El tesoro(Haibun)

cox iglesia

Llegué al pueblo, la iglesia que piedra tras piedra conquistó altura. La entrada miraba al mar. Desde el atrio, contemplé  el paisaje; caminos reales, senderos. Casuchas sobre la grama, el ganado vacuno sesteando bajo viejos árboles.

La nave principal, amplia, adornada con retablos tallados por manos artesanales. Al centro, la imagen de Jesús, iluminado por veladoras. Aroma a silencio que se esparcía con la misma intensidad con que la humedad lo hace sobre las paredes. El tiempo allí, no existe.

 Recorrí calles, comercios, platiqué con algunas familias y, por último, me entrevisté con las autoridades.

—Señor Presidente, ¿aquí hay dentista?

—No hay, pero viene uno cada mes. ¿También saca muelas?

—Para nada.

 No tuve duda, mi intuición decía que allí estaba un tesoro. Años después, sabría que el tesoro no eran riquezas, sino la comprensión de un pueblo olvidado, rico en cultura, despojado de sus tierras.

Tiempo y silencio,
Jesús crucificado;
olor de rezos.

 

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El mar (Haibun)

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Había visto tu bastedad de pie sobre un acantilado: la playa, las olas mansas. ¡Nunca había estado cara a cara! Asombras, enmudeces, abrumas, empequeñeces.

Vuelves al escuchar el graznido de las aves, te extasías ante la marcha de los delfines o el vuelo mudo de los pelícanos. Hay agua viva, percibes que abajo hay un cuerpo gigantesco que respira.

Bajo mis pies,
y miles de miradas
la inmensidad.

Bajo mis pies,
y miles de mirada
la inmensidad.

Viaje de olores ( haibun)

coxquihuiMiraba las buganvilias. llegó el aroma de la vainilla; el grano de café al tostar escapaba de cada casa.  La vaina verde desdoblaba en perfume y la cereza en el comal exhala una fragancia que aloca el corazón. Son mujer y varón. La vainilla cobijando en la intimidad; el café en la mañana es campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa, antes de encontrarse con los quehaceres de la vida.

 

Pueblo de olores

niebla, flores y piedra.

Suenan campanas.