama. Se pregunta por qué no aceptaste. Ignora tu miedo a esta sensación imprecisa con la cual regresas. Al planear el viaje alentabas el propósito de verlo, sin embargo desde el hotel cancelaste la cita que acordaron para cenar. Hacía poco te entusiasmaba aquel hombre alto
y elegante exasperándote con sus talentos de seductor. Algo así como sostenerse en el rojo mientras la ruleta marcaba el negro. Quizá ya te deprimen los  moteles, los riesgos y las aventuras furtivas. No corras tanto. En los coches pequeños la velocidad es
más peligrosa y a lo mejor por un accidente ni se muere uno y queda inválido o contrahecho. Reconstruyes la caricatura del gato empeñado en comerse un
canario vivaracho. Hubieras anhelado que te atraparan, que al cesar el asedio surgiera un sorpresivo silencio. Para entonces el gato se consideraba vencido. Las nubes coronan las montañas como algodones plomizos puestos allí para ensombrecer el panorama
luminoso unos kilómetros atrás. Mauricio te buscó en Cuernavaca. La semana anterior le confiaste que irías. Dio contigo porque regresas siempre a los lugares conocidos. Bastó con telefonear a la Hostería de las Quintas preguntando si habías tomado una suite. Otra
vez más lo juzgaste conceptuoso y frío. Te asustan sus labios duros; pero cuando bebió unos martinis adoptó una risita entre picara e insinuante. Comieron pollo al curry en un restaurante cuyos jardines estaban concurridos por norteamericanos ataviados como
para rivalizar con los pavos reales que el dueño del establecimiento mantiene cebados. Notaste la delicadeza de los geranios sobre la voz de tu madre emitiendo notas agudas en la referencia oficial de los agraristas que les quitaron la hacienda, los otoños del abuelo en Europa cuando no se viajaba a plazos, los turistas empeñados en visitar semanalmente la casa museo de la tía Emilia, el monumento fúnebre que la
familia conserva en prueba de sus antiguas glorias.
Mauricio seguía el casi monólogo con una expresión que interpretaste como de paciencia infinita, hasta que irónico y chocante —la frase fue un zarpazo—,
dijo que las mujeres carecen de espíritu. Tu madre se interrumpió desconcertada. Durante un segundo insonoro pareció aludirse; sin embargo lo pasó por alto y
celebró las excelencias del postre. Miraste las bellas manos de tu anfitrión, sus ojos incisivos. Te inquietó lo que ocultaban sus facciones regulares. Se apoyaba
en ideas rígidas y preconcebidas tomadas de Uspensky, un filósofo que detestas porque simpatizas con Katherine Mansfield. Evocas la anécdota ¿dónde la  leíste? sobre la escritora tuberculosa y moribunda en un establo parisiense, y el momento en que su maestro Gurdjieff le apagó la vela que la alumbraba, su último asidero a este mundo. Le preguntaste a Mauricio si realmente creía que las mujeres carecen de espíritu. Te respondió que las considera divinas y lo suficientemente encantadoras para ilustrar, como lo has hecho, la portada de Vogue y sonrió atusándose el bigote, mientras miraba a una señora de senos ostentosos ubicada en una mesa contigua y jugueteaba un
cigarrillo entre los dedos de la mano libre. Ricardo te contestaría que lo tiene deformado por el sistema económico. Suele tomarla con el comunismo entre comillas. Una noche intentaste explicarle esto que sientes. Se burló de ti. No entiende que se padezca
ostentando un broche de esmeraldas sobre un vestido de Pucci, como si tales cosas resultaran unos amuletos infalibles. Te examinó las piernas y retornó a su
actitud de gato perseguidor. Fatigada quisiste dejarte pescar; te aburren las promesas de nuevos encuentros epidérmicos que por otra parte siempre propicias. Acudió al socorrido argumento de que nada reciben los avaros, sin intuir que lo veías como un playboy con las armas rotas y que no procuras transacciones románticas. Te felicitó. Encontraba sincera tu expresión en el comercial donde anunciabas lavadoras ante
los televidentes, y se interesó por tus planes futuros. Respondiste que tal vez tomarías un respiro, una tregua. Noventa, cien, ciento veinte. Llueve torrencialmente, graniza. El coche patina un par de veces. Aceleras. De propósito coges mal las curvas, casi te despeñas. Tu madre enciende la calefacción, te pide nerviosa que
no vayan tan rápido porque se pueden matar. Dejaste de dormir desde que el papel de canario empezó a cansarte. Tu apariencia lo acusa. Bajaste de peso y se te estragó la cara. Pierdes la frescura del cutis por el cual te escogieron los dirigentes de Estée Lauder para
la publicidad de sus artículos de belleza; además trabajas mucho. Inventas quehaceres, asistes a todas partes, a los cocteles, a las galerías de pintura. No pierdes la oportunidad de aparecer en público aun  sabiendo las consecuencias. Una regla fundamental en
tu profesión radica en no popularizarse demasiado. Hablas de abrir una boutique con tu nombre, derrochas la suma destinada para el proyecto. ¿Cuánto transcurrió desde que en la escuela disfrutabas aquellas tonterías infantiles, premios, triunfos, competencias?
Escuchas de pronto un trueno. El volante vibra, te aferras a él; apenas controlas el auto. Huyen unos minutos violentos, logras detenerte en la cuneta. Tu madre habla del percance, recuerda que te lo había advertido. Esperas. Aparece la grúa que ayuda a los
viajeros en problemas. Amaina la lluvia. Persisten unas gotas. Hombres uniformados te cambian la llanta. Tu madre les agradece sus esfuerzos. Baja del automóvil, se aleja varios metros. La sigue tu perrita en
la que no reparas. Permaneces sentada. El mecánico te asegura que el incidente sólo fue un susto. Enciendes el motor. Buscas el espejo, te prodigas una mirada dolorosa y capturas dos imágenes amadas disponiéndose a regresar. Furtivamente ves en la guantera el catálogo que hiciste para la Ford Model Agency, tú, optimista e
internacionalizada. Ves también el precipicio. Oprimes un pedal y no importa ya que en la disyuntiva escojas el camino equivocado.

De letras y maullidos: Alta costura - Beatriz Espejo (cuento)

De noche soy tu caballo de Luisa Valenzuela

Sonaron tres timbrazos cortos y uno largo. Era la señal, y me levanté con disgusto y con un poco de miedo; podían ser ellos o no ser, podría tratarse de una trampa, a estas malditas horas de la noche. Abrí la puerta esperando cualquier cosa menos encontrarme cara a cara nada menos que con él, finalmente.
Entró bien rápido y echó los cerrojos antes de abrazarme. Una actitud muy de él, él el prudente, el que antes que nada cuidaba su retaguardia -la nuestra-. Después me tomó en sus brazos sin decir una palabra, sin siquiera apretarme demasiado pero dejando que toda la emoción del reencuentro se le desbordara, diciéndome tantas cosas con el simple hecho de tenerme apretada entre sus brazos y de irme besando lentamente. Creo que nunca les había tenido demasiada confianza a las palabras y allí estaba tan silencioso como siempre, transmitiéndome cosas en formas de caricias.
Y por fin un respiro, un apartarnos algo para mirarnos de cuerpo entero y no ojo contra ojo, desdoblados. Y pude decirle Hola casi sin sorpresa a pesar de todos esos meses sin saber nada de él, y pude decirle
te hacía peleando en el norte
te hacía preso
te hacía en la clandestinidad
te hacía torturado y muerto
te hacía teorizando revolución en otro país.
Una forma como cualquiera de decirle que lo hacía, que no había dejado de pensar en él ni me había sentido traicionada. Y él, tan endemoniadamente precavido siempre, tan señor de sus actos:
-Callate, chiquita ¿de qué sirve saber en qué anduve? Ni siquiera te conviene.
Sacó entonces a relucir sus tesoros, unos quizás indicios que yo no supe interpretar en ese momento. A saber, una botella de cachaça y un disco de Gal Costa. ¿Qué habría estado haciendo en Brasil? ¿Cuáles serían los próximos proyectos? ¿Qué lo habría traído de vuelta a jugarse la vida sabiendo que lo estaban buscando? Después dejé de interrogarme (callate, chiquita, me diría él). Vení, chiquita, me estaba diciendo, y yo opté por dejarme sumergir en la felicidad de haberlo recuperado, tratando de no inquietarme. ¿Qué sería de nosotros mañana, en los días siguientes?
La cachaça es un buen trago, baja y sube y recorre los caminos que debe recorrer y se aloja para dar calor donde más se la espera. Gal Costa canta cálido, con su voz nos envuelve y nos acuna y un poquito bailando y un poquito flotando llegamos a la cama y ya acostados nos seguimos mirando muy adentro, seguimos acariciándonos sin decidirnos tan pronto a abandonarnos a la pura sensación. Seguimos reconociéndonos, reencontrándonos.
Beto, lo miro y le digo y sé que ése no es su verdadero nombre pero es el único que le puedo pronunciar en voz alta. El contesta:
-Un día lo lograremos, chiquita. Ahora prefiero no hablar.
Mejor. Que no se ponga él a hablar de lo que algún día lograremos y rompa la maravilla de lo que estamos a punto de lograr ahora, nosotros dos, solitos.
“A noite eu so teu cavallo” canta de golpe Gal Costa desde el tocadiscos.
-De noche soy tu caballo -traduzco despacito. Y como para envolverlo en magias y no dejarlo pensar en lo otro:
-Es un canto de santo, como en la macumba. Una persona en trance dice que es el caballo del espíritu que la posee, es su montura.
-Chiquita, vos siempre metiéndote en esoterismos y brujerías. Sabés muy bien que no se trata de espíritus, que si de noche sos mi caballo es porque yo te monto, así, así, y sólo de eso se trata.
Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dormí teniéndolo a él todavía encima.
De noche soy tu caballo…

… campanilla de mierda del teléfono que me fue extrayendo por oleadas de un pozo muy denso. Con gran esfuerzo para despertarme fui a atender pensando que podría ser Beto, claro, que no estaba más a mi lado, claro, siguiendo su inveterada costumbre de escaparse mientras duermo y sin dar su paradero. Para protegerme, dice.
Desde la otra punta del hilo una voz que pensé podría ser la de Andrés -del que llamamos Andrés- empezó a decirme:
-Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el río cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicóptero. Está muy hinchado y descompuesto después de seis días en el agua, pero casi seguro es él.
-¡No, no puede ser Beto! -grité con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrés se me hizo tan impersonal, ajena:
-¿Te parece?
-¿Quién habla? -se me ocurrió preguntar sólo entonces. Pero en ese momento colgaron.
¿Diez, quince minutos? ¿Cuánto tiempo me habré quedado mirando el teléfono como estúpida hasta que cayó la policía? No me la esperaba pero claro, sí, ¿cómo podía no esperármela? Las manos de ellos toqueteándome, sus voces insultándome, amenazándome, la casa registrada, dada vuelta. Pero yo ya sabía ¿qué me importaba entonces que se pusieran a romper lo rompible y a desmantelar placares?
No encontrarían nada. Mi única, verdadera posesión era un sueño y a uno no se lo despoja así nomás de un sueño. Mi sueño de la noche anterior en el que Beto estaba allí conmigo y nos amábamos. Lo había soñado, soñado todo, estaba profundamente convencida de haberlo soñado con lujo de detalles y hasta en colores. Y los sueños no conciernen a la cana.
Ellos quieren realidades, quieren hechos fehacientes de esos que yo no tengo ni para empezar a darles.
Dónde está, vos lo viste, estuvo acá con vos, dónde se metió. Cantá, si no te va a pesar. Cantá, miserable, sabemos que vino a verte, dónde anda, cuál es su aguantadero. Está en la ciudad, vos lo viste, confesá, cantá, sabemos que vino a buscarte.
Hace meses que no sé nada de él, lo perdí, me abandonó, no sé nada de él desde hace meses, se me escapó, se metió bajo tierra, qué sé yo, se fue con otra, está en otro país, qué sé yo, me abandonó, lo odio, no sé nada. (Y quémenme nomás con cigarrillos, y patéenme todo lo que quieran, y amenacen, nomás, y métanme un ratón para que me coma por dentro, y arránquenme las uñas y hagan lo que quieran. ¿Voy a inventar por eso? ¿Voy a decirles que estuvo acá cuando hace mil años que se me fue para siempre?).
No voy a andar contándoles mis sueños, ¿eso qué importa? Al llamado Beto hace más de seis meses que no lo veo, y yo lo amaba. Desapareció, el hombre. Sólo me encuentro con él en sueños y son muy malos sueños que suelen transformarse en pesadillas.

Beto, ya lo sabés, Beto, si es cierto que te han matado o donde andes, de noche soy tu caballo y podés venir a visitarme cuando quieras aunque yo esté entre rejas. Beto, en la cárcel sé muy bien que te soñé aquella noche, sólo fue un sueño. Y si ustedes encuentran en mi casa un disco de Gal Costa y una botella de cachaça casi vacía, por favor no se preocupen: decreté que no existen.

Luisa Valenzuela nació el 26 de noviembre de 1938 en Buenos Aires, Argentina.

Su madre era la escritora Luisa Mercedes Levinson, amiga de Bioy, Borges o Sabato  y su padre el médico Pablo Valenzuela Meabe.

Luisa se sintió atraída por la escritura desde joven y empezó a publicar textos en la adolescencia en diversos periódicos como Atlántida, El Hogar, Esto Es, y trabajaba también para Radio Belgrano.

Se casó con un hombre de negocios francés con tan solo veinte años y se fue a vivir a París, donde  trabajó para la Radio Télévision Française y escribió su  primera novela Hay que sonreír. Tuvo una hija, Anna-Lisa.

Volvió a Argentina como periodista en el diario La Nación en 1961. Se divorció de su marido en 1965.

En 1969 obtuvo la Beca Fulbright para la Universidad de Iowa, donde escribió El gato eficaz. Desde 1972 hasta 1974 vivió entre México, París y Barcelona, con una breve permanencia en Nueva York, donde investigó aspectos de la literatura marginal norteamericana como becaria del Fondo Nacional de las Artes.

A causa de la dictadura argentina que le impedía realizar tanto su trabajo periodístico como el literario con normalidad, se exilió a EEUU donde permaneció durante diez años en los que fue Escritora en Residencia en el Center for Interamerican Relations y en las universidades de Nueva York y Columbia, donde durante diez años dictó diversos seminarios y talleres de escritura. Fue Fellow del New York Institute for the Humanities, del Fund for Free Expression y miembro del Freedom to Write Comittee de PENAmericanCenter. Obtuvo la Beca Guggenheim en 1983.

En 1989 volvió definitivamente a Buenos Aires.

En la actualidad radica en Buenos Aires, donde suele ejercer el periodismo en calidad de columnista.

 

La Sunamita

Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita, y trajéron la al rey.
Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía: mas el rey nunca la conoció.
Reyes I, 3-4

Aquél fue un verano abrasador. El último de mi juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.
Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático.
Llegué al pueblo a la hora de la siesta.
Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. –“Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” –Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.
El zagúan se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.
– ¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…
Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…
– Luisa, ¿eres tú?
Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.
– Aquí estoy, tío.
– Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.
– No diga eso, pronto se va aliviar.
Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.
– Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.
Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire.
Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.
– Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ése. La llave está debajo de la
carpeta, junto a San Antonio, tráela también.
Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros.
– Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré
en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran….
La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.
– … ese anillo de montura tan antigua era de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay
en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…
Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo
las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia.
– ¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir
en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…
– Tío, se fatiga demasiado, descanse.
– Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.
– Pero tío…
– Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana.
Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a
punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.
Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me
contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento.
El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no
tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos.
Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.
– Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!
– Vete a buscar al médico…. ¡No! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.
– Y el padre… Tráete al padre.
Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y
asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –Bendito sea Dios, ya no me moriré solo- pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar.
– Te llama. Entra.
No sé como llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara
veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte.
– Acércate –dijo el sacerdote.
Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas.
– Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis,
con la intención de que heredes sus bienes, ¿Aceptas?
Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”…Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.
– Luisa…
Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y
hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo.
– … por favor.
Y calló. Extenuado.
No podía más. Salí de la habitación. Aquél no era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero
no los bienes solamente, las historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente.
– ¿Ya?… –Se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta.
Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote.
– Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento para heredarla.
– ¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la vieja criada-. No seas tonta, sólo tú te lo
mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta!
– Es una delicadeza de su parte.
– Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora –rio nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.
– La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que…
– Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad.
“Eso es verdad, eso sí que es verdad.” No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”.
Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertigionosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando.
yo soy la viudita que manda la ley
y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.
Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.
Todos empezaron a irse.
– Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas.
– Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.
– Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita.
Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado.” Por lo menos mi miedo no
había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y sólo recobré el control de mis nervios cuando ví que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente.
Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aú. Cuatro días de agonía. No teníamos
apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados.
Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido
menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.
La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el
moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.
Debo haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta
porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía.
Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi la respiración fatigosa y quebrada de don
Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que en traba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, parea matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional,aquello se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío.
Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente,
desde un lugar donde el tiempo no importaba ya.
La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más
débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos todo estaba igual.
No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus
pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y loa acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma.
Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta
monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman.
Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han
terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.
Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía
explicarlo.
Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los
almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.
– Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor.
Su cuerpo casi muerto se calentaba.
– Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.
– Sí, tío –me senté encogida a los pies de la cama, sin miralo.
– No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.
– Sí tío.
– Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy
viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.
– Sí.
– A ver, di “Sí, Polo”.
– Sí, Polo.
Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una
repugnancia invencible.
Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por
volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.
– Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…
Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija
y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara.
– Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado.
Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo
más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventiraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo.
Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero
al enfrentarme a él me olvidé de mi y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada:
– ¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la
cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar.
Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar.” Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.
Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia.
– Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la
muerte, ¡déjelo morir!
– Moriría en la desesperación. No puede ser.
– ¿Y yo?
– Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la
Virgen, y piensa que tus deberes…
Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba.
Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.
Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca.

Presentan obra completa de Inés Arredondo; incluye tres ...

Nacimiento y familia

Inés nació el 20 de marzo de 1928 en la ciudad de Culiacán, Sinaloa. La escritora provino de una familia con dinero, que, después de ciertos inconvenientes, perdió su estatus. Sus padres fueron Mario Camelo y Vega, médico, e Inés Arredondo Ceballos. La cuentista fue la mayor de nueve hermanos.

Estudios de Arredondo

Inés Arredondo pasó su infancia en la finca agrícola El Dorado, propiedad de su abuelo materno, ubicada en las afueras de Culiacán. A los ocho años, en 1936, comenzó a estudiar en una institución religiosa llamada Colegio Montferrat. Luego cursó preparatoria en Guadalajara, en el Aquiles Serdán.

Al culminar el bachillerato, en 1947, se matriculó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para estudiar filosofía y letras. Sin embargo, al sufrir una crisis, e intentar quitarse la vida, se cambió a letras hispánicas. Después de graduarse, en 1950, estudió durante un año arte dramático.

Escudo de la UNAM, casa de estudios de Inés Arredondo. Fuente: Both, the shield and the motto, José Vasconcelos Calderón [Public domain], via Wikimedia Commons

Sus primeros contactos

Arredondo, durante sus años de formación académica, tuvo contacto con corrientes literarias como el surrealismo, y también con la filosofía del existencialismo francés. Los escritores Juan Rulfo y Juan José Arreola formaron parte de sus lecturas.

Inés también compartió ideas con quienes fueron sus compañeros de clases: Jaime Sabines, Rosario Castellanos y Rubén Bonifaz Nuño. La conmovieron las experiencias de los refugiados españoles que conoció; de esa época fueron sus primeros escritos.

Matrimonio

En 1958, cuando tenía treinta años de edad, Inés Arredondo contrajo matrimonio con el escritor español, luego naturalizado mexicano, Tomás Segovia. Fruto de la unión nacieron cuatro hijos: Inés, José –quien nació sin vida–, Ana y Francisco.

Arredondo y sus primeras labores literarias

Inés Arredondo comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional en 1952, labor que se extendió hasta 1955. Luego le adjudicaron una materia en la Escuela de Teatro de Bellas Artes. Además de eso, logró ser partícipe de la escritura del Diccionario de Literatura Latinoamericana.

El nacimiento de un gusto

Inés fue una mujer de amplios conocimientos. Eso la llevó a trabajar como traductora, y tras esa labor se le despertó el gusto por escribir. Así que comenzó a desarrollar su pluma, y en 1957 publicó su cuento El membrillo en la Revista de la Universidad. A partir de ese momento la escritura fue esencial en su vida.

Posteriormente, entre 1959 y 1961, ejerció como redactora del Diccionario de Historia y Biografía Mexicanas. También incursionó en la radio y la televisión como escritora de contenidos. En la Revista Mexicana de Literatura también tuvo participación, pero se vio opacada por su esposo, Tomás Segovia.

Primer libro

Si bien Inés Arredondo comenzó a escribir en la década de los cincuenta, fue en 1965 cuando salió a la luz su primer libro. Se trató de una obra del género de cuentos, la cual se tituló La señal. Esta pieza se convirtió en su trabajo más importante y reconocido; con ella afianzó su carrera como escritora.

Crisis matrimonial

La vida matrimonial de Arredondo con Segovia fue corta, solo duraron cuatro años de casados. La pareja logró mantenerse a flote, pero el final fue inminente. No obstante, en plena crisis, Inés siguió su desarrollo profesional, llegando a recibir becas tanto del Centro Mexicano de Escritores como del Fairfield Foundation.

A comienzos de los años sesenta, ella se fue a Uruguay para trabajar en la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio. En 1962 cada uno tomó su rumbo, hasta que finalmente, en 1965, se materializó el divorcio. La escritora regresó a México, y se quedó con la custodia de los hijos.

Imagen de Culiacán, lugar de nacimiento de Inés Arredondo. Fuente: FAL56 [CC BY-SA 4.0], via Wikimedia Commons

Cargos laborales de Arredondo

Inés Arredondo, a lo largo de su vida profesional, ocupó diferentes plazas de trabajo. Desde 1965, y durante diez años, fue investigadora de la Coordinación de Humanidades. También dictó algunas conferencias en Estados Unidos y se desempeñó como profesora en la UNAM durante tres años, entre 1965 y 1968.

En 1967 la escritora formó parte de la redacción del Diccionario de Escritores Mexicanos producido por la UNAM. El teatro y la prensa también fueron parte de la vida laboral de Arredondo. Aunado a todo esto, desde 1966 hasta 1973, se desempeñó como investigadora en el Centro de Estudios de Historia.

Salud en deterioro

Inés Arredondo pasó por varias crisis de salud durante su vida, entre ellas una afectación en su columna vertebral. Debió ser intervenida quirúrgicamente en varias oportunidades, y por tal motivo estuvo en silla de ruedas durante mucho tiempo.

Un segundo matrimonio y avances profesionales

A principios de los años setenta, la escritora se casó por segunda vez. En esa oportunidad lo hizo con Carlos Ruíz Sánchez, médico cirujano. También retomó sus estudios académicos, siguió con su carrera en letras, la cual finalizó con un trabajo de grado sobre el mexicano Jorge Cuesta.

Auge internacional

Arredondo cruzó fronteras tras la publicación, en 1979, de su segundo libro, al cual tituló Río subterráneo. Con dicho libro fue galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia, y las buenas críticas le valieron reconocimiento fuera de México. A partir de aquel momento sus obras comenzaron a traducirse a otros idiomas.

Últimos años y fallecimiento

Inés vivió sus últimos años de vida en contacto con la literatura. Escribió Historia verdadera de una princesa, Opus 123 Los espejos. Además grabó algunos de sus cuentos en audio, y en 1988 salió al público Obras completas, y también asistió a varios eventos sociales y culturales.

Si bien su éxito profesional se mantuvo firme, no pasó lo mismo con su estado de salud. Con el tiempo este fue deteriorándose, y sus dolencias en la columna la obligaron a permanecer en la cama. Desafortunadamente, falleció el 2 de noviembre de 1989 en Ciudad de México, a temprana edad, con tan solo sesenta y un años.

Premios y reconocimientos

– Premio Xavier Villaurrutia, en 1979.

– Medalla Bernardo de Balbuena en 1986, por parte del gobierno del municipio de Culiacán, México.

– Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Sinaloa, en 1988.

Estilo

El estilo literario de Inés Arredondo se desarrolló dentro de las filas de la llamada Generación del Medio Siglo. Empleó en sus obras un lenguaje claro, sencillo, preciso y bien elaborado. También hubo en su obra en prosa ciertos matices líricos que le concedieron vitalidad y particularidad a sus escritos.

Arredondo fue una escritora arriesgada, y se atrevió a desarrollar temas que para su época eran tabúes. Sus tramas principales tuvieron que ver con el rol femenino en la sociedad, con la falsa moral de algunas familias y también escribió sobre el amor, el fin de la vida, el erotismo y la infidelidad, por nombrar algunas.

 

 

Senryu a la minificción, cumpleaños de Ana María Shua

Ana María Shua

De entre la niebla
surge el barco fantasma.
¡Arriad el foque!

Naufragio

Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Ana María Shua

Foque es la vela principal de un barco.

Orzar es inclinar la vela hacia de donde viene el viento.

Bauprés  es un cabo que sujeta la cabeza de un mástil del barco.

Estribor  es la parte izqierda y babor el opuesto.

Palo de mesana es  el mástil que esta más a popa en un buque de tres palos.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1156842.las-palabras-tienen-la-palabra.html

 

Espero curarme de ti de Jaime Sabines

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que
te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame
agua”, “¿sabes manejar?,”se hizo de noche”… Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te
quiero”.)

Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.

es.babelio.com/users/AVT_Jaime-Sabines_4884.jpg

El único poeta que conozco que cuando daba un recital llenaba  el local y como el mejor de los cantantes, el público le gritaba «otra, otra, otra» RGG

(Tuxtla Gutiérrez, México, 1926 – Ciudad de México, 1999) Poeta mexicano. En el horizonte de la penúltima poesía mexicana, la figura de Jaime Sabines se levanta como un exponente de difícil clasificación. Alejado de las tendencias y los grupos intelectuales al uso, ajeno a cualquier capilla literaria, fue un creador solitario y desesperanzado cuyo camino se mantuvo al margen del que recorrían sus contemporáneos. Hay en su poesía un poso de amargura que se plasma en obras de un violento prosaísmo, expresado en un lenguaje cotidiano, vulgar casi, marcado por la concepción trágica del amor y por las angustias de la soledad. Su estilo, de una espontaneidad furiosa y gran brillantez, confiere a su poesía un poder de comunicación que se acerca, muchas veces, a lo conversacional, sin desdeñar el recurso a un humor directo y contundente.


Jaime Sabines

Nacido en la localidad de Tuxtla Gutiérrez, capital del Estado de Chiapas, el 25 de marzo de 1926, tras sus primeros estudios, que realizó en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, se trasladó a Ciudad de México e ingresó en la Escuela Nacional de Medicina (1945), donde permaneció tres años antes de abandonar la carrera. Cursó luego estudios de lengua y literatura castellana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y fue becario especial del Centro Mexicano de Escritores, aunque no consiguió grado académico alguno.

En 1952 regresó a Chiapas; residió allí durante siete años, el primero de ellos consagrado a la política y los demás trabajando como vendedor de telas y confecciones. En 1959, tras conseguir el premio literario que otorgaba el Estado, Sabines comenzó a cultivar seriamente la literatura. Tal vez por influencia de su padre, el mayor Sabines, un militar a quien dedicó algunas de sus obras, y, pese al evidente pesimismo que toda su producción literaria respira, Jaime Sabines participó de nuevo y repetidas veces en la vida política nacional; en 1976 fue elegido diputado federal por Chiapas, su estado natal, cargo que ostentó hasta 1979. Y en 1988 se presentó y salió elegido de nuevo, pero esta vez por un distrito de la capital federal.

Compaginar esta actividad política, que parece exigir cierta disciplina ideológica y un proyecto colectivo de futuro, había de ser difícil para un hombre como el que nos revela sus escritos, autor de una obra marcada por el pesimismo y por una actitud descreída y paradójicamente confesional, imbuida de una concepción trágica del amor y transida por las angustias de la soledad. Aunque contemporánea de la de Octavio PazJosé Emilio PachecoHomero Aridjis y otras destacadas figuras de la efervescente lírica mexicana, su poesía se apartó del vigente «estado de cosas», se mantuvo al margen de las actividades y tendencias literarias, tal vez porque su dedicación profesional al comercio le permitió prescindir del mundillo y los ambientes literarios.

Influido en su prehistoria poética por autores como Pablo Neruda o Federico García Lorca, su primer volumen de poesías, Horal, publicado en 1950, permitía ya adivinar las constantes de una obra que destaca por una intensa sinceridad, escéptica unas veces, expresionista otras, y cuya transmisión literaria se logra a costa incluso del equilibrio formal. No es difícil suponer así que la poesía de Sabines está destinada a ocupar en el panorama literario mexicano un lugar mucho mayor del que hasta hoy se le ha concedido, especialmente por su rechazo de lo «mágico», que ha informado la creación al uso en las últimas décadas, pero también por su emocionada y clara expresividad. Este rechazo se hace evidente en el volumen Recuento de poemas, publicado en 1962 y que reúne sus obras La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Diario, semanario y poemas en prosa (1961) y algunos poemas que no habían sido todavía publicados.

En 1965, la compañía discográfica Voz Viva de México grabó un disco con algunos poemas de Sabines con la propia voz del autor. Sabines reforzó su figura de creador pesimista, su tristeza frente a la obsesiva presencia de la muerte; pero se advierte luego una suerte de reacción, aunque empapada en lúgubre filosofía, cuando canta al amor en Mal tiempo (1972), obra en la que esboza un «camino más activo y espléndido», fundamentado en el ejercicio de la pasividad; un camino que lo lleva a descubrir que «lo extraordinario, lo monstruosamente anormal es esta breve cosa que llamamos vida». Pese a una cierta reacción que lo aleja un poco de su primer y profundo pesimismo, sus versos repletos de símbolos que se encadenan sin solución de continuidad están transidos de una dolorosa angustia.

Con un estilo que no teme la vulgaridad ni rechaza las tradiciones, la sabrosa y cordial poesía de Sabines puede también tomar un mayor vuelo, como se puso de manifiesto en el ambicioso proyecto Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), un poema casi narrativo en el que el padre del poeta se constituye en protagonista del mundo y de la vida. Vinieron luego Nuevo recuento de poemas (1977), otro volumen antológico que recoge el material anterior, y Poemas sueltos (1983). Todos estos textos, así como una segunda parte de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, fueron recogidos en la edición de 1987 de Nuevo recuento.

Traducida a varias lenguas, su obra fue galardonada con varios premios como el de literatura otorgado por el gobierno del Estado de Chiapas (1959), el Xavier Villaurrutia, instituido en honor del gran escritor mexicano (1972) y el Elías Sourasky de 1982. En 1983 recibió el Premio Nacional de las Letras. Sus últimos años estuvieron marcados por una larga lucha contra el cáncer.

Los versos de Sabines son directos y transparentes, y aunque no desdeña el refinamiento de la poesía culta, su estilo se inclina más hacia lo conversacional. Ello le ganó el favor del gran público, que se hizo patente sobre todo durante las dos últimas décadas de su vida. El autor utiliza un lenguaje cotidiano y sin adornos para crear composiciones que se colocan más cerca de los sentimientos que de la razón. Poeta del diario vivir, contempla con perplejidad y desde la más rigurosa terrenalidad el fenómeno del amor y el absurdo de la muerte.

Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Jaime Sabines. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/sabines.htm el 21 de abril de 2020.

 

Reflexiones de Ana María Shua acerca de los microrelatos

. En algunos de mis propios textos hay más relación con la poesía, (pero no en todos), sobre todo en su construcción, porque los microrrelatos exigen un tipo de perfección que sólo se puede comparar con el de un poema. Cada palabra tiene que estar calibrada y ajustada. No se trata sólo del sentido, el micro debe tener un ritmo, un sonido redondo y perfecto. En tanta brevedad no hay margen para el más mínimo error, desliz, disonancia. Así es como después resultan tan difíciles de traducir.

«A veces me despierto de visiones horribles, agitada, angustiada, llorando. Para calmarme le pido a mi marido que me deje apoyar la cabeza en su cuerpo y me abrace bien fuerte con todos sus tentáculos»

http://unlibroaldia.blogspot.com/2014/09/ana-maria-shua-la-suenera.html

Shua, Ana María | From the Hill

Alta cocina de Amparo Davila

http://revistasacademicas.ucol.mx/index.php/generos/article/view/914/pdf

Amparo Dávila: la paradoja de lo cotidiano - La TempestadLa Tempestad

mparo Dávila nació en Pinos, un pueblo minero de Zacatecas, México, en 1928. fue una niña rebelde y valiente que pasaba horas aislada en el campo con tan solo cinco años. Estudió en el colegio de religiosas en San Luís Potosí. Sus primeras lecturas fueron fruto de la biblioteca de su padre, un hombre culto. En 1950 publicóSalmos bajo la luna, al que siguieron Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades. Se trasladó a Ciudad de México para cursar estudios universitarios, allí se convirtió en la secretaria de Alfonso Reyes.

Amparo Dávila se casó con el pintor Pedro Coronel, con el que tuvo dos hijas.

En 1959 apareció su libro de cuentos Tiempo destrozado, y en 1964 Música concreta.En 1966 obtuvo una beca del Centro Mexicano de Escritores. Su siguiente obra, Árboles petrificados fue fruto de esa experiencia y en 1977 le valió el premio Xavier Villaurrutia.

Perteneciente a lo que algunos han llamado Generación de medio siglo, Dávila es una de las pocas cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad sin entregarse a la fantasía, motivo por el que resultaría impreciso categorizar su obra como literatura fantástica, que impresionó al mismo Cortázar, con el que le unió una gran amistad.

 

Kjell Askildsen – El final del verano Noruega

La verdad es, aunque tal vez no sea esa la palabra más adecuada para empezar, no pretendo…, mi intención no es sino aportar una versión, mi versión, porque yo lo seguí todo muy de cerca, a distancia, bien es verdad, normalmente no habría podido pronunciarme de no haber sido por los prismáticos de mi padre, con los que tenía prohibido enfocar a las personas, era un telescopio, de manera que todo lo veía boca abajo, pero uno se acostumbra a eso. Así pues, veía todo sin oír nada, tenía dieciséis años, mi padre estaba de congreso en Irlanda, era otoño o final del verano, a principios de septiembre, mi madre había ido a casa de una amiga y yo había cogido los prismáticos del despacho y estaba incumpliendo la prohibición de mi padre —la mujer estaba sentada leyendo un libro fino, con un cigarrillo en la mano y yo nunca había estado tan cerca de ella—, entonces comprendí perfectamente el sentido de aquellas palabras que mi padre había escrito, creo que con tinta, en el estuche de los prismáticos: Para el que es limpio, todo es limpio, excepto unos prismáticos. Es cierto que ya la había visto una vez a través de los prismáticos, claro está, pero en aquella ocasión todo fue muy rápido, ella cogió tres rosas en un abrir y cerrar de ojos, el grado de cercanía tiene que ver con el tiempo, y aunque esperé con infinita paciencia, ella no volvió a salir.

Estaba sentada de espaldas a la casa, y cuando levantaba la vista del libro tenía delante el campo de centeno y el estrecho camino de carruajes que dividía el campo en dos y conducía al Bosque de las Cornejas, que no era un bosque de verdad, sino un grupo de árboles nada más, de un tiro de piedra de largo y la mitad de ancho, donde había igual de cornejas que en todas partes; más allá, demasiado lejos ya para verlo a simple vista, estaba el Peñasco Gris, que tampoco se correspondía con su nombre, pues no era un peñasco, sino una montaña que resguardaba de los vientos del mar.
Debí de perderme en ensoñaciones, porque sin que me diera cuenta ella había desaparecido, la silla estaba vacía, no, vacía no, pues el libro seguía allí, lo que significaba que volvería. Pero antes llegó otra persona, un desconocido, que cogió el libro, se sentó y se puso a leer. Aunque yo lo estaba viendo boca abajo, estaba seguro de no haberlo visto nunca. Ella volvió a salir enseguida y él se levantó, puso un dedo bajo la barbilla de la mujer y acto seguido le plantó un rápido y ligero beso en la boca. Luego hablaron, ella vehemente, él sonriente, yo estaba muy excitado, no por celos, eso no puede decirse, no en aquel momento, estaban los dos muy juntos, cuando él no la miraba a los ojos, le miraba los pechos, sacaba a la mujer casi una cabeza, debían de estar muy seguros de que nadie los veía, solo podían ser vistos desde mi habitación, y la distancia era tan grande que si yo no hubiera tenido los prismáticos… No pensarían en eso, claro está, tendrían la casa para ellos solos, suponía yo, el marido estaría fuera. El marido era un hombre muy simpático, siempre cortés y casi siempre amable; una vez que me lo encontré en el camino de carruajes entre el Bosque de las Cornejas y el Peñasco Gris se detuvo y dijo: Si no fuera por nosotros dos, este camino acabaría cubierto por la vegetación. Pues sí, te he visto, chico, esa es una buena manera de llegar a ser tú mismo. No puedo asegurar que esas fueran sus palabras exactas, las repito tal y como aparecieron ante mí cuando las extraje de mi memoria y las pesé o me pesé a mí en ellas, él no sabe, no puede saber lo que esas palabras significaron para mí, coronaron mi soledad; bueno, basta ya de eso, como estaba diciendo, seguramente tenían la casa para ellos solos y no creo que se sintieran vigilados, y cuando él la besó por segunda vez, ella lo abrazó y vi cómo la mano de él estaba muy…, yo solo tenía dieciséis años y era completamente pudoroso en el sentido de que nunca había puesto en práctica mis deseos, no me había atrevido a realizar mis sueños por temor a Dios y al sexo, además, mis padres no habían abierto ni una rendija de la cortina a su vida erótica en común, estaban tan desprovistos de sexo como solo pueden estarlo los padres, incluso hoy, cuando ya llevan un montón de años bajo tierra, soy incapaz de pensar en el instante en que fui concebido sin asquearme, admito que esto tiene poco que ver con el asunto que nos ocupa, pero bueno, allí estaba yo, viendo la mano de él, sin que ella protestara o se alejara, y no es de extrañar que aquella noche no consiguiera dormir, que tuviera miedo de morirme con tanto pecado sobre la retina, ni tampoco es de extrañar que la tarde del día siguiente y el resto de las tardes me quedara en mi cuarto con los prismáticos preparados en la mesa junto a la ventana. Y esa persistente atención mía sería la razón de que presenciara parte del drama, y si no drama, esa no es en cierto modo la palabra adecuada, tal vez porque lo vi todo boca abajo o porque no oí ni un sonido, aunque pude ver cómo se gritaban o porque los decorados eran tan idílicos que constituían un contraste demasiado grande: los árboles con sus copas tupidas e inmóviles, los dos arriates paralelos de dalias que acababan en una pila para pájaros en la que un amorcillo apuntaba al sol, la hiedra que subía por la pared y los rosales trepadores que cubrían la madera del porche, las losas bajo la ventana del salón, la pequeña mesa con mantel azul junto a la que tal vez había estado sentada ella por la mañana mientras yo estaba en el colegio, no había nada que augurara lo que iba a ocurrir, nada.
Lo primero que sucedió fue que Ferdinand Storm bajó por la escalera del porche. Yo no lo habría reconocido de no haber sido por los prismáticos, él había herido mis sentimientos al menos en dos ocasiones, no diré de qué manera, como si yo no tuviera ya suficientes complejos, siempre parecía ser el dueño del suelo que pisaba, ahora también —yo era demasiado inexperto como para entender lo que haría él en el jardín de ella, ni siquiera se me ocurrió— él tenía las manos en los bolsillos del pantalón y hacía chasquear la lengua; entonces apareció ella, vestida con falda y jersey, con un cigarrillo en la mano, no pude ver a los dos a la vez hasta que se sentaron junto a la mesa, él de espaldas —si a ella no se le ocurrió que yo podía verla sería por el gran árbol que había delante de mi ventana, así suele ser, lo lejano cubre lo que está detrás, yo estaba sentado a horcajadas en una silla, con los prismáticos apoyados en el alto respaldo, disfrutando así de una buena vista sobre ese jardín antaño del Edén. Ella se esforzaba por agradarle, él estaba en el último curso de bachillerato y ella casi podía ser su madre, yo no sospeché nada hasta que vi la manera en la que ella jugueteaba con los dedos de él, y una vez él le apretó con fuerza el antebrazo desnudo; daba la impresión de haberle hecho daño y me pareció que ella dijo ¡oh!, pero con una sonrisa. Estaba tan absorto en ellos dos que no reparé en el marido que de repente estaba allí, al pie de la escalera del porche, como si hubiera estado allí siempre, inmóvil, callado, tenía que saberlo, nada indicaba que estuviera sorprendido. Entonces avanzó cuatro o cinco pasos, se detuvo y dijo algo. Ferdinand Storm se levantó y contestó. Ya no parecía el dueño del suelo que pisaba, pero estaba desafiando el derecho a la propiedad. Sus respuestas eran escuetas, acompañadas de un movimiento de cabeza, tenía que estar empleando palabras descaradas, porque de repente Beck avanzó tres pasos y le golpeó con la palma de la mano. Ferdinand Storm le devolvió el golpe, rápido y preciso y probablemente con todo el peso de su sentimiento de culpa. Beck se tambaleó. Su mujer se levantó e intentó…, ella, la manzana de la discordia, intentó impedir más actos violentos colocándose entre ellos, de lo que no podía salir nada bueno, claro está; Beck le dio un empujón para que se apartara, con tanta fuerza que ella cayó de espaldas sobre el seto bajo, no resultó cómico, aunque no se hizo daño, y no mereció más miradas que la mía, Beck solo tenía ojos para Ferdinand Storm, quien, según dijo Beck luego en el juicio, representaba la suma de intrusos en el territorio de su matrimonio, no es pues de extrañar que empleara todas sus fuerzas. La lucha no fue larga, creo que duró menos de un minuto, y eso que Ferdinand Storm no era un alfeñique, ni un cobarde; tal vez perdió por sentirse moralmente inferior. Por un instante llevó ventaja, pero vaciló, y enseguida Beck se abalanzó sobre él, golpeándole, según pude ver, la cabeza contra una de las losas de pizarra, y la lucha acabó. Aunque no hubiese oído ni un solo sonido, pude ver el silencio que se instaló. Beck estaba al lado del joven, no podía verle la cara, pero sí la estrecha espalda y los brazos colgando, así permaneció un rato, luego se acercó a la escalera del porche y entró en la casa sin echar siquiera un vistazo en dirección a su mujer. Ella se levantó lentamente y se inclinó sobre Ferdinand Storm, que yacía inmóvil con la cara vuelta hacia el otro lado. No lo tocó, se limitó a mirar, yo no sabía si estaba muerto o solo inconsciente; luego ella se enderezó y echó a andar muy pensativa por el sendero del jardín entre las dalias, pasó por delante de la pila para los pájaros y el amorcillo, salió por la verja, se internó en el camino de carruajes donde yo nunca la había visto, y desapareció entre los árboles del Bosque de las Cornejas. Entonces dejé los prismáticos, entiendo lo que quería decir Beck al asegurar que no sabía lo que hacía, pero no podía haber hecho otra cosa…, yo también sabía lo que hacía cuando me puse a seguirla, presa de un impulso que borraba en mí cualquier reserva, me metí por los campos de centeno y crucé el Bosque de las Cornejas, ella no estaba en ninguna parte, tendría que haber llegado hasta el Peñasco Gris, pero no, no era así, porque de repente estaba sentada a solo veinte metros de mí, donde el camino se desviaba, ella me vio a mí antes de que yo la viera a ella, me vio vacilar…, yo seguí andando, con las piernas rígidas y la espalda demasiado recta, lo sabía, pero no podía remediarlo, tampoco podía remediar mi sonrojo, agaché la cabeza y me acerqué, ella estaba sentada con la barbilla apoyada en una rodilla, miré la hora, estaba ya muy cerca de ella, levanté la vista y la saludé sin mediar palabra, pero ella no me vio, ni siquiera…, me ignoró…, me…
… y cuando regresé, no sé al cabo de cuánto tiempo, pues me había tumbado boca arriba entre los árboles, despojando el futuro de todas sus plumas, en lo que tardé lo mío, el sol estaba a punto de ponerse, pues era septiembre, entonces ella ya no estaba allí, pero pude ver dónde había estado sentada. Volví a casa, subí a mi cuarto y dirigí los prismáticos hacia un jardín vacío.
Escritor noruego, Kjell Askildsen es conocido por su maestría en el arte del relato corto, considerado uno de los autores contemporáneos más importantes de su país.

Traducido prácticamente en todo el mundo, Askildsen comenzó su andadura literaria en 1953 con Desde ahora te acompañaré a casa y desde entonces ha ganado premios como el Nacional de la Critica Noruega y recibido el reconocimiento de la prensa y el público.

De entre su obra cabría destacar obras como Últimas notas de Thomas F. para la humanidad  Los perros de Tesalónica.

Kjell Askildsen - El final del verano

Rubem Fonseca muere el 15 de abril 2020 flores para quién se nos adelantó, brasileño, cuento de amor

Cuando serví en el Ejército me volví especialista en bombas. Sé fabricar cualquier tipo de bomba portátil, muy usada por terroristas. La bomba que estaba haciendo debía tener un efecto fulminante, para que la víctima no sufriese. Y antes de la explosión, era necesario que emitiese un rayo deslumbrante que advirtiera a la víctima la inminencia de la explosión.

La persona que quería matar era mi hijo João.

Jane, mi mujer, estaba embarazada cuando fui enviado al exterior con un contingente del Ejército al servicio de las Naciones Unidas. Estuve ausente cerca de dos años. Escribía constantemente a Jane y ella me respondía. Cuando mi hijo nació y recibió el nombre de João, las cartas de Jane fueron bien extrañas. Decía que necesitaba hablar conmigo un asunto muy serio, pero no sabía cómo. Le respondía impaciente para que me lo dijera de cualquier manera, pero ella persistía en su falta de claridad y empeoraba cada vez más. Al final, Jane dejó de responder mis cartas.

Cuando volví de la misión de la ONU, corrí a casa tan pronto llegué al aeropuerto.

Jane me abrió la puerta. Su aspecto me sorprendió. Estaba envejecida, pálida y parecía enferma.

–¿Dónde está João? –pregunté.

Jane comenzó a llorar convulsivamente, señalando la puerta del cuarto donde él estaba.

Entré al cuarto, seguido de Jane.

João estaba tendido en la cuna, un niño muy lindo que sonrió al verme. Lo tomé en mis brazos. Entonces tuve una sorpresa que me dejó atónito. João sólo tenía una pierna y un brazo, eran los únicos miembros que poseía.

Jane me extendió un papel, todo arrugado, una fórmula médica donde estaba escrito: este niño padece focomelia, una anomalía congénita que impide la formación de brazos y piernas.

Jane atendía de João con dedicación y cariño. Pero se debilitaba cada vez más y murió cuando João tenía seis años. Pedí la baja en el Ejército para cuidar de mi hijo. Cuando le preguntaba si quería alguna cosa, decía: “Quiero ir a la guerra”.

Su deficiencia física se agravaba con la edad. Tenía quince años pero no podía caminar y le era imposible realizar hasta las mínimas actividades físicas.

–Quiero ir a la guerra –me pidió más de una vez.

Entonces decidí que iría a la guerra. Fue cuando preparé la bomba.

Con la bomba en la mano le dije:

–Hijo, fuiste convocado para ir a la guerra.

–Gracias, padre querido, te amo mucho.

Yo lo amaba todavía más.

Puse la bomba en su mano.

–Esta bomba va a explotar. Es una guerra –dije.

–Es una guerra –repitió feliz.

Salí del cuarto donde estábamos. Poco después vi el destello.

João también vio ese destello, feliz, antes de que la bomba explotara y lo matara.

Yo amaba a mi hijo.

El enemigo, un cuento de Rubem Fonseca

 

http://triunfo-arciniegas.blogspot.com/2015/07/rubem-fonseca-cuento-de-amor.html

Dicen los que saben: Gabo

Durante mucho tiempo me aterró la página en blanco. La veía y vomitaba. Pero un día leí lo mejor que se escribió sobre ese síndrome. Su autor fue Hemingway. Dice que hay que empezar, y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno siente que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro. Tiene razón: es un momento sublime.

Es un embeleso que he sentido, pero que dura muy poco y es de vez en cuando. RGG

Gabo imprescindible: Tres obras Gabriel García Márquez que debes ...

La debutante de Leonora Carrington, pintora y escritora

En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.

-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

-No tienes más que ir en mi lugar.

-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.

-Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

-De acuerdo -dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

-Por supuesto -le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

-Sí -dije, perpleja.

-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.

-¿Y los huesos?

-También -dijo-. ¿Te parece bien?

-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

-Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: «Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.» A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Aunque Leonora Carrington no era mexicana, pero su amor por México era inmenso y fue bien correspondida. Leonora Carrington nació un 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra. La pintora y escritora surrealista llegó a vivir a México en 1942, se nacionalizó mexicana e hizo de este país su hogar.

La carrera de Leonora Carrington inició en 1936 cuando ingresó a la Academia de Arte Ozenfant en Londres con tan solo 20 años. En esa misma cuidad, en 1937, conoció al pintor alemán Max Ernst con quien años más tarde tendría una relación sentimental.

Cuando conoció a Leonora, Max Ernst ya tenía 47 años y era casado —además de gozar de bastante fama como surrealista—, por esta razón el padre de Leonora al saber del romance del pintor con su hija se opuso a la relación; sin embargo, al poco tiempo la pareja se reencontró en París para consolidar su relación.

Leonora entró en contacto con el movimiento surrealista gracias a Max y convivió con personajes notables como Joan Miró, André Breton, así como los pintores Pablo Picasso y Salvador Dalí.

Para 1938, Carrington escribió una obra de cuentos titulada La casa del miedo y participó junto con Ernst en la exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.

Para 1939, declararon a Max Ernst enemigo del régimen de Vichy, fue detenido y llevado a la prisión de Argentière. La detención del pintor provocó que Leonora sufriera de una inestabilidad psíquica. Ante la invasión Nazi, Leonora se vio obligada a huir a España en donde fue internada por su padre en un hospital psiquiátrico de Santander, un hecho que marcó su vida y su obra.

En 1941 Leonora logró escapar del hospital psiquiátrico y llegó a Lisboa donde conoció al escritor mexicano Renato Leduc, quien se casó con ella y la ayudó a migrar a Nueva York y después a México, donde pasó el resto de sus días.

Leonora se separó de Leduc en 1943 y ya instalada en México mantuvo contacto con sus amigos surrealistas y se convirtió en inspiración de artistas como Luis Buñuel, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. Además, fue amiga inseparable de Edward James, quien la ayudó a impulsar su obra.

En el mundo del arte conoce a la pintora surrealista Remedios Varo con quien comparte diversas aventuras, incluso en 1944 es Remedios quien le presenta a Emerico Chiqui Weisz, un fotógrafo que era compañero inseparable de Robert Capa, y con quien Leonora engendraría a sus hijos.

Gabriel y Pablo Weisz, los dos hijos de Leonora, aparecen constantemente en los cuadros de Carrignton y, en la actualidad, son los herederos del trabajo de la artista.

La obra de Leonora muestra además del mundo surrealista, su interés por la magia, la alquimia, el tarot y los cuentos de hadas que leyó de niña.

Rodrigo Román

La galería Mónica Saucedo describe en su blog el trabajo de la artista de la siguiente manera: “Las pinturas de Leonora Carrington se inspiran en un mundo personal, íntimo y subjetivo, que surge de una fértil imaginación, influenciada fuertemente por los surrealistas y estimulada por lecturas fantásticas y esotéricas que fue aprehendiendo a lo largo de su vida. Ella estaba familiarizada desde pequeña con los mitos celtas, muy presentes en sus cuadros y obras de teatro, a los que sumó los mundos mágicos y fantásticos que descubrió en México, un país que tuvo una enorme influencia en su obra por la variedad de culturas indígenas y prehispánicas”.

Los últimos años de su vida, Leonora los pasó en la Ciudad de México en su departamento en la colonia Roma ubicado en la calle de Chihuahua, en donde casi se mantenía en el anonimato.

En su libro Leonora, la escritora mexicana Elena Poniatowska señala que la figura de Carrington tomará más fuerza con el tiempo y que incluso llegará a ser tan grande como la de la propia Frida Kahlo.

El tiempo habla y actualmente ya se puede visitar el primer museo de la pintora en San Luis Potosí y muy pronto se abrirá uno en Xilitla, así como sus esculturas han visitado varios estados de la República y cada día hay más exposiciones con sus pinturas.

Leonora falleció a los 94 años el 25 de mayo del 2011 a causa de una neumonía.

Hombres de Lydia Davis

También hay hombres en el mundo. A veces se nos olvida, y pensamos que solo hay mujeres –colinas y llanos interminables de mujeres sumisas. Hacemos pequeñas bromas y nos consolamos entre nosotras y nuestras vidas pasan rápidamente. Pero de vez en cuando, es cierto, un hombre se eleva inesperadamente entre nosotras como un pino y nos mira de manera salvaje y hace que cojeemos de vuelta entre pantanos para escondernos en nuestras cuevas y barrancos hasta que él se haya ido…

Cuál es el árbol más alto del mundo?

No se mueve ni una hoja de Julio Llamazares

   Mi padre y Teófilo están sentados debajo del corredor. Llevan así una hora, mirando los árboles y las estrellas, sin cruzar una sola palabra.

     Mi padre y Teófilo no necesitan hablarse. Pueden pasarse así horas enteras, sentados en cualquier sitio, contemplando el fuego o el paisaje, sin sentir necesidad de decir nada. Es como si ya lo supieran todo el uno del otro o como si las pa- labras les sobrasen. A mi padre y a Teófilo les basta con estar juntos para sentirse a gusto y acompañados. ..

     Mi padre y yo llegamos esta tarde. Llegamos más tarde que de costumbre, esperando que el verano se asentase. Otros años, por ahora, hacía ya un par de semanas que estábamos en La Mata. Pero, este año, el verano se retrasó, llovió hasta el final de junio y en la montaña el sol tarda en calentar las casas. Los vecinos del pueblo pronostican un verano intermitente, con cambios bruscos e inesperados. Como dice Teófilo: el verano es como las mujeres; si entran bien, pueden torcerse, pero, como entren atravesadas, no las endereza ni Dios.

     Como cada verano, Teófilo estaba esperándonos. En realidad, llevaba esperándonos desde el otoño pasado, cuando mi padre y yo nos fuimos de La Mata con los primeros fríos de octubre, como los pájaros. Siempre nos vamos los últimos, cuando todos los veraneantes ya hace tiempo que se han ido. Cuando nos vamos, Teófilo se queda solo, esperando a que pase otro año. En La Mata, en invierno, apenas queda gente y la que hay no sale apenas de casa. Aurelia, su mujer, dice que, cuando nos vamos, Teófilo se queda triste, como enfadado. Se pasa varios días sin hablar.

     En realidad, Teófilo no es de La Mata. Vive allí desde hace solamente algunos años, desde que se casó con Aurelia, por segunda vez en su vida, cuando ya estaba jubilado. Aurelia también estaba viuda y ninguno de los dos tenía hijos. Así que un día se sentaron y lo hablaron. Ya vamos siendo mayores, le dijo Teófilo mientras merendaban, los dos estamos solos y podemos hacemos compañía, y además, así, no incordiamos a nadie. Aurelia no dijo nada, pero tampoco hizo falta. Al día siguiente, fueron a hablar con el cura y a las pocas semanas se <asaron. Fue todo tan sencillo como eso, como un trato.

     Desde entonces, Teófilo vive en La Mata. Con la pensión de la mina y lo que sacan del huerto, Aurelia y él viven con desahogo y sin incordiar a nadie. A veces, los parientes van a verlos o van ellos a visitarlos, pero ya no, como antes, preocupados por si se sentirán muy solos o, en el caso de las hermanas de Teófilo, por cómo tendrá la casa. Cuando se casó, Teófilo se la vendió a un sobrino y lo demás lo repartió entre sus hermanas. Cuatro tierras y una huerta, que era todo lo que tenía. Desde entonces, sólo ha vuelto a su pueblo un par de veces, sin contar el día de la fiesta, a la que nunca falta. Le va a buscar el sobrino en el coche y le trae al día siguiente o va él en el tren hasta Boñar y allí bajan a buscarlo. A veces, le acompaña Aurelia, pero, otras, ella se queda en casa. Aurelia prefiere ver la televisión, que es lo que más le gusta, aparte de su casa y de La Mata.

     A Teófilo, la televisión también le gusta, sobre todo las telenovelas, pero un rato. En seguida se queda dormido y prefiere andar por la calle. Pero, en invierno, apenas se encuentra a nadie y los que hay están trabajando. Así que muchos días baja hasta la estación, aun con lluvia o con nieve y sabiendo que después tiene que volver andando. Por eso se alegra tanto cuando llega el verano y, con él, mi padre y yo, fieles a nuestra cita de cada año.

     Este año, ya digo, hemos llegado más tarde. Teófilo nos esperaba desde hace días y ya empezaba a extrañarse. Temía, nos confesó, que hubiese pasado algo. Lo encontramos a la entrada de La Mata, en el desvío de la carretera, sentado en un tronco (este invierno cortaron los chopos y la carretera parece distinta, como si hubiesen cambiado el paisaje), y, cuando nos vio llegar, en seguida nos reconoció, pese a que él no distingue un coche de otro. Por el olfato. Teófilo tiene un sexto sentido para saber quién llega en cada coche y hasta el negocio o el motivo que le trae. Son muchos años de estar sentado, viendo pasar la vida y a la gente por delante.

     Ya en casa, nos ayudó a descargar las cosas y, luego, mi padre y él se fueron a dar un paseo hasta el Carvajal, que es su sitio preferido por las tardes. Desde allí se ve La Mata y todo el valle de La Vecilla hasta las cárcavas de La Cándana. Volvieron a las dos horas, a las ocho y media en punto, que es la hora de la cena de mi padre. Teófilo cena más tarde. Antes va a echar un vistazo al huerto o se queda un rato hablando conmigo antes de volver a casa. Este invierno, me contó, el médico le ha puesto a régimen y, aunque sigue estando gordo (más que gordo, yo diría reposado), ha adelgazado seis kilos y se siente mucho mejor. Se cansa, dice, menos que antes.

      En cuanto cena, vuelve a mi casa. Suele hacerlo ya de noche, incluso ahora que las tardes duran tanto, y se queda ya con mi padre hasta la hora de ir a la cama. Normalmente hasta las doce, pero, a veces, si están bien, hasta la una de la mañana.  Si hace bueno, como hoy, se sientan junto a la puerta, debajo corredor, o al lado de los rosales. Si refresca, a finales de agosto sobre todo, y en septiembre, cuando comienza a hacer frío, en el salón, al lado de la chimenea.

     Mi padre apenas le habla. En realidad, desde hace ya varios años -_desde que murió mi madre_, mi padre apenas habla con nadie. Se encoge sobre sí mismo, como si estuviera enfermo, y se pasa así las horas, concentrado en sí mismo o en el paisaje. Lo hace así todo el año, en León, donde vive, o en el lugar en que esté (las pocas veces que sale), pero en La Mata se le acentúa, como si la casa en la que nació y en la que mi madre y él pasaban parte del año le trajera recuerdos muy antiguos. Pero a Teófilo no le importa que mi padre no le hable. A veces, habla él solo, para nadie (como cada año que pasa está más sordo, ni siquiera se entera de si le escuchan), y otras se queda dormido, con la cabeza colgando. Vistos desde el corredor, a la luz de la ventana y de la luna, parecen dos sombras más entre las de los rosales.

     Cuando conoció a mi padre, Teófilo en seguida intimó con él. Los dos habían vivido en el mismo sitio, en el valle de Sabero, y tenían amigos comunes, aunque ellos no llegaron a conocerse entonces. Cuando mi padre llegó allí de maestro, Teófilo ya había dejado la mina y se había ido a trabajar a otro lado. Luego, los dos siguieron rumbos distintos, cada uno por su camino, hasta que coincidieron en La Mata. Pero la casualidad de haber vivido en el mismo sitio y de conocer lugares y a gente que los demás vecinos desconocían, junto con la circuns- tancia de ser ambos forasteros en La Mata (Teófilo por ser de fuera y mi padre por ir sólo los veranos), les hizo amigos inseparables. Aunque sólo se vean un par de meses al año.

      Cuando murió mi madre, su amistad se acentuó, pese a que mi padre estuvo dos años prácticamente sin hablar con nadie. Teófilo ya había pasado por ese trance y, aunque con otro talante (él, lejos de deprimirse, se dedicó a buscar viudas, hasta que encontró a Aurelia, para volver a casarse: yo no valgo para estar solo, me dijo un día, refiriéndose a mi padre), sabía ya lo que era eso. Así que empezó a aparecer por casa y a hacer compañía a mi padre sin importarle que éste a veces no le hiciera ningún caso. Él se sentaba ahí, debajo del corredor, o en el salón, si hacía frío, y si mi padre le hablaba él hablaba y, si no, se quedaba callado. Y, cuando le parecía, se marchaba.

      Poco a poco, sin embargo, a medida que los veranos fueron pasando, Teófilo consiguió lo que ni los psiquiatras ni la familia pudimos, pese a que lo intentamos de todas las maneras y por todos los medios a nuestro alcance: que mi padre volviera a interesarse por el mundo. Teófilo fue quien consiguió, por ejemplo, hacia el segundo o tercer verano, que mi padre empezase a hablar de algo que no fuera mi madre, o relacionado con ella o con su recuerdo, y quien le convenció más tarde para que le acompañase en sus paseos por el pueblo, algo que mi padre siempre había hecho, pero que había abandonado por completo desde entonces. Cuando acabó aquel verano, mi padre ya no era ni la sombra del que llegó a principios de julio y hasta había engordado algo. Poco, pues, al contrario que Teófilo, siempre ha sido muy delgado. A veces, cuando los veo venir desde lejos, caminando entre las casas de La Mata, los dos me recuerdan al Gordo y el Flaco.

     Pero ahora están ahí, debajo del corredor, contemplando los árboles y las estrellas, como todas las noches de verano. Es la primera de éste, que ha comenzado más tarde. Aunque no ha cambiado nada: el olor de la hierba, los sonidos del pueblo, el color azul de la noche y el resplandor de la luna sobre los árboles. Hasta la frase de Teófilo sigue siendo la misma de cada año cuando se despierta al cabo de un rato y dice a mi padre:

     _No se mueve ni una hoja.

http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/juliollamazares.htm

(Vegamián, León, 1955) Escritor español. Repartió su actividad literaria entre la poesía, la novela y los artículos periodísticos. Aunque se le sitúa en la Generación poética de los ochenta, antologada por Luis Antonio de Villena en Postnovísimos (1986), fue reconocido fundamentalmente a raíz de su trabajo como novelista. Licenciado en derecho, abandonó muy pronto el ejercicio de la abogacía para dedicarse al periodismo escrito, radiofónico y televisivo en Madrid, ciudad donde estableció su residencia.

Gracias de Yasunari Kawabata


Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso.

La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la terminal a la sala de espera, donde se sucedían humildes puestos de venta de golosinas. Su uniforme amarillo tenía un cuello púrpura. Ahí adelante estaba estacionado el gran ómnibus rojo con una bandera púrpura.

La madre de la niña se puso de pie, apretando el papel de una bolsa con caramelos, y se dirigió al chofer que se arreglaba los cordones de los zapatos.

-¿Así que hoy es su turno? Si es usted quien la lle­va hasta allá, hay que agradecerlo, seguramente va a tener suerte. Es una señal de que algo bueno va a suceder.

El chofer miró a la muchacha que estaba al lado de la mujer y guardó silencio.

-No podemos seguir aplazando esto para siempre… Además, el invierno está casi sobre nosotros. Sería una pena enviarla con el frío. Si de todos modos debemos hacerlo, me parece que es conveniente hacerlo con este tiempo todavía agradable. Y he decidido acompañarla hasta allí.

El chofer asintió sin decir palabra, caminó con el aplomo de un soldado hasta el ómnibus, para acomodar el almohadón del asiento.

-Por favor, tome asiento aquí adelante, señora. No hay tanto traqueteo. Tienen un largo viaje por delante.

La mujer iba a una aldea por donde pasaba el ferrocarril, y que quedaba a sesenta kilómetros al norte, para vender a su hija.

Sacudida a lo largo del camino de montaña, la jovencita clavaba los ojos en la espalda del chofer que estaba justo delante de ella. El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados…

Se cruzó con un carro tirado por caballos, y éste se hizo a un costado.

-Gracias.

La voz del chofer era clara cuando saludaba con una agradable inclinación de cabeza, como un pájaro carpintero.

El ómnibus se encontró con una carreta llena de trastos que también se corrió con sus caballos y le cedió el paso.

-Gracias.

Un carretón.

-Gracias.

Un rickshaw.

-Gracias.

Un caballo.

-Gracias.

Si bien el chofer ya se había cruzado con treinta vehículos en diez minutos, nunca dejaba de ser cortés. Y aunque tuviera que manejar durante cientos de kilómetros, nunca descuidaba su conducta y era como un cedro bien erguido, simple y natural.

Habían partido a eso de las tres. El chofer había tenido que encender las luces a mitad de camino. Pero cada vez que se encontraba con un caballo, las apagaba.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

Durante todo el trayecto, fue el chofer con mejor reputación entre los conductores de carretas, carretones y los jinetes.

Cuando el ómnibus llegó a la plaza de la aldea en medio de la oscuridad, la muchachita empezó a temblar y se sintió mareada, como si le flotaran las piernas. Se aferró a su madre.

-Un momento -le dijo ésta a su hija y corrió tras el chofer para implorarle-. Mi hija dice que lo quiere. Se lo pido, se lo ruego con mis dos manos en oración. Mañana ella será juguete de un hombre cualquiera, por eso… Si hasta una muchacha de buena posición de la ciudad… con sólo viajar unos kilómetros con usted…

A la mañana siguiente, al amanecer, el chofer dejó la modesta pensión y cruzó la plaza con apostura de soldado. La madre y la hija corrieron tras él. El ómnibus rojo, con su bandera púrpura, salió del garaje y quedó a la espera del primer tren.

La jovencita subió primero y acarició el asiento de cuero negro del chofer mientras se mordía los labios. La madre se defendía del frío cerrando el cuello de su kimono.

-Y ahora debo llevarla de nuevo a casa. Esta mañana ella lloró, usted me increpó… Compadecerme de ella ha sido un error. Voy a llevarla a casa, ¿bien? Pero sólo hasta la primavera. Sería una pena enviarla ahora que va a iniciarse la temporada de frío. Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa.

El primer tren le lanzó tres pasajeros al ómnibus.

El chofer acomodó su almohadón. Los ojos de la muchachita se fijaron en la cálida espalda que tenían ante sí. La brisa matinal del otoño se deslizaba sobre esos hombros.

El ómnibus quedó enfrentado a un carro tirado por caballos. Y éste se hizo a un lado.

-Gracias.

Un carretón.

-Gracias.

Un caballo.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

El chofer regresaba, lleno de gratitud, cruzando los sesenta kilómetros de montañas y campos hasta la ciudad portuaria en el extremo meridional de la península.

 

Transporte en Japón: precios y opciones | Periodista en Japón

 

Era un buen año para los caquis. El otoño en la montaña era bello.

.Comportamiento extraño de Lydia Davis

 

Ves cómo las circunstancias tienen la culpa. En realidad no soy una persona extraña si lleno mis oídos con pedacitos de Kleenex y envuelvo mi cabeza con una bufanda: cuando vivía sola tenía todo el silencio que quería.

LeynabyHF bufanda de Muscat Beige/chal 190cm * 70cm seda y lana ...