La gripe española !Larga vida al rey! Exclamaron los presentes, cuando el rey estornudó
Rubén García García.
Eran tiempos de guerra y, en Rusia y México, de revolución. La muerte era un evento tan común que posiblemente abarató la vida y endureció los corazones. Sólo esto puede explicar que esta devastadora pandemia haya ocupado tan pequeño y oscuro espacio en la memoria colectiva. La extraordinaria Historia de la Salud Pública de George Rosen, publicada en 1958, y la 13°edición de la Enciclopedia Británica, publicada en 1926, no hacen la más mínima mención a esta tragedia. No es de extrañar que uno de los mejores libros sobre el tema, escrito por Alfred Crosby, se titule justamente La Pandemia Olvidada. La mayoría de los registros coinciden en afirmar que la influenza española de 1918 mató alrededor de 60 millones de personas en dos años, seis veces el número de individuos que fallecieron en combate en la Primera Guerra Mundial (9.2 millones) y cuatro veces los que murieron en la se-gunda de las grandes guerras del siglo pasado (15.9 millones). Debida posiblemente a una mutación de la influenza porcina, esta enfermedad alcanzó dimensiones pandémicas como resultado de las migraciones masivas asociadas a la guerra. Si hoy se infectara con aquel virus de la influenza un porcentaje parecido de la población de Estados Unidos al que se infectó en 1918 (28%) y la tasa de letalidad alcanzara la cifra de aquel año (2.5%), se producirían alrededor de 1.5 millones de decesos en este país, cifra superior al número de muertes en un año por enfermedades del corazón, cáncer, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, SIDA y Alzheimer sumadas. Es la historia de esta pandemia la que cuenta Gina Kolata en el libro que aquí se reseña y también la historia de la identificación del virus que la produjo. ¿Quién iba decir que la clave de esta misteriosa epidemia habría de encontrarse en una pequeña aldea de Alaska y que el letal microorganismo que la produjo guardaría un asombroso parecido con el virus de la influenza aviar que amenaza con convertirse en el agente causal de la primera pandemia del siglo XXI? En los siglos XVII y XVIII los es- tudiosos atribuyeron esta enfermedad a la influencia (del italiano influenza) de las estrellas, algunos, y del frío, otros. Produce un cuadro caracterizado por fiebre, coriza, tos, cefalea, malestar e inflamación de la mucosa respiratoria. En casos complicados da lugar a bronquitis hemorrágicas y neumonías, que en ocasiones conducen a la muerte. Su agente etiológico es un ortomixovirus que fue identificado en 1933, pero el cuadro clínico y las epi- demias que produjo se describieron desde épocas muy remotas. Tucídides reseña algunas de éstas y las responsabiliza de las derrotas de Grecia frente a Esparta y la Liga del Peloponeso. Por lo general este virus produce epidemias agudas cada tres años, a finales del otoño o principios del invierno, y cada diez años se presentan cambios en el tipo antigénico prevalente del virus A que en ocasiones danorigen a grandes pandemias. Las más recientes se produjeron en 1957-58, “la gripe asiática”, y 1968-69, “la gripe de Hong Kong”. Ambas involucraron cepas que al parecer proceden indirectamente de las aves, pero en términos de los daños generados poco tuvieron que ver con la pandemia de 1918. A esta última se le terminó de- nominando influenza española, pero la verdad es que a la fecha se desconoce el sitio en donde se originó. En la primavera de 1918 aparecieron brotes en diversos países de Europa y Asia, y en Estados Unidos. La primera ola de influenza fue muy contagiosa, pero en muy pocos casos tuvo consecuencias fatales. La segunda ola apareció pocos meses después y hacia octubre se había diseminado a prácticamente todo el mundo, incluso a las remotas aldeas esquimales. Sólo algunas islas de Australia se libraron de este mal. Esta segunda ola además de contagiosa fue extraordinariamente letal. Alrededor de 20% de los afectados sufrieron de una gripe moderada, pero el resto presentó uno de dos cuadros. Algunos cayeron gravemente enfermos en cosa de horas, literalmente ahogados, con los pulmones llenos de líquido. Los otros cursaron con un cuadro típico de gripe, pero a los cuatro o cinco días desarrollaron neumonías que los mataron o los dejaron crónicamente convalecientes. Era poco lo que se les podía ofrecer, más allá de intervenciones paliativas. La pandemia de gripe española llegó a su fin sin que nada se supiera sobre su agente causal. Durante algunos años se pensó que había sido una bacteria, el bacilo Pfeiffer, el responsable de esta calamidad. Esta hipótesis pronto se descartó, pero tuvo que pasar mucho tiempo antes de que se caracterizara al virus que había diezmado pueblos y ciudades enteras. La aventura que lleva a su descubrimiento, que Kolata narra con maestría y un asombroso manejo de los detalles, da inicio en una cena en 1950 en la ciudad de Iowa, en la que William Hale, un conocido virólogo de los Laboratorios Nacionales de Brookhalen, comentó: Se ha hecho todo por elucidar la causa de la epidemia, pero simplemente no sabemos qué fue lo que la produjo. Lo único que queda es ir alguna parte del norte del mundo, buscar cuerpos sepultados en permafrost que estén bien conservados y averiguar si contienen el virus de la influenza. A esa cena había acudido un joven estudiante sueco que estaba particularmente capacitado para llevar a cabo esa titánica tarea, y además, enormemente dispuesto. El comentario de Hale no cayó en saco roto. El desenlace de esta historia, sin embargo, se produce casi 50 años después, en 1997. La historia del descubrimiento del virus de la pandemia de influenza de 1918 está documentada en la literatura científica y popular, y ha dado origen a reportajes especiales de numerosos noticieros y a múltiples documentales. Los protagonistas, Johan Hultin y Jeffery Taubenberger, son ya celebridades. Pero el libro de Kolata tiene el gran valor de reunir prácticamente todas las piezas de un rompecabezas que pudo haberse armado de manera totalmente distinta. El escenario de la solución del enigma pudo haber sido Spitsberger, Noruega, y no la comunidad de Brevig en Alaska, y la heroína pudo haber sido Kirsty Duncan, una geógrafa que trabajaba en las Universidades de Windsor y Toronto. Pero por algo suceden las cosas de cierta manera, dirían los fatalistas. Hultin tuvo el enorme mérito de identificar en 1951 las pocas comunidades en Alaska que reunían las condiciones para posiblemente hallar cuerpos con el virus de la famosa influenza. Se trataba de comunidades que habían sido afectadas por la pandemia de 1918, contaban con registros aceptables de sus muertes y habían establecido cementerios en terrenos con permafrost. En Brevig encontró lo que quería, pero lamentablemente las muestras de tejido pulmonar que tomó de un cuerpo bastante bien conservado no permitieron recuperar el tan ansiado virus. Hultin tendría que esperar más de 40 años para que se desarrollaran las técnicas que permitirían recuperar virus de tejidos maltratados por el paso del tiempo. Fue Taubenberger quien en los años noventa pudo empezar a caracterizar al agente causal de la influenza usando técnicas de recuperación e identificación de RNA viral en el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas de Washington. Buscó y encontró en los más de 3 millones de especímenes almacenados desde 1917 en dicho laboratorio muestras de pulmón de soldados muertos por influenza en 1918. Después de varios meses de búsqueda infructuosa, a mediados de 1996, pudo recuperar, de una sola de las muestras, fragmentos del virus de la influenza. En octu-bre de 1996 envió su trabajo a publicación. Nature ni siquiera quiso mandarlo a revisión y Science lo hizo sólo después de que varios expertos virólogos intercedieron a favor de este desconocido patólogo que no contaba con las credenciales para atreverse a generar un descubrimiento de esa magnitud. A pesar del éxito alcanzado, Taubenberger sabía que era necesario confirmar sus hallazgos con otras muestras de tejido de víctimas de la influenza de 1918, muestras que tal vez le permitirían recuperar todas las secuencias de los genes del virus, pero ¿dónde encontrarlas? Y es aquí donde entra de nuevo en escena, 45 años después, Hultin. Retirado en San Francisco, el pa-tólogo sueco, al conocer los hallazgos de Taubenberger, se volvió a entusiasmar con la posibilidad de regresar a Alaska a tomar nuevas muestras de pulmón en los cuerpos del cementerio de Brevig y, con las nuevas técnicas, recuperar y caracterizar al virus que había llenado cientos de sus horas de insomnio. No tardó en establecer contacto con Taubenberger y a las pocas semanas organizar por cuenta propia un viaje a Alaska. Lo entristeció la vida en Brevig. En 45 años, la hermosa comunidad que practicaba técnicas ancestrales de caza y pesca de ballenas había terminado sometida a la beneficencia. Familias enteras vivían en el ocio recibiendo dinero de una compañía petrolera que les pagaba por la explotación de sus tierras. Repuesto de la impresión, restableció contactos, repitió la labor de convencimiento que llevó a cabo en esos mismos parajes en su juventud y con la ayuda de cuatro entusiastas esquimales cavó hasta encontrar el cuerpo bien conservado de una mujer de 40 años de la que pudo tomar muy buenas muestras de tejido pulmonar. Alos pocos días Taubenberger las tuvo en sus manos y una semana después identificaba las secuencias del afamado virus. Hoy la pandemia de influenza de 1918 empieza a recuperar el sitio que le corresponde en la historia de la salud pública. Las pandemias de 1957- 58 y 1968-69 contribuyeron sin duda a sacar del ostracismo a tan extraordinario evento. Lo mismo hicieron la amenaza infundada de influenza porcina de 1976 y, más recientemente, los trabajos de Hultin y Taubenberger Y ahora la posible pandemia de influenza aviar ha puesto en boca de literalmente todos el tema de las grandes gripes. El libro de Kolata, que también contribuye a remediar el olvido, no pudo haberse publicado en momento mejor. Octavio Gómez Dantés
Título original: День опричника – Den’ oprichnika Vladimir Sorokin, 2006 Traducción: Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz Rovira *** A Grigory Lukiánovich Skuratov-Belskiy Apodado Maliuta
El sueño es el de siempre: ando por la ilimitada campiña rusa, que se extiende en sucesivos horizontes; veo al corcel blanco en lontananza, voy hacia él, lo presiento incomparable, el caballo de todos los caballos, bello, presto, de pie ligero; por mucho que me afane, no consigo alcanzarlo, acelero el paso, silbo, grito, lo llamo… De repente comprendo que en ese corcel está toda mi vida, toda mi suerte, toda mi esperanza, que lo necesito como el aire, corro, corro, corro tras él, y él, como siempre, se aleja pausado, impasible, sin hacer caso de nada ni de nadie, se va para siempre, se va de mí y de mi destino, se va por los siglos de los siglos, irremisiblemente, se va, se va, se va… Me despierta mi parlante: Latigazo: grito. Otro latigazo: gemido. Tercer latigazo: estertor. Lo grabó Poyarok en la Intendencia Secreta mientras le apretaban las tuercas al gobernador de la región del Lejano Oriente. Esa música despertaría a un muerto. —Komyaga a la escucha —digo acercando el frío parlante al oído todavía cálido del sueño. —Salve, Andréy Danílovich. Korostylev al habla —brota la voz del viejo subalterno de la Intendencia de Asuntos Foráneos y, en un santiamén, al lado del parlante, en el aire, se me aparece su jeta bigotuda y nerviosa. —¿Qué se te ofrece tan temprano? —Me permito recordarle que esta noche se celebra la audiencia real con el embajador albano. Se mantiene convocada, pues, la docena circundante. —Ya estaba al tanto —gruño irritado, aunque a decir verdad se me había olvidado por completo. —Lamento importunarlo, pero debía ratificárselo. Lo manda el reglamento. Dejo el parlante en la mesita. ¿A santo de qué viene el auxiliar diplomático a recordarme el consabido protocolo? Ah, sí… Olvidaba que los de embajadas se estrenaron hace poco como cooficiantes del lavatorio de manos. Sin abrir los ojos, me siento en el borde de la cama con las piernas colgando y, de un respingo, trato de sacudirme la resaca. Busco a tientas la campanita, la agito. Del otro lado de la pared se oye cómo Fedka salta del banco de la estufa, trajina, hace tintinear los platos. Yo sigo sentado con la cabeza gacha, todavía no preparada para despertarse: ayer otra vez tuve que agarrarme una buena pese a que había jurado beber y aspirar sólo con los míos, como es de rigor. Noventa y nueve reverencias en la catedral de la Dormición, preces a San Bonifacio… ¡Al carajo con todo! No iba a hacerle un desaire al eminente y sabio consejero Kirill Ivánovich, en cuya compañía tanto aprendo. Yo, a diferencia de Poyarok o Sivolay, valoro la virtud de la inteligencia. Jamás me cansaría de escuchar las palabras omniscias de Kirill Ivánovich. Lástima que éste, sin farlopa, sea poco locuaz… Entra Fedka: —Salve, Andréy Danílovich. Abro los ojos. Fedka trae la bandeja. Y esa jeta suya de todas las mañanas, ajada y descompuesta. En la bandeja, el surtido habitual de una mañana de resaca: un vaso de kvas blanco, una medida de vodka, medio vaso de salmuera de repollo. Trago la salmuera. Me pica la nariz y se me contraen los pómulos. Respiro hondo y me echo el vodka entre pecho y espalda de un solo trago. Suben las lágrimas emborronando la jeta de Fedka. Ya recuerdo casi todo: quién soy, dónde estoy, para qué. Dilato los pulmones aspirando con cautela. Del vodka paso al kvas. Transcurre el minuto de la Gran Inmovilidad. Eructo fuerte, con un gemido de las entrañas, me enjugo las lágrimas. Y ya me acuerdo de todo. Fedka retira la bandeja e, hincado de rodillas, me ofrece la mano. Me sirvo de ella para levantarme. Por la mañana, huele Fedka aún peor que por la noche. Es la verdad de su cuerpo y no la puedes esquivar. No es algo que se cure con azotes. Estirándome y gimiendo camino hacia el iconostasio, prendo la lamparita, me arrodillo. Musito las plegarias matutinas, hago las reverencias preceptivas. Fedka, detrás, bosteza y se santigua. Después de rezar, me incorporo apoyándome en Fedka y me encamino al cuarto de baño. Me lavo la cara con el agua recién sacada del pozo, en la que aún se aprecian los trocitos de hielo, y me miro al espejo y él me mira a mí con el rostro ligeramente hinchado, las aletas de la nariz cubiertas de vetas azules, el pelo desgreñado y, en las sienes, las primeras canas, demasiado tempranas para mi edad. Gajes del oficio, qué remedio. Pesa mucho la causa del Estado… Descargados el vientre y la vejiga, me sumerjo en la pila de hidromasaje, pongo el programa en marcha, reclino la nuca en la templada y confortable cabecera. Miro hacia arriba, al techo pintado donde unas doncellas recogen cerezas en un jardín. Contemplo sus piernas arremangadas, sus cestos llenos de fruta madura. La idílica estampa transmite sosiego. Mientras, el agua sube, se hincha de aire, bulle en torno a mi cuerpo. El vodka por dentro y la espuma por fuera me restituyen poco a poco la lucidez. Al cabo de un cuarto de hora, cesa el borbollón. Remoloneo un rato más antes de pulsar el botón que hace venir a Fedka con la toalla y la bata. Entra y me ayuda a salir, me envuelve con la toalla, me abriga con la bata. Prosigo hasta el comedor. Allí Taniushka ya ha dispuesto el desayuno. En la pared del fondo, me aguarda la burbuja de noticias. Le ordeno en voz alta: —¡Novedades! La burbuja se enciende, tornasola con la bandera azul-blanca-roja de la Patria y el águila bicéfala dorada mientras tañen las campanas de la iglesia de Iván el Grande. Sorbiendo té con frambuesa, atiendo a los partes: en la zona norcaucásica del Muro de Meridión, sale otra vez a la luz el latrocinio de funcionarios y miembros de las asambleas; el Tubo del Lejano Oriente seguirá cerrado hasta que se reciba el suplicatorio de los japoneses; los chinos amplían sus colonias en Krasnoyarsk y Novosibirsk; continúa el proceso de la Eraria contra cambistas y agiotistas en los Urales; los tátaros construyen un palacio inteligente para el Aniversario de Su Majestad; los carcamales de la Academia Curanderil acaban los estudios sobre el genoma del envejecimiento; los Citaristas de Murom ofrecerán dos conciertos en Moscú; el conde Trifon Bagratiónovich Golitsin ha dado una paliza a su joven esposa; durante todo enero no se azotará en la plaza Sennaya de San Petrogrado; el rublo se ha fortalecido en relación con el yuan en otro medio kópek… Taniushka sirve pastel de requesón, nabo al vapor con miel, jalea. A diferencia de Fedka, Taniushka es hermosa y fragante, agradable como el frufrú que hacen sus faldas mientras se mueve discreta y hacendosa por la estancia. El té fuerte y la jalea de arándano rojo me devuelven a la vida definitivamente. Aflora el sudor salvífico. Taniushka me entrega un paño bordado por ella misma. Seco mi rostro, me levanto de la mesa, me santiguo, doy gracias a Dios por el alimento. Es hora de atender a los quehaceres. El barbero a domicilio ya espera en el guardarropa. Voy hacia allá. El rechoncho Sansón me invita reverencioso y sin mediar palabra a tomar asiento ante los espejos, me masajea la cara, me frota el cuello con aceite de lavanda. Sus manos, igual que las de todos los barberos, son poco agradables. Pero discrepo por principios con el cínico de Mandelshtam: el poder no es para nada «aborrecible como las manos del barbero». El poeta no tenía razón. El poder es seductor y atractivo como el seno de la costurera virgen. Y en cuanto a las manos del barbero, hay que resignarse, qué le vamos a hacer si no compete a las hembras afeitar nuestras barbas. Sansón echa en mis mejillas la espuma de un frasco naranja, marca Gengis Khan, la extiende con sumo cuidado, sin tocar mi barba estrecha y bella, toma la navaja de afeitar, la afila sobre el cinturón, apunta, encogiendo el labio inferior, y empieza de manera suave y regular a retirar la espuma de mi rostro. Me miro. Las mejillas ya no están muy lozanas. En estos dos años he adelgazado medio pud. Las ojeras han devenido crónicas. Ninguno de nosotros duerme nunca lo suficiente. Y la noche pasada no ha sido una excepción. Tras cambiar la navaja por la máquina eléctrica, Sansón retoca diestramente esa isla en forma de hacha que es mi barba. Compasivo, le guiño un ojo a mi reflejo: «¡Buenos días, Komyaga!». Las manos poco agradables aplican sobre mi rostro un paño caliente impregnado en menta. Sansón seca mi cara a conciencia, da colorete a las mejillas, riza el tupé, no escatima en polvos dorados, me coloca en la oreja derecha el pesado pendiente de oro: la campanilla sin badajo. Estos pendientes los llevan sólo los nuestros. Ninguna chusma o casta habida o por haber, ni los aristócratas destripaterrones, los hidalgos provincianos y demás alcurnia de medio pelo, ni los chupatintas y leguleyos de palacio y negociado, ni los alguaciles, arcabuceros y el resto de la morralla armada, ni aun los mismísimos caballeros boyardos, se atreverían a lucir, siquiera para una mascarada navideña, nuestra campanilla distintiva. Sansón rocía mi cabello con Manzana Salvaje, mi esencia favorita, se inclina sin pronunciar palabra y se retira: ha hecho su trabajo de barbero. Enseguida reaparece Fedka, y aunque su jeta sigue tan arrugada como antes, ya ha tenido tiempo para cambiar de camisa, cepillarse los dientes y lavarse las manos y ahora está listo para el proceso de vestirme. Acerco la palma de mi mano a la cerradura del vestidor. Pitan los herrajes, parpadea el piloto de luz roja, la puerta de roble se desplaza hacia un lado y me descubre el mismo estimulante panorama de cada mañana, mis dieciocho trajes alineados. Hoy es un día ordinario, laborable. O sea: ropa de faena. —Oficial —le indico a Fedka. Extrae la vestidura del armario, me viste: los paños menores, blancos, ornados con cruces, la camisa roja con el cuello de tirilla, la casaca de brocado con el ribete de marta, bordada de oro y plata, los calzones de terciopelo, las botas de cordobán bermejo. Por encima de la casaca, Fedka me pone el caftán negro, de paño tosco y acolchado y faldón largo. Tras un rápido vistazo al espejo, vuelvo a cerrar la puerta de roble. Voy al recibidor, miro el reloj: 8.03. Voy bien de tiempo. En el recibidor ya me esperan para despedirme la niñera con el icono de San Jorge y Fedka, que trae la gorra y el cinturón. Me encasqueto la gorra de terciopelo negro con ribete de cibelina, dejo que me ciñan el ancho cinturón de cuero. A la izquierda va el puñal en su funda de cobre, a la derecha, el Rebroff en la pistolera de madera. La niñera, mientras tanto, me bendice: —¡Andréy, que la Santa Madre, el santo Nicolás y todos los startsi del monasterio Óptina te guarden! Tiembla su barbilla puntiaguda, sus ojillos azules lagrimean desbordados de emoción. Me santiguo, beso el icono de San Jorge. La niñera mete en mi bolsillo la plegaria «Al amparo del Altísimo, a la sombra del Poderoso» bordada con hilo dorado sobre cinta negra por las madres del monasterio Novodevichiy. Sin esta plegaria nunca acometo mis empresas. —Victoria sobre los enemigos… —murmura Fedka santiguándose. Desde el aposento trasero se asoma Anastasia: sarafan rojiblanco, la trenza castaña clara por encima del hombro derecho, los ojos de color esmeralda. El rubor de su rostro denota su desazón. Baja la vista, se inclina apresuradamente y, ahogando los sollozos, desaparece tras la jamba de roble. La despedida de la doncella despierta instantáneamente el embate en el corazón: la ardiente oscuridad de la otra noche se ha abierto de par en par, ha revivido con el dulce gemido en los oídos, con el cuerpo joven y cálido apretándose contra mí, y ahora hierve en mis venas. Pero el trabajo es lo primero, y hoy hay trabajo en abundancia. Sólo faltaba ese embajador albano… Salgo al zaguán. Allí ya se ha alineado toda la servidumbre: pastoras, cocinera, chef, barrendero, perrero, guarda, ama de llaves: —¡Salve, Andréy Danílovich! Me dedican una profunda reverencia que yo correspondo con un leve asentimiento de cabeza al pasar. Crujen las tarimas. Abren la puerta forjada. Salgo al patio. El día es soleado y gélido a la vez. La noche ha traído nieve y ha dejado su rastro en los abetos, encima de la valla, en la torre de vigilancia. ¡Bueno es que se acumule nieve! Cubre las vergüenzas de la tierra. Y gracias a ella el alma se hace más limpia. Entornando los ojos bajo el sol repaso el patio con la mirada: granero, establo, cuadra: todo adecuado, sólido y en orden. Se desprende de la cadena el perro lanudo, aúllan los galgos en la perrera detrás de la casa, canta el gallo en el corral. El patio está limpio, barrido, rastrillado, la nieve arrinconada con esmero, los montones parecen roscones de Pascua. En la puerta está mi Mercedes orondo y reluciente, de color escarlata, como el de mi camisa. El sol arranca destellos de la cabina transparente. Timoja, el mozo de cuadra, espera junto a él con la cabeza de perro en la mano, y en cuanto llego se inclina ante mí: —¿Da su visto bueno, Andréy Danílovich? Me muestra la cabeza para el día de hoy: de perro lobo peludo, con los ojos girados, la lengua tocada por la escarcha, los dientes amarillos, fuertes. Sirve. —¡Adelante! Timoja sujeta hábilmente la cabeza al paragolpes del Mercedes e instala la escoba encima del baúl. Acerco la mano a la cerradura del Mercedes, el techo transparente se desliza. Me acomodo, medio tumbado, en el asiento tapizado de cuero negro. Me abrocho el cinturón, prendo el motor y se abren ante mí las puertas de la verja, las cruzo y avanzo raudo por el camino recto y estrecho flanqueado por el bosque de viejos abetos cubiertos de nieve. ¡Qué belleza! Buen sitio. Por el retrovisor veo alejarse mi finca. Buena casa, exclama mi alma. Tan sólo hace siete meses que vivo aquí y, sin embargo, la sensación es como si hubiese nacido y crecido aquí. Antes todo esto era propiedad de Gorojov Stepan, lugarteniente de un pez gordo de la Intendencia Eraria. Cuando, a raíz de la Gran Limpieza de Erarias, cayó en desgracia y se quedó al desnudo, le echamos mano a la finca. Durante aquel verano caliente rodaron varias cabezas erarias. A Bobrov y otros cinco compinches los arrastraron en una jaula de hierro por todo Moscú, luego los molieron a palos y los decapitaron en el Patíbulo. La mitad de los de Erarias fue desterrada más allá de los Urales. Tuvimos que aplicarnos a la tarea… Pronto le llegó el turno, pues, a Gorojov y, como es de rigor, para comenzar lo enchastramos hasta las cejas en estiércol, después le atiborramos la boca de billetes, se la cosimos, le metimos una vela en el culo y lo ahorcamos en las puertas de la finca. Se nos ordenó no ensañarnos con la familia, de manera que la desalojamos de su heredad, que luego me fue legada por quien de todo es el único dueño. Justo es nuestro Soberano, gracias a Dios
—Vas a estar bien —me decía una y otra vez, no muy convencida de mis palabras, mientras preparaba de nuevo la maleta; como si por más que lo repitiera fuera más verdad. Recorrió medio mundo y parte de otros para dejar atrás aquel infierno. Hasta que un día sus pasos la condujeron hasta un […]
Después de cientos de billones de años, pensó de súbito de sí mismo como Ames. No la combinación de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí propio. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no oyó ni pudo oír.
El nuevo proyecto había estado aguzando su memoria más allá de los más viejos eones. Allanó el vórtice energético que recubría la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas.
La señal de respuesta de Brock vino. Con seguridad, pensó Ames, él podía hablar con Brock. Con seguridad podía él hablar con cualquiera.
Los modelos de energía enviados por Brock, comunicaron:
—¿Te acercas, Ames?
—Naturalmente.
—¿Tomarías parte en la contienda?
—¡Sí! —Las líneas de fuerza de Ames se movieron irregularmente—. He pensado en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.
—¡Qué derroche de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos billones de años? Nada puede haber que sea nuevo.
Por un momento Brock quedó fuera de fase y comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó la dirección de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hacía; captó la poderosa visión de la anchurosa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada sin fin por multitudinaria vida energética y discurriendo entre las galaxias.
—Por favor, Brock —dijo Ames—, absorbe mis pensamientos. No los evites. He estado pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Claro que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podía ser de otro modo? ¿No nos enseña esto que debemos planificar la Materia? ¡La Materia!
Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un tinte de disgusto.
—¿Por qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otro tiempo, mucho tiempo. ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no erigir objetos en un medio Material, o con formas abstractas, o, escucha, Brock, ¿por qué no construir una imitación nuestra en Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal cómo solíamos ser?
—No recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.
—Yo lo recuerdo —dijo Ames con ímpetu—. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si obro bien. Dímelo.
—No. Es ridículo. Es… repulsivo.
—Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos; desde los comienzos pulsamos juntos nuestra energía, desde el momento en que llegamos a ser lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!
—De acuerdo, pero rápido.
Ames no había sentido tal temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde… ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y obtenía fruto, se atrevería a manipular la Materia en presencia de la reunión de seres Energéticos que durante tanto tiempo esperaban algo nuevo.
La Materia permanecía raía entre las galaxias, pero Ames la reuniría, la conjuntaría más allá de los años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia y conformándola en sentido ovoide.
—¿No lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo parecido?
El vórtice de Brock tembló al entrar en fase.
—No me obligues a recordar. No recuerdo nada.
—Había una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. Mira, ¿recuerdas eso?
Sobre la cima del ovoide apareció la CABEZA.
—¿Qué es? —preguntó Brock.
—La palabra que designa la cabeza. Los símbolos que significan la palabra sonora. Dime qué recuerdas, Brock.
—Hay algo más —dijo Brock con dudas—, algo en medio.
Una forma abultada surgió.
—¡Sí! —dijo Ames—. ¡Es la nariz!
Y la palabra NARIZ apareció en su lugar.
—Y también había ojos en otra parte.
OJO IZQUIERDO. OJO DERECHO.
Ames contempló lo que había conformado, sus lineas de fuerza pulsando lentamente. ¿Estaba seguro de que era así?
—Boca —dijo luego—, y mandíbula, y nuez de Adán, y clavículas. ¿Cómo si no podrían venir las palabras?
Y todo esto apareció en la forma ovoide.
—No había pensado en estas cosas desde hace cientos de billones de años —dijo Brock—. ¿Por qué haces que las recuerde? ¿Por qué?
Ames permanecía sumido momentáneamente en sus pensamientos.
—Algo más. Órganos para oír. Algo para recoger los sonidos. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!
—¡Déjalo! —gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y todo lo demás! ¡No recuerdes!
—¿Qué hay de malo en recordar? —dijo Ames. desconcertado.
—El exterior no era rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos respiraban ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran blandos sobre los míos —Las lineas de fuerza de Brock golpeaban y se agitaban, golpeaban y se agitaban.
—¡Lo lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!
—Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar; esos ojos hacían algo mas que mirary no había nadie que lo hiciera por mi.
Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo:
—Ahora, déjalos que lo hagan —y desapareció.
Y Ames vio y recordó que en otro tiempo, también, fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y se lanzó a través de las galaxias siguiendo huellas de la energía de Brock, de vuelta a la infinita amenaza de la vida.
Y los ojos de la hendida cabeza de Materia todavía centelleaban con lo que Brock había colocado allí en representación de las lagrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres de energía ya no podían hacer y lloraron por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que otrora fueron, un trillón de años atrás.
La finca a la cual se dirigía para efectuar el deslinde distaba unos treinta o cuarenta kilómetros, que el agrimensor Gleb Smirnov Gravrilovich tenía que recorrer a caballo. Se había apeado en la estación de Grilushki.
(Si el cochero está sobrio y los caballos son de buena pasta, pueden calcularse unos treinta kilómetros; pero si el cochero se ha tomado cuatro copas y los caballos están fatigados, hay que calcular unos cincuenta.)
-Oiga, señor gendarme, ¿podría decirme dónde puedo encontrar caballos de posta? -le preguntó el agrimensor al gendarme de servicio en la estación.
-¿Cómo dice? ¿Caballos de posta? Aquí no hay un perro decente en cien kilómetros a la redonda. ¿Cómo quiere que haya caballos? ¿Tiene usted que ir muy lejos?
-A la finca del general Jojotov, en Devkino.
-Intente en el patio, al otro lado de la estación -dijo el gendarme, bostezando-. A veces hay campesinos que admiten pasajeros.
El agrimensor dio un suspiro y, malhumorado, pasó al otro lado de la estación. Tras muchas discusiones y regateos, se puso de acuerdo con un campesino alto y recio, de rostro sombrío, picado de viruelas, embutido en un chaquetón roto y calzado con unas botas de abedul.
-Vaya un carro -gruñó el agrimensor al subir al destartalado vehículo-. No se sabe dónde está la parte delantera ni la parte trasera…
-Nada más fácil -replicó el campesino-. Donde el caballo tiene la cola es la parte de adelante y donde está sentado su señoría es la parte de atrás.
El caballo era joven, aunque muy flaco, abierto de patas y de orejas caídas. Cuando el campesino, alzándose sobre su asiento, lo azotó con el látigo, el caballo se limitó a sacudir la cabeza; al segundo azote, acompañado de una blasfemia, el carro rechinó y empezó a temblar como si tuviera fiebre. Después del tercer azote, el carro se tambaleó; después del cuarto, se puso en marcha.
-¿Crees que llegaremos a este paso? -preguntó el agrimensor, dolorido por las fuertes sacudidas y maravillado de la habilidad que muestran los carreteros rusos para combinar la marcha a paso de tortuga con sacudidas capaces de arrancarle a uno el alma del cuerpo.
-¡Desde luego! -respondió el carretero, en tono tranquilizador-. El caballo es joven y animoso… Cuando se pone en marcha, no hay modo de detenerlo. ¡Arre-e-e, maldi-i-i-to!
Cuando el carro salió del patio de la estación empezaba a oscurecer. A la derecha del agrimensor se extendía una llanura interminable, oscura y helada. Probablemente conducía al lugar donde Cristo dio las tres voces… En el horizonte, donde la llanura se confundía con el cielo, se extinguía perezosamente el frío crepúsculo de aquella tarde otoñal. A la izquierda del camino, en la oscuridad, se divisaban unos montones que lo mismo podían ser pilas de heno del año anterior que casas rurales. El agrimensor no veía lo que había delante, pues en aquella dirección su campo visual quedaba tapado por la ancha espalda del carretero. La calma era absoluta. El frío, intensísimo. Helaba.
“¡Qué parajes más solitarios! -pensaba el agrimensor, mientras trataba de taparse las orejas con el cuello del abrigo-. Ni un solo árbol, ni una sola casa… Si por desgracia te asaltan, nadie se entera de ello, aunque dispares un cañonazo. Y el cochero no tiene un aspecto muy tranquilizador que digamos… ¡Vaya espaldas! Un tipo así te pega un trompazo y sacas el hígado por la boca. Y su cara es de lo más sospechosa…”
-Oye, amigo -le preguntó al cochero-. ¿Cómo te llamas?
-¿A mí me hablas? Me llamo Klim.
-Dime, Klim, ¿qué tal andan las cosas por aquí? ¿No hay peligro? ¿No hay quienes hagan bromas pesadas?
-No, gracias a Dios. ¿Quién va a gastar bromas en un lugar como éste?
-Me alegro de que no tengan esas aficiones. Pero, por si acaso, voy armado con tres revólveres -mintió el agrimensor-. Y, con un revólver en la mano, el que quiera buscarme las pulgas está arreglado: puedo enfrentarme con diez bandidos, ¿sabes?
La oscuridad era cada vez más intensa. De pronto el carro emitió un quejido, rechinó, tembló y dobló hacia la izquierda, como si lo hiciera de mala gana.
“¿A dónde me lleva este sinvergüenza? -pensó el agrimensor-. Íbamos en línea recta y ahora, de repente, tuerce hacia la izquierda. Sabe Dios… quizás a alguna cueva de bandoleros… y… no sería el primer caso…”
-Escucha -le dijo al campesino-. ¿De veras no son peligrosos estos parajes? ¡Qué lástima! Con lo que a mí me gusta verme las caras con los bandidos… Aquí donde me ves, con mi aspecto flaco y enfermizo, tengo la fuerza de un toro… En cierta ocasión me atacaron unos bandidos. Pues bien, lo sacudí a uno de tal modo, que ahí quedó, ¿entiendes? Y los otros, gracias a mí, fueron enviados a Siberia condenados a trabajos forzados. Ni yo mismo sé de dónde saco tanta fuerza… Tomo con una mano a un hombrón como tú… y lo volteo.
Klim miró de reojo al agrimensor, parpadeó y arreó al caballo.
-Sí, amigo -continuó el agrimensor-. Pobre del que se meta conmigo. Le arranco los brazos, las piernas y, de postre, el bandido tiene que vérselas luego con los tribunales. Todos los jefes de policía y todos los jueces me conocen. Soy un funcionario del Estado, un personaje… La Superioridad sabe que hago este viaje… y está pendiente de que nadie se meta conmigo. A lo largo del camino, detrás de los arbustos, hay soldados apostados y gendarmes apostados. ¡Para! ¡Para! -bramó súbitamente-. ¿Dónde te has metido? ¿Adónde me llevas?
-¿No tiene usted ojos? ¡Al bosque!
“Es cierto, al bosque -pensó el agrimensor-. ¡Me había asustado! Pero no me conviene que este hombre se dé cuenta de mi preocupación… Ya ha notado que tengo miedo. ¿Por qué se vuelve a mirarme tantas veces? Seguro que está tramando algo… Antes avanzaba a paso de tortuga y ahora vuela.”
-Oye, Klim, ¿por qué arreas de ese modo al caballo?
-No le he dicho nada. Se ha puesto a galopar por iniciativa suya. Cuando echa a correr, no hay modo de detenerlo… Con esas patas que tiene…
-¡Mientes, amigo! ¡Mientes! Y te aconsejo que no corras tanto. Frena un poco al caballo. ¿Me oyes? ¡Frénalo!
-¿Por qué?
-Porque… porque detrás de mí debían salir otros cuatro camaradas de la estación. Tienen que alcanzarnos… Prometieron alcanzarme en este bosque… El viaje será más entretenido con ellos… Son gente sana, fuerte… los cuatro llevan pistola… ¿Por qué te vuelves tantas veces y te agitas como si tuvieras agujas en el asiento? ¿Eh? ¡Cuidado, amigo! ¿Tengo monos en la cara? Lo único que tengo interesante son mis revólveres… Espera, voy a sacarlos y te los enseñaré… Espera…
El agrimensor fingió rebuscar en sus bolsillos; pero en aquel instante sucedió lo que nunca se hubiera imaginado, a pesar de toda su cobardía; de repente, Klim se lanzó fuera del carro y se dirigió a cuatro patas hacia la espesura del bosque lindante.
-¡Socorro! -empezó a gritar-. ¡Socorro! ¡Llévate el caballo y la carreta, maldito, pero no me condenes el alma! ¡Socorro!
Se oyeron pasos veloces que se alejaban, crujidos de ramas al quebrarse, y luego reinó el silencio. Lo primero que hizo el agrimensor, que jamás se esperaba aquella salida, fue detener el caballo. Luego se acomodó lo mejor que pudo en el carro y empezó a pensar.
“El muy imbécil ha huido, se ha asustado… Bueno, ¿y qué hago yo ahora? No puedo seguir adelante, porque no conozco el camino, y, además, podrían creer que he robado el caballo… ¿Qué hago?”
-¡Klim! ¡Klim!
-¡Klim! -le respondió el eco.
La simple idea de tener que pasar la noche en aquel oscuro bosque, al aire libre, sin más compañía que los aullidos de los lobos, el eco y los relinchos del caballo le ponían la carne de gallina.
-¡Klimito! -empezó a gritar-. ¡Querido! ¿Dónde estás, Klim?
El agrimensor se pasó unas dos horas gritando, y ya se había quedado ronco, se había hecho ya a la idea de pasar la noche en el bosque, cuando una débil ráfaga de viento llevó hasta sus oídos un lamento.
-¡Klim! ¿Eres tú, querido? ¡Acércate!
-¿No… no me matarás?
-Sólo he querido gastarte una broma, querido. ¡Te lo juro! ¡No llevo ningún revólver, créeme! ¡Te he mentido por miedo! ¡Vámonos, por favor! ¡Me estoy helando!
Klim comprendió que si el agrimensor hubiera sido un bandido, como había temido, se habría marchado con el caballo y el carro sin esperar a más. Salió de su escondrijo y se dirigió hacia el vehículo con paso vacilante.
-¡Vamos! -exclamó el agrimensor-. ¡Sube! Te he gastado una broma inocente y te has asustado como un niño.
-¡Dios te perdone! -gruñó Klim, subiendo a la carreta-. Si llego a imaginármelo, no te hubiera llevado ni por cien rublos de plata. Por poco me muero de miedo…
Klim azotó el caballo. El carro tembló. Klim azotó al animal por segunda vez y el vehículo se tambaleó. Después del cuarto azote, cuando el carro se puso en marcha, el agrimensor se tapó las orejas con el cuello del abrigo y se quedó pensativo. Ni el camino ni Klim le parecían ya peligrosos.
Una carta escrita por Tolstoi seis meses después de su matrimonio a la hermana más joven de su esposa, la Natacha de Guerra y Paz. En las primeras líneas, la letra es de su mujer, en el resto la suya propia.
21 de marzo de 1863
¿Por qué te has vuelto tan fría, Tania? Ya no me escribes, y me gusta tanto saber de ti… Aún no has contestado a la alocada carta de Levochka (Tolstoi), de la que no entendí una palabra.
23 de marzo
Aquí ella empezó a escribir y de pronto dejó de hacerlo, porque no pudo seguir. ¿Sabes por qué, querida Tania? Le ha ocurrido algo extraordinario, aunque no tanto como a mí. Como ya sabes, al igual que el resto de nosotros, siempre estuvo constituida de carne y hueso, con todas las ventajas y desventajas inherentes a esta condición: respiraba, era tibia y a veces caliente, se sonaba la nariz (¡y de qué modo!) y, lo más importante, tenía control sobre sus extremidades, las cuales -brazos y piernas- podían asumir diferentes posiciones. En una palabra, su cuerpo era como el de cualquiera de nosotros. De pronto, el día 21 de marzo, a las diez de la noche, nos sucedió algo extraordinario a ella y a mí. ¡Tania! Sé que siempre la has querido (no sé qué sentimiento despertará ahora en ti), sé que sientes un afectuoso interés por mí y conozco tu razonable y sano punto de vista sobre los hechos importantes de la vida; además, amas a tus padres (por favor, prepáralos e infórmales de lo sucedido), es por esto que te escribo, para contarte cómo ocurrió.
Aquel día me levanté temprano, paseé mucho rato a pie y a caballo. Almorzamos y comimos juntos, después leímos (aún podía hacerlo) y yo me sentía tranquilo y feliz. A las diez le di las buenas noches a la tía (Sonia estaba como siempre y me dijo que pronto se reuniría conmigo) y me fui a la cama. A través de mi sueño la oí abrir la puerta, respirar mientras se desvestía, salir de detrás del biombo y acercarse a la cama. Abrí los ojos y vi -no a la Sonia que tú y yo conocíamos-, ¡sino a una Sonia de porcelana! Hecha de esa misma porcelana que provocó una discusión entre tus padres. Ya sabes, una de esas muñecas con desnudos hombros fríos y cuello y brazos inclinados hacia adelante, pero hechos con el mismo material que el cuerpo. Tienen el cabello pintado de negro y arreglado en largas ondas con la pintura que desaparece en la parte superior, protuberantes ojos de porcelana que son demasiado grandes y que también están pintados de negro en los bordes. Los rígidos pliegues de porcelana de sus faldas forman una sola pieza junto con el resto. ¡Y Sonia era así! Le toqué el brazo; era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Pensé que estaba dormido y me pellizqué, pero ella no cambió y se mantuvo inmóvil frente a mí.
Le dije:
-¿Eres de porcelana?
Y sin abrir la boca (que permaneció como estaba con sus labios curvos pintados de rojo brillante), replicó:
-Sí, soy de porcelana.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré sus piernas: también eran de porcelana y (ya puedes imaginarte mi horror) estaban fijas en un pedestal de la misma materia, que representaba el suelo y estaba pintado de verde para simular un prado. Cerca de su pierna izquierda, un poco más arriba, detrás de la rodilla, había una columna de porcelana, pintada de marrón, que probablemente pretendía ser el tronco de un árbol. También formaba parte de la misma pieza que la contenía a ella. Comprendí que sin ese apoyo no podría permanecer erguida y me puse muy triste; tú, que la querías tanto, ya te puedes imaginar mi pena. No podía creer lo que estaba viendo y empecé a llamarla. Le era imposible moverse sin el tronco y su base; giró un poco (junto con la base) para inclinarse hacia mí. Pude oír el pedestal batiendo contra el suelo. Volví a tocarla, era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Traté de levantarle la mano, pero no pude; traté de pasar un dedo, siquiera la uña entre su codo y su cadera, pero no lo logré. El obstáculo lo formaba la misma masa de porcelana, esa materia con la que en Auerbach hacen las salseras. Empecé a examinar su camisa, formaba parte del cuerpo, tanto arriba como abajo. La miré desde más cerca y vi que tenía una punta rota y que se había puesto marrón. La pintura en la parte superior de la cabeza había caído y se veía una manchita blanca. También había saltado un poco de pintura de un labio y uno de los hombres mostraba una pequeña raspadura. Pero estaba todo tan bien hecho, tan natural, que aún seguía siendo nuestra Sonia. La camisa era la que yo le conocía, con encajes; llevaba el pelo recogido en un moño, pero de porcelana y sus manos delicadas y grandes ojos, al igual que los labios, eran los mismos, pero de porcelana. El hoyuelo en su barbilla y los pequeños huesos salientes bajo sus hombros estaban allí también, pero de porcelana. Sentía una terrible confusión y no sabía qué decir ni qué pensar. Ella me habría ayudado gustosa, pero, ¿qué podía hacer una criatura de porcelana? Los ojos entornados, las cejas y las pestañas, a cierta distancia, parecían llenos de vida. No me miraba a mí, sino a la cama. Quería acostarse y daba vueltas en su pedestal continuamente. Casi perdí el control de mis nervios; la levanté y traté de llevarla hasta el lecho. Mis dedos no dejaron huella en su frío cuerpo de porcelana y lo que me dejó más sorprendido es que era ligera como una pluma. De repente, pareció encogerse y volverse muy pequeña, más diminuta que la palma de mi mano, aunque su aspecto no varió. Tomé una almohada y la puse en un extremo, hice un hueco en el otro con mi puño y la coloqué allí, para luego doblar su gorro de dormir en cuatro y cubrirla hasta la cabeza con él. Continuó inmóvil. Apagué la vela y súbitamente oí su voz desde la almohada:
-Leva, ¿por qué me he vuelto de porcelana?
No supe qué contestar, y ella repitió:
-¿Cambiará algo entre nosotros el que yo sea de porcelana?
No quise apenarla y respondí que no. Volví a tocarla en la oscuridad; estaba quieta como antes, fría y de porcelana. Su estómago seguía siendo el mismo que en vida, sobresalía un poco, hecho poco natural para una muñeca de porcelana. Entonces experimenté un extraño sentimiento. Me pareció agradable que hubiese adquirido aquel estado y ya no me sentí sorprendido. Ahora todo resultaba natural. La levanté, me la pasé de una mano a la otra para abrigarla bajo mi cabeza. Le gustó. Nos dormimos. Por la mañana me levanté y salí sin mirarla. Todo lo sucedido el día anterior me parecía demasiado terrible. Cuando regresé a la hora de comer, había recuperado su estado normal, pero no le recordé su transformación, temiendo apenarlas a ella y a la tía. Sólo te lo he contado a ti. Creí que todo había pasado, pero cada día, al quedarnos solos, ocurre lo mismo. De pronto se convierte en un minúsculo ser de porcelana. En presencia de los demás continúa igual que antes. No se siente abatida por ello, ni tampoco yo. Por extraño que pueda parecerte, confieso con franqueza que me alegro, y aun pese a su condición de porcelana, somos muy felices.
Te escribo todo esto, querida Tania, para que prepares a sus padres para la noticia y para que papá investigue con los médicos el significado de esta transformación y si no puede ser perjudicial para el niño que esperamos. Ahora estamos solos, está sentada bajo mi corbata de lazo y siento cómo su nariz puntiaguda me rasca el cuello. Ayer la dejé sola en una habitación y al entrar vi que «Dora», nuestra perrita, la había arrastrado hasta una esquina y jugaba con ella. Estuvo a punto de romperla. Le pegué a «Dora», metí a Sonia en el bolsillo de mi chaleco y la conduje a mi estudio. Ahora estoy esperando de Tula una cajita de madera que he encargado, cubierta de tafilete en el exterior y con el interior forrado de terciopelo frambuesa, con un espacio arreglado para que pueda ser llevada con los codos, cabeza y espalda dispuestos de tal modo que no pueda romperse. La cubriré también totalmente de gamuza.
Estaba escribiendo esta carta cuando ha ocurrido una terrible desgracia. Ella estaba sobre la mesa cuando Natalia Petrovna la ha empujado al pasar. Ha caído al suelo y se ha roto una pierna por encima de la rodilla, y el tronco. Alex dice que puede arreglarse con un pegamento a base de clara de huevo. Si tal receta se conoce en Moscú, envíamela, por favor.
«Cuando yo era estudiante en Moscú, habitaba en la misma casa que yo una de “esas señoras”. Era polaca y se llamaba Teresa. Una morenaza muy alta, de cejas negras y unidas y cara grande y ordinaria que parecía tallada a hachazos. Me inspiraba horror por el brillo bestial de sus ojos oscuros, por su voz varonil, por sus maneras de cochero, por su corpachón de vendedora del mercado.
Yo vivía en la buhardilla, y su cuarto estaba frente al mío. Nunca abría la puerta cuando sabía que ella estaba en casa, lo que, naturalmente, ocurría muy raras veces. A menudo se cruzaba conmigo en la escalera o en el portal y me dirigía una sonrisa que se me antojaba maligna y cínica. Con frecuencia la veía borracha, con los ojos huraños y los cabellos en desorden, sonriendo de un modo repugnante. Entonces solía decirme:
-¡Salud, señor estudiante!
Y se reía estúpidamente, acrecentando mi aversión hacia ella. Yo me hubiera mudado de casa con tal de no tenerla por vecina; pero mi cuartito era tan mono y con tan buenas vistas, y la calle tan apacible, que yo no acababa de decidirme a la mudanza.
Una mañana, estando aún acostado y esforzándome en encontrar razones para no ir a la Universidad, la puerta se abrió de repente, y aquella antipática Teresa gritó desde el umbral con su bronca voz:
-¡Salud, señor estudiante!
-¿En qué puedo servir a usted? -le pregunté.
Observé en su rostro una expresión confusa, casi suplicante, que yo no estaba acostumbrado a ver en él.
-Mire usted, señor… Yo quisiera pedirle un favor… Espero que no me lo negará usted.
Seguí acostado y guardé silencio. Pensé: “Se vale de un subterfugio para atentar contra mi castidad, no cabe duda. ¡Firmeza, Egor!”
-Mire usted, necesito escribir una carta… a mi tierra -dijo con acento extremadamente tímido, suave y suplicante.
“Bueno -pensé-; si no es más que eso, ¿por qué no?”
Me levanté, me senté ante la mesa, cogí papel y pluma y le dije:
-Siéntese usted y dícteme.
Avanzó, se sentó llena de embarazo, y me miró con aire confuso.
-Bueno; ¿cuál es la dirección?
-Señor Boleslav Kachput, en Sventiani, camino de hierro de Varsovia…
-¿Quiere usted decirme lo que he de escribir?
-Escriba usted: “Mi querido Boles… corazón mío… mi fiel enamorado… ¡que la Santísima Virgen te proteja!… Tesoro mío, ¿por qué no has escrito desde hace tiempo a tu palomita Teresa, que está muy triste?”
Me costó gran trabajo contener la risa; aquella “palomita” tenía cerca de dos metros y medio de estatura y unos puños enormes, y era tan sucia, que parecía haber pasado la vida limpiando chimeneas sin lavarse nunca. Logré permanecer serio, y le pregunté:
-¿Quién es ese Bole?
-¡Boles, señor estudiante! -rectificó, visiblemente contrariada por mi deformación del nombre- Boles es mi novio.
-¡Novio de usted!
-¿Por qué, señor estudiante, se muestra tan asombrado? ¿Acaso yo, una muchacha, no puedo tener novio?
¡Ella una muchacha!
-¿Por qué no? Todo es posible. ¿Hace mucho tiempo que son ustedes novios?
-Más de cinco años.
-¡Caramba! -me dije.
En fin, acabé de escribirle la carta. Una carta tan tierna, tan amorosa, que yo hubiera con gusto ocupado el lugar de Boles si su corresponsal no hubiese sido Teresa, sino otra mujer de menores dimensiones.
-¡Se lo agradezco a usted de todo corazón, señor estudiante! Me ha prestado usted un gran servicio -me dijo Teresa saludándome-. ¿No podría yo, en pago, prestarle a usted otro a mi vez?
-No; se lo agradezco.
-¿No necesita el señor estudiante que le remienden la camisa o los pantalones?
Aquel mastodonte con faldas me puso colorado, permitiéndose tal suposición.
Nada suavemente, le contesté que no tenía necesidad de sus servicios.
Y se marchó.
Pasaron quince días. Una tarde estaba yo sentado junto a la ventana, pensando en el modo de abstraerme de mi propia persona. Me aburría terriblemente. Hacía mal tiempo; yo no tenía ganas de ir a ninguna parte, y me entregaba al autoanálisis. Esto no era muy divertido; pero yo estaba tan sin ánimos…
De pronto, la puerta se abrió; por fin llegaba alguien.
-¿El señor estudiante no tiene ninguna ocupación urgente?
Era Teresa… ¡Diablo!
-No. ¿Por qué?
-Yo le agradecería al señor estudiante que me escribiera otra carta.
-Estoy a su disposición de usted. ¿La carta es para Boles?
-No; hoy es de él.
-¿Cómo?
-¡Qué estúpida soy! Me he explicado muy mal. Hoy no se trata de escribirme una carta a mí, sino a una amiga… Es decir, no a una amiga, sino… a un joven… No sabe escribir y tiene una novia… Se llama como yo: Teresa… ¿Ha comprendido usted?… Tendrá la amabilidad de escribirle una carta a la otra Teresa…
La miré; parecía llena de confusión; sus dedos temblaban… A pesar de lo embrollado de sus palabras, empecé a adivinar…
-Escúcheme, señora -le dije-: los Boles y las Teresas sólo existen en su imaginación de usted. Ha inventado usted esas mentiras para hacerme caer en su trampa. Pero usted se engaña. No tengo maldita la gana de entrar en relaciones con usted. ¿Me entiende?
Pareció de pronto extrañamente temerosa y confusa, y empezó a mover de un modo grotesco los labios, queriendo decir algo, pero sin decir nada. Yo la contemplaba, y pensaba que, a lo que parecía, me había equivocado un poco al atribuirle la intención de hacerme abandonar el camino de la virtud y que debía de ser otro su objeto.
-¡Señor estudiante!… -comenzó.
Pero no pudo terminar; de un modo repentino, brusco y como desesperado volvió la espalda y se marchó.
Yo me quedé de muy mal humor. Tras una corta reflexión, me decidí a ir a su cuarto para invitarla a volver al mío. Estaba dispuesto a escribirle todo lo que quisiera.
Al entrar en su cuarto, vi que estaba sentada junto a su mesa y con la cabeza entre las manos.
-¡Oiga usted! -le dije.
Siempre, cuando llego a este punto de mi narración, me asombro de mi estupidez… ¡Fue aquello tan tonto!
-¡Oiga usted! -le dije.
Se levantó bruscamente, se dirigió hacia mí, con los ojos brillantes; apoyó sus manos en mis hombros, y empezó a murmurar, o, mejor dicho, a tronar con su bronca voz:
-¡Bueno! Supongamos que no hay, en efecto, ningún Boles… Que Teresa tampoco existe… ¿Qué le importa a usted? ¿Le cuesta tanto trabajo escribir unas cuantas líneas? Debía darle vergüenza… Tan joven, tan blanco. ¡Sí; no hay ni Boles ni Teresa, sépalo usted! No hay más que yo… ¿Estamos?
-Permítame usted -le pregunté, estupefacto por sus palabras-. ¿De qué se trata entonces? ¿No hay ningún Boles?
-¡No!
-¿Y ninguna Teresa?
-Ninguna Teresa tampoco. Teresa soy yo.
Yo no comprendía ni una palabra. La miré atónito y me pregunté cuál de los dos se había vuelto loco.
Mi vecina se acercó de nuevo a la mesa, buscó en ella algo y después se dirigió hacia mí y me dijo con tono de enojo:
-¡Si ha sido para usted tan molesto escribirle la carta a Boles, tómela, llévesela si quiere. Ya encontraré otros señores que se presten gustosos a escribirme cartas.
Y vi que me alargaba la que yo le había escrito a Boles. ¡Demontre!
-Oiga usted, Teresa. ¿Qué significa esto? ¿Para qué quiere usted pedirle a los demás que le escriban cartas cuando ni siquiera ha echado ésa al correo?
-¿Pero a quién quiere usted que se la remita?
-¡A ese… a Boles!
-¡Pero si no existe!
¡Decididamente, yo no comprendía una palabra!
No me quedaba más que irme. Y lo hubiera hecho al punto de no haberse empeñado ella en explicarse.
-¿Qué? -dijo enojada-. Ya le digo a usted que Boles no existe…
Y se pintó en su rostro una gran extrañeza de que no existiera.
-Sin embargo, debía existir. ¿No soy yo un ser humano como los demás? Claro que soy… En fin, ya sé lo que soy; pero no le hago daño a nadie si le escribo…
-Perdone usted. ¿A quién?
-¡Toma, a Boles!
-¡Pero si no existe!
-¡Jesús, María! ¿Qué importa que no exista? Yo me lo imagino. Le escribo y me figuro que existe en realidad. Teresa soy yo; él me contesta… y luego, a mi vez le contesto yo…
Entonces comprendí.
¡Me dio una vergüenza, experimenté un dolor, una pena! ¡Junto a mí, a tres pasos de mi puerta, vivía una mujer a quien nadie en el mundo le había dado muestras de afecto, y se había inventado un amigo!
-Mire usted -continuó-, usted me ha escrito una carta para Boles, yo se la doy a leer a otros, y cuando les oigo leérmela, me hago la ilusión de que Boles, en efecto, existe. Después suplico que me escriban una carta de Boles para Teresa, es decir, para mí. Y cuando me leen esta carta, no me cabe ya duda de que existe Boles, lo cual me hace la vida más llevadera.
-¡Diablo! ¡Vaya una historia! -me dije.
En fin, a partir de aquel día, comencé a escribir puntualmente dos veces por semana cartas a Boles y respuestas de éste a Teresa, que escuchaba ella llorando de emoción o más bien aullando broncamente. En pago de las lágrimas que le arrancaban las respuestas del Boles imaginario, me zurcía gratis los calcetines, las camisas y otras prendas.
A los tres meses, la metieron en la cárcel, no sé con qué motivo. Probablemente se habrá muerto ya…»
El narrador sopló la ceniza del cigarrillo, miró pensativamente al cielo, y concluyó:
«Si, así sucede… Cuando más le persigue el destino, más ávidamente busca el hombre la felicidad. Pero nosotros no nos percatamos de ello, porque nuestros corazones están blindados por virtudes vetustas y lo vemos todo al través de la niebla que pone en nuestros ojos el contento de nosotros mismos, la convicción estúpida de nuestra impecabilidad…»
Tras una breve pausa, agregó:
«En fin, todo esto es estúpido y cruel. Se habla de los hombres encenagados. ¿Qué son los hombres encenagados? Ante todo, son seres humanos, con los mismos huesos, la misma sangre y los mismos nervios que nosotros. Y se nos habla de los hombres encenagados todos los días, desde hace siglos. Nosotros escuchamos y… no ¡es demasiado imbécil! En realidad, nosotros somos también hombres encenagados, caídos muy bajo, caídos en el fondo de nuestra convicción errónea de que nuestros nervios y nuestros cerebros son superiores a los de los demás, cuando toda nuestra superioridad consiste en que somos más cucos y sabemos hacernos los buenos mejor que los demás…
Pero basta de filosofías. Todo esto es tan sabido que da vergüenza hablar de ello.»
De pronto se giró porque creía escuchar pasos tras él. La calle solitaria aparecía desierta. De nuevo se volvió; nadie. Sintió miedo. Apretó el paso. Entonces le golpearon en la cabeza, cayó al suelo, y antes de morir vio cómo el humano al que debía custodiar le arrancaba las alas estremecidas.
Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sala, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.
—¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.
—Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
—Nada —dijo él—. Hola, Paula.
—Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invita Carl.
—No creo que pueda ir —dijo Myers.
—Carl me acaba de decir: llama a tu hombre por teléfono. Haz que se venga a tomar una copa. Hazle salir de su torre de marfil, que regrese al mundo real durante un rato. Carl es un tipo curioso cuando bebe. ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers.
Myers había trabajado para Carl. Carl siempre hablaba de irse a París a escribir una novela, y cuando Myers dejó el trabajo para escribir una novela, Carl le dijo que estaría atento para cuando apareciera el nombre de Myers en las listas de best sellers.
—No puedo ir —dijo Myers.
—Nos hemos enterado de algo horrible esta mañana —continuó Paula como si no le hubiera oído—. ¿Te acuerdas de Larry Gudinas? Aún trabajaba aquí cuando tú venías por la oficina. Estuvo echando una mano en los libros de ciencia durante un tiempo. Luego lo pusieron en trabajo de campo, y luego lo despidieron. Nos hemos enterado esta mañana de que se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en la boca. ¿Te imaginas? ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers. Trató de recordar a Larry Gudinas y visualizó a un hombre alto y encorvado, con gafas de montura metálica, llamativas corbatas y unas entradas imparables.
Imaginó la sacudida, el brinco de la cabeza hacia atrás.
—Caramba —dijo Myers—. Lo siento.
—Vente a la oficina, ¿me oyes, cariño? —dijo Paula—. Estamos todos charlando y tomando una copa; escuchamos canciones navideñas. Venga, ven —dijo.
Myers, al otro lado de la línea, oía todo lo que le decía Paula.
—No me apetece —dijo—. ¿Paula? —Vio unos cuantos copos de nieve que se desplazaban de lado a lado de la ventana. Pasó los dedos por el cristal, y luego, mientras esperaba, se puso a escribir su nombre en él.
—¿Qué? Sí, te he oído —dijo ella—. Está bien —dijo Paula—. ¿Por qué no nos vemos en Voyles y tomamos una copa, entonces? ¿Myers?
—De acuerdo —dijo él—. En Voyles. De acuerdo.
—Todo el mundo se va a sentir decepcionado al ver que no vienes —dijo ella—. En especial Carl. Carl te admira, ¿sabes? Te admira de veras. Me lo ha dicho. Admira tu valor. Me dijo que si tuviera tu valor habría dejado todo esto hace años. Que hace falta valor para hacer lo que hiciste. ¿Myers?
—Estoy aquí —dijo Myers—. Creo que podré poner el coche en marcha. Si no consigo ponerlo en marcha, te doy un telefonazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Quedamos en Voyles. Si no me llamas, salgo en cinco minutos.
—Saluda a Carl de mi parte —dijo Myers.
—Lo haré —dijo Paula—. Está hablando de ti.
Myers guardó la aspiradora. Bajó los dos tramos de escaleras y fue hasta su coche, que ocupaba la plaza del fondo y estaba cubierto de nieve. Se puso al volante, apretó unas cuantas veces el pedal y dio a la llave de contacto. El motor arrancó. Siguió pisando a fondo.
Durante el trayecto miró a la gente que se apresuraba por las aceras cargadas de paquetes. Echó una ojeada al cielo gris, lleno de copos de nieve, y a los altos edificios que tenían nieve en las grietas y en los derrames de las ventanas. Trató de captarlo todo con los ojos, de retenerlo para más tarde. Acababa de terminar una historia y aún no había dado comienzo a la siguiente, y se sentía despreciable. Llegó a Voyles, un pequeño bar situado en una esquina, junto a una tienda de ropa de hombre. Aparcó en la parte de atrás y entró en el bar. Se sentó un rato a la barra y luego cogió su bebida y fue a sentarse a una mesita, al lado de la puerta.
Cuando Paula entró en el bar y dijo «Feliz Navidad», él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.
—¿Un escocés? —dijo.
—Un escocés —dijo ella. Y luego, a la chica que vino a atenderles—: Un escocés con hielo.
Paula cogió y apuró el vaso de Myers.
—Tráigame otro a mí también —le dijo Myers a la chica—. No me gusta este bar —dijo luego, cuando la chica se hubo ido.
—¿Qué tiene de malo este bar? —dijo Paula—. Siempre venimos aquí.
—No me gusta, eso es todo —dijo él—. Nos tomamos la copa y nos vamos a otra parte.
—Como quieras —dijo ella.
La chica se acercó con las bebidas. Myers pagó. Brindaron. Myers la miraba fijamente.
—Carl te manda saludos —dijo ella.
Myers asintió con la cabeza.
Paula bebió unos sorbos de whisky.
—¿Cómo te ha ido el día?
Myers se encogió de hombros.
—¿Qué has hecho? —dijo ella.
—Nada —dijo él—. He pasado la aspiradora.
Paula le tocó la mano.
—Todo el mundo me ha dicho que te salude de su parte.
Se terminaron el whisky.
—Tengo una idea —dijo ella—. ¿Por qué no pasamos un rato a ver a los Morgan? Todavía no los conocemos, santo cielo, y ya hace meses que han vuelto. Podríamos pasar por su casa a saludarles: «Hola, somos los Myers». Además nos mandaron una postal. Nos decían que pasáramos a verlos en vacaciones. Nos invitaron. No quiero ir a casa —dijo por último, y buscó un cigarrillo en su bolso.
Myers recordó haber encendido la estufa y apagado las luces antes de salir. Y luego pensó en los copos de nieve que cruzaban despacio por la ventana.
—¿Y qué me dices de aquella carta insultante diciéndonos que les habían contado que teníamos un gato en la casa? —dijo Myers.
—Se habrán olvidado ya del asunto —dijo ella—. De todos modos, no era nada grave. ¡Oh, venga, Myers! Vamos a hacerles una visita.
—Antes tendríamos que llamar… en caso de que lo hiciéramos —dijo él.
—No —dijo ella—. Es parte del juego. Vayamos sin llamar. Llegamos y llamamos a la puerta y decimos: «Hola, vivíamos aquí». ¿De acuerdo, Myers?
—Creo que antes deberíamos llamar.
—Son vacaciones —dijo ella, levantándose—. Venga, querido.
Le cogió del brazo y salieron a la nieve. Sugirió ir en su coche. El de Myers lo recogerían luego. Myers le abrió la portezuela del conductor y dio la vuelta al coche para ocupar el otro asiento.
Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.
Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers.
—Oh, Dios —dijo él, agachándose, reculando, levantando las manos. Resbaló, con los faldones del abrigo ondeando al aire, y cayó sobre el césped helado con la certeza aferradora de que el animal arremetería contra su garganta. El perro gruñó una vez y se puso a olisquearle el abrigo.
Paula cogió un puñado de nieve y lo lanzó contra el perro. La luz del porche se encendió, se abrió la puerta y un hombre gritó:
—¡Buzzy!
Myers se levantó del suelo y se sacudió la nieve de la ropa.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre desde el umbral—. ¿Quién es? Buzzy, ven aquí, muchacho. ¡Ven aquí!
—Somos los Myers —dijo Paula—. Venimos a desearles feliz Navidad.
—¿Los Myers? —dijo el hombre del umbral—. ¡Fuera de aquí, Buzzy! Vete al garaje. ¡Vamos, vamos! Son los Myers —le dijo luego a la mujer que estaba a su espalda tratando de mirar por encima de su hombro.
—Los Myers —dijo la mujer—. Bueno, diles que pasen. Invítales a pasar, por el amor de Dios. —Salió al porche y dijo—: Entren, por favor. Hace un frío que pela. Soy Hilda Morgan, y éste es Edgar. Mucho gusto en conocerles. Entren, por favor.
Se dieron un rápido apretón de manos en el porche. Myers y Paula pasaron al interior y Morgan cerró la puerta.
—Déjenme los abrigos. Quítenselos, por favor —dijo Edgar Morgan—. ¿Está usted bien? —le dijo a Myers, mirándole atentamente. Myers asintió con la cabeza—. Sabía que ese perro estaba loco, pero nunca había hecho nada parecido. Lo he visto todo. Estaba mirando por la ventana en ese preciso instante.
El comentario le sonó extraño a Myers, y miró al dueño de la casa. Edgar Morgan era un cuarentón casi calvo del todo; llevaba unos pantalones y un suéter, y unas zapatillas de piel.
—Se llama Buzzy —declaró Hilda Morgan, e hizo una mueca—. Es el perro de Edgar. Yo me niego a tener un perro en casa, pero Edgar compró este animal y prometió tenerlo siempre fuera.
—Duerme en el garaje —dijo Edgar Morgan—. No hace más que pedir que le dejen entrar, pero no podemos permitírselo, ya entienden. —Morgan soltó una risita—. Pero siéntense, siéntense. Si es que encuentran dónde en todo este desorden. Hilda, cariño, quita alguna cosa del sofá para que Mr. y Mrs. Myers puedan sentarse.
Hilda Morgan retiró del sofá paquetes, papeles de envolver, unas tijeras, una caja de cintas, lazos… Lo puso todo en el suelo.
Myers reparó en que Morgan le miraba de nuevo fijamente, y esta vez sin sonreír.
Paula dijo:
—Myers, tienes algo en el pelo, cariño.
Myers se pasó la mano por detrás de la cabeza y se quitó una ramita y se la metió en el bolsillo.
—Ese perro… —dijo Morgan, y volvió a reír—. Estábamos tomándonos un ponche caliente y envolviendo unos regalos de última hora. ¿Quieren que hagamos un brindis por las fiestas? ¿Qué quieren tomar?
—Cualquier cosa —dijo Paula.
—Cualquier cosa —dijo Myers—. No quisiéramos molestar.
—Tonterías —dijo Morgan—. Sentíamos… mucha curiosidad por ustedes, los Myers. ¿Tomará un ponche, Mr. Myers?
—Muy bien —dijo Myers.
—¿Y Mrs. Myers? —dijo Morgan.
Paula asintió con la cabeza.
—Dos ponches, entonces —dijo Morgan—. Cariño, nosotros también ¿verdad? —le dijo a su mujer—. La ocasión lo exige.
Cogió la taza de su esposa y fue a la cocina. Myers oyó cerrarse de golpe la puerta de un armario y luego una palabra ahogada que sonó como un juramento. Myers pestañeó. Miró a Hilda Morgan, que se estaba acomodando en una silla, a un costado del sofá.
—Siéntense aquí, los dos —dijo Hilda Morgan. Dio unos golpecitos en el brazo del sofá—. Aquí, junto al fuego. Mr. Morgan lo atizará en cuanto vuelva. —Se sentaron. Hilda Morgan enlazó las manos sobre el regazo y se inclinó un poco hacia adelante, estudiando la cara de Myers.
La sala seguía como Myers la recordaba, con excepción de tres pequeñas litografías enmarcadas que colgaban de la pared, a espaldas de Mrs. Morgan. En una de ellas, un hombre con levita y chaleco se tocaba ligeramente el sombrero delante de unas señoritas con sombrillas. Eso ocurría en un lugar con gran afluencia de gente y caballos y carruajes.
—¿Qué les pareció Alemania? —dijo Paula. Estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso sobre las rodillas.
—Nos encantó Alemania —dijo Edgar Morgan, que volvía en aquel momento de la cocina con una bandeja con cuatro grandes tazas. Myers reconoció las tazas.
—¿Ha estado usted en Alemania, Mrs. Myers? —preguntó Morgan.
—Queremos ir —dijo Paula—. ¿No es cierto, Myers? Quizá el año que viene, el verano que viene. O el otro. En cuanto vayamos algo más sobrados de dinero. Quizás en cuanto Myers venda algo. Myers escribe.
—Pienso que un viaje a Europa le vendría muy bien a un escritor —dijo Edgar Morgan. Puso las tazas sobre unos posavasos—. Por favor, sírvanse. —Se sentó en una silla, enfrente de su esposa, y miró a Myers—. Decía en la carta que había dejado su empleo para escribir.
—Cierto —dijo Myers, y bebió un sorbo de ponche.
—Escribe algo casi todos los días —dijo Paula.
—¿De veras? —dijo Morgan—. Sorprendente. ¿Y qué ha escrito hoy, si me permite la pregunta?
—Nada —dijo Myers.
—Estamos en fiestas —dijo Paula.
—Estará orgullosa de él, Mrs. Myers —dijo Hilda Morgan.
—Lo estoy —dijo Paula.
—Me alegro por usted —dijo Hilda Morgan.
—El otro día oí algo que quizá pueda interesarle —dijo Edgar Morgan. Sacó tabaco y empezó a llenar la pipa. Myers encendió un cigarrillo y miró a su alrededor en busca de un cenicero; luego dejó caer la cerilla detrás del sofá.
—Es una historia horrible, en realidad. Pero tal vez le sirva, Mr. Myers. —Morgan encendió una cerilla y se dio fuego a la pipa—. El granito de arena y todo eso, ya sabe —dijo Morgan, y se echó a reír y sacudió la cerilla—. El tipo era de mi edad, poco más o menos. Durante un par de años fue colega mío. Nos conocíamos un poco, y teníamos buenos amigos comunes. Un día se marchó, aceptó un puesto allá en la universidad del estado. Bien, ya sabe lo que sucede a veces… El tipo tuvo un idilio con una de sus alumnas.
Mrs. Morgan emitió un ruido de desaprobación con la lengua. Cogió un pequeño paquete envuelto en papel verde y se puso a pegarle encima un lazo rojo.
—Según se cuenta, fue un idilio ardiente que duró varios meses —siguió Morgan—. Hasta hace muy poco, de hecho. Hasta la semana pasada, para ser exactos. Esa noche le comunicó a su esposa, con la que llevaba veinte años, que quería el divorcio. Imagine cómo se lo tuvo que tomar la pobre mujer, al oír aquello de buenas a primeras, como quien dice. Se organizó una buena trifulca. Metió baza toda la familia. La mujer le ordenó que se fuera inmediatamente. Pero cuando el hombre estaba a punto de irse, su hijo le tiró una lata de sopa de tomate que le alcanzó en la frente. El golpe le produjo una conmoción cerebral, y le mandaron al hospital. Y su estado es grave.
Morgan dio unas chupadas a su pipa y observó a Myers.
—Jamás había oído nada parecido —dijo Mrs. Morgan—. Edgar, es repugnante.
—Es horrible —dijo Paula.
Myers se sonrió burlonamente.
—Ahí tiene materia para un cuento, Mr. Myers —dijo Morgan, captando su sonrisa y entrecerrando los ojos—. Piense en la historia que podría usted urdir si lograra penetrar en la cabeza de ese hombre.
—O en la de ella —dijo Mrs. Morgan—. En la de la mujer. Piense en suhistoria. Ser engañada de tal modo después de veinte años de matrimonio. Piense en cómo se tuvo que sentir.
—Pero imaginen por lo que está pasando el pobre chico —dijo Paula—. Imagínenlo. Un hijo que por poco mata a su padre.
—Sí, todo eso es cierto —dijo Morgan—. Pero hay algo a lo que creo que ninguno ha prestado atención. Piensen un momento en lo que voy a decir. ¿Me escucha, Mr. Myers? Dígame lo que opina de esto. Póngase en el lugar de esa alumna de dieciocho años que se enamora de un hombre casado. Piense en ellaunos instantes, y verá las posibilidades que tiene esa historia.
Morgan asintió con la cabeza y se echó hacia atrás en la silla con expresión satisfecha.
—Me temo que no siento por ella la menor simpatía —dijo Mrs. Morgan—. Imagino la clase de chica que es. Ya sabemos cómo son, esas jovencitas que echan el anzuelo a hombres mayores. Y él tampoco me inspira ninguna simpatía. Él, el hombre, el don Juan; no, ninguna simpatía. Me temo que mis simpatías, en este caso, son todas para la mujer y el hijo.
—Haría falta un Tolstoi para contar la historia, para contarla bien —dijo Morgan—. Un Tolstoi, ni más ni menos. El ponche aún está caliente, Mr. Myers.
—Tenemos que irnos —dijo Myers.
Se levantó y tiró la colilla al fuego.
—No se vayan todavía —dijo Mrs. Morgan—. Aún no hemos tenido tiempo de conocernos. No saben cuánto hemos… especulado acerca de ustedes. Ahora nos hemos reunido al fin. Quédense un rato más. Ha sido una sorpresa agradable.
—Le agradecemos la postal y la nota —dijo Paula.
—¿La postal? —dijo Mr. Morgan.
Myers tomó asiento.
—Nosotros decidimos no mandar ninguna postal este año —dijo Paula—. No me puse cuando debía, y nos pareció que no valía la pena hacerlo en el último momento.
—¿Tomará otro ponche, Mrs. Myers? —dijo Morgan, de pie ante ella, con la mano en su taza—. Servirá de ejemplo para su esposo.
—Estaba muy bueno —dijo Paula—. Hace entrar en calor.
—Muy bien —dijo Morgan—. Te hace entrar en calor. Exacto. Cariño, ¿has oído a Mrs. Myers? Te hace entrar en calor. Estupendo. ¿Mr. Myers? —dijo Morgan, y aguardó—. ¿Nos acompañará también?
—De acuerdo —dijo Myers, y dejó que Morgan recogiera su taza.
El perro empezó a gimotear y a arañar la puerta.
—Ese perro… No sé qué mosca le ha picado —dijo Morgan. Fue a la cocina, y esta vez Myers oyó claramente cómo Morgan maldecía al dar con la olla de hervir el agua contra uno de los quemadores.
Mrs. Morgan se puso a tararear una melodía. Cogió un paquete a medio envolver, cortó un trozo de cinta adhesiva y empezó a pegar el envoltorio.
Myers encendió un cigarrillo. Dejó la cerilla en su posavasos. Miró el reloj.
Mrs. Morgan levantó la cabeza.
—Me parece que están cantando —dijo. Se quedó quieta, escuchando. Se levantó de la silla y fue hasta la ventana de la sala—. ¡Están cantando! ¡Edgar! —llamó.
Myers y Paula se acercaron a la ventana.
—Llevo años sin ver a esos grupos que cantan villancicos —dijo Mrs. Morgan.
—¿Qué pasa? —dijo Morgan. Traía la bandeja con las tazas—. ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Nada, cariño. Que cantan villancicos. Allí están, míralos. En la acera de enfrente —dijo Mrs. Morgan.
—Mrs. Myers —dijo Morgan acercando la bandeja—. Mr. Myers. Cariño…
—Gracias —dijo Paula.
—Muchas gracias —dijo Myers.
Morgan dejó la bandeja en la mesa y volvió a la ventana con su taza. Unos chiquillos se habían agrupado en el paseo, delante de la casa de enfrente. Eran chicos y chicas pequeños y un muchacho algo mayor y más alto con bufanda y abrigo. Myers vio las caras en la ventana de la casa de enfrente —la de los Ardrey—, y cuando terminaron de cantar sus villancicos, Jack Ardrey salió a la puerta y le dio algo al chico mayor. El grupo siguió por la acera, haciendo fluctuar las linternas en la oscuridad, y se detuvo frente a otra casa.
—No van a pasar por aquí —dijo Mrs. Morgan al rato.
—¿Qué? ¿Por qué no van a venir a nuestra casa? —dijo Morgan, y se volvió a su mujer—. ¡Qué tonterías dices! ¿Por qué no van a pasar por aquí?
—Sé que no van a hacerlo —dijo Mrs. Morgan.
—Y yo digo que sí —dijo Morgan—. Mrs. Myers, ¿van a pasar esos chicos por aquí o no? ¿Qué dice usted? ¿Volverán para bendecir esta casa? Lo dejaremos en sus manos.
Paula se pegó al cristal de la ventana. Pero el grupo se alejaba ya por la acera en dirección contraria. Y Paula guardó silencio.
—Bien de nuevo los ánimos calmados —dijo Morgan, y fue a sentarse en su silla. Frunció el ceño y se puso a llenar la pipa.
Myers y Paula volvieron al sillón. Mrs. Morgan se retiró al fin de la ventana. Se sentó. Sonrió y miró dentro de su taza. Luego dejó la taza sobre la mesa y se echó a llorar.
Morgan le tendió un pañuelo. Miró a Myers. Instantes después Morgan se puso a tamborilear con la mano en el brazo del sillón. Myers movió los pies. Paula buscó en su bolso un cigarrillo.
—¿Ves lo que has hecho? —dijo Morgan, fijando los ojos en algo que había sobre la alfombra, junto al pie de Myers.
Myers hizo acopio de ánimo para levantarse.
—Edgar, sírveles otra bebida —dijo Mrs. Morgan mientras se pasaba la mano por los ojos. Utilizó el pañuelo para sonarse—. Quiero que oigan lo de Mrs. Attenborough. Mr. Myers es escritor. Creo que la historia podría interesarle. Esperaremos a que vuelvas para contarla.
Morgan retiró las tazas. Las llevó a la cocina. Myers oyó un estrépito de platos, de puertas de armario que se cerraban. Mrs. Morgan miró a Myers y esbozó una leve sonrisa.
—Tenemos que irnos —dijo Myers—. Tenemos que irnos. Paula, coge el abrigo.
—No, no. Insistimos, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. Queremos que oiga lo de Mrs. Attenborough, la pobre Mrs. Attenborough. También a usted le interesará, Mrs. Myers. Tendrá ocasión de ver cómo la mente de su marido se pone a trabajar sobre un material en bruto.
Morgan volvió de la cocina y distribuyó las tazas de ponche. Y se sentó en seguida.
—Cuéntales lo de Mrs. Attenborough, cariño —dijo Mrs. Morgan.
—Ese perro por poco me arranca la pierna —dijo Myers, y se asombró al instante de sus propias palabras. Dejó la taza encima de la mesa.
—Oh, vamos, no fue para tanto —dijo Morgan—. Lo vi todo.
—Los escritores, ya se sabe —le dijo a Paula Mrs. Morgan—. Les encanta exagerar.
—El poder de la pluma y todo eso —dijo Morgan.
—Eso es —dijo Mrs. Morgan—. Convierta su pluma en reja de arado, Mr. Myers.
—Que sea Mrs. Morgan quien cuente lo de Mrs. Attenborough —dijo Morgan, sin hacer el menor caso a Myers, que se ponía en pie en aquel momento—. Mrs. Morgan tuvo que ver directamente en el asunto. Yo ya he contado lo del tipo descalabrado por una lata de sopa. —Morgan soltó una risita—. Dejaremos que esto lo cuente Mrs. Morgan.
—Cuéntalo tú, querido. Y usted, Mr. Myers, escuche con atención —dijo Mrs. Morgan.
—Nos tenemos que ir —dijo Myers—. Paula, vámonos.
—Qué sinceridad la suya —dijo Mrs. Morgan.
—Sí, exacto —dijo Myers. Luego dijo—: Paula, ¿vienes?
—Quiero que escuchen la historia —dijo Morgan, alzando la voz—. Ofenderá usted a Mrs. Morgan, nos ofenderá a los dos si no la escucha. —Morgan apretó la pipa entre los dedos.
—Myers, por favor —dijo, inquieta, Paula—. Quiero oírla. Y luego nos vamos. ¿Myers? Por favor, cariño, siéntate un minuto.
Myers la miró. Paula movió los dedos, como haciéndole una seña. Myers vaciló, y al cabo se sentó a su lado.
Mrs. Morgan comenzó:
—Una tarde, en Munich, Edgar y yo fuimos al Dortmunder Museum. Había una exposición sobre la Bauhaus aquel otoño, y Edgar dijo que al diablo con todo, que nos tomáramos el día libre. Estaba con sus trabajos de investigación, ya saben, y dijo que al diablo, que nos tomábamos el día libre. Cogimos un tranvía y atravesamos Munich hasta llegar al museo. Dedicamos varias horas a ver la exposición y a visitar de nuevo algunas de las salas de pintura, en homenaje a algunos grandes maestros por los que Edgar y yo sentimos una especial devoción. Justo antes de marcharnos, entré en el aseo de señoras. Y me dejé el bolso. Dentro llevaba el cheque mensual de Edgar que nos acababa de llegar de los Estados Unidos el día anterior, y ciento veinte dólares en metálico que íbamos a ingresar junto con el cheque. También llevaba mi carnet de identidad. No eché a faltar el bolso hasta llegar a casa. Edgar llamó inmediatamente al museo. Hablaba con la dirección cuando vi que un taxi se paraba ante nuestra casa. Se apeó una mujer bien vestida, de pelo blanco. Era una mujer corpulenta, y llevaba dos bolsos. Avisé a Edgar y fui a la puerta. La mujer se presentó como Mrs. Attenborough, me entregó el bolso y explicó que también ella había estado en el museo aquella tarde, y que estando en el aseo de señoras había visto el bolso en la papelera. Como es lógico, lo había abierto para averiguar quién era la propietaria. Y encontró el carnet de identidad y lo demás, donde figuraba nuestra dirección en Munich. Dejó inmediatamente el museo y cogió un taxi para entregar el bolso personalmente. El cheque de Edgar seguía allí, pero no el dinero, los ciento veinte dólares. Me sentí, no obstante, muy agradecida por haber recuperado lo demás. Eran casi las cuatro, y le pedimos a la mujer que se quedara a tomar el té. Se sentó, y al poco empezó a contarnos cosas de su vida. Había nacido y se había criado en Australia, se había casado joven, había tenido tres hijos —todos varones—, había enviudado y seguía viviendo en Australia con dos de sus hijos. Criaban ovejas y poseían más de veinte mil acres de tierra para pastos, y en ciertas épocas del año empleaban a multitud de pastores y esquiladores. Estaba de paso en Munich camino de Australia, y venía de Inglaterra de visitar a su hijo menor, que era abogado. Volvía a Australia cuando la conocimos —dijo Mrs. Morgan—. Y aprovechaba la ocasión para ver algo de mundo. Le quedaban aún muchos lugares por visitar.
—Ve al grano, querida —dijo Morgan.
—Sí. Y esto es lo que sucedió entonces, Mr. Myers. Iré directamente al clímax, como dicen ustedes los escritores. De pronto, después de una agradable charla como de una hora, después de que aquella mujer nos hubiera hablado de su vida y de su existencia aventurera en las antípodas, se levantó para irse. Estaba pasándome la taza cuando la boca se le quedó completamente abierta, se le cayó la taza al suelo y se desplomó sobre el sofá, muerta. Muerta. Allí, en nuestra sala de estar. Fue el momento más terrible de toda nuestra vida.
Morgan asintió con gesto solemne.
—Dios —dijo Paula.
—El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania —dijo Mrs. Morgan.
Myers se echó a reír.
—¿El destino… la envió… a… morir… en su… sala? —consiguió decir con voz entrecortada.
—¿Le parece gracioso, señor? —dijo Morgan—. ¿Lo encuentra divertido?
Myers asintió con la cabeza. Siguió riendo. Se enjugó los ojos con la manga de la camisa.
—Lo siento de veras —dijo—. No puedo evitarlo. Esa frase: El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania… Lo siento. ¿Y qué pasó después? —consiguió decir—. Me gustaría saber lo que ocurrió después.
—No sabíamos qué hacer, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. La conmoción fue terrible. Edgar le tomó el pulso, pero no detectó señal alguna de vida. Incluso había empezado a cambiar de color. La cara y las manos se le estaban volviendo grises. Edgar fue al teléfono a llamar a alguien. Luego dijo: «Abre el bolso, a ver si averiguas dónde se hospeda». Evitando en todo momento mirar el cadáver de aquella desdichada, cogí el bolso. Imaginen mi total sorpresa y desconcierto, mi absoluto desconcierto, cuando lo primero que vi dentro del bolso fue mis ciento veinte dólares, aún sujetos por el clip. Nunca en mi vida me había sentido tan perpleja.
—Y decepcionada —dijo Morgan—. No te olvides de eso. Fue una profunda decepción.
Myers dejó escapar unas risitas.
—Si fuera usted un escritor de verdad, como afirma, Mr. Myers, no se reiría —dijo Morgan, poniéndose en pie—. ¡No osaría reírse! Trataría de entender. Sondearía en las profundidades del corazón de aquella pobre mujer y trataría de entender. ¡Pero usted no tiene nada de escritor, señor!
Myers siguió riendo.
Morgan dio un puñetazo en la mesita, y las tazas se tambalearon sobre los posavasos.
—La historia que importa está aquí, en esta casa, en esta misma sala, ¡y ya es hora de que se cuente! La historia que importa está aquí, Mr. Myers —dijo Morgan. Se paseó de un lado a otro sobre el brillante papel de envolver, que se había desenrollado y extendido por la alfombra. Se detuvo para mirar airadamente a Myers, que se agarraba la frente sacudido por las carcajadas.
—¡Considere la hipótesis siguiente, Mr. Myers! —gritó Morgan—. ¡Considérela! Un amigo, llamémosle Mr. X, tiene amistad con… con Mr. Y y Mrs. Y, y también con Mr. y Mrs. Z. Los Y y los Z no se conocen, por desgracia. Y digo por desgracia porque de haberse conocido, esta historia no podría contarse porque jamás habría sucedido. Bien, Mr. X se entera de que Mr. y Mrs. Y van a pasar un año en Alemania y necesitan a alguien que ocupe la casa durante ese tiempo. Los Z están buscando alojamiento, y Mr. X les dice que sabe del sitio adecuado. Pero antes de que Mr. X pueda poner en contacto a los Z con los Y, los Y tienen que salir para Alemania antes de lo previsto. Mr. X, debido a su amistad queda a cargo de alquilar la casa a quien estime conveniente, incluidos a los señores Y, quiero decir Z. Pues bien, los… Z se mudan a la casa y se llevan con ellos a un gato, del cual los Y tienen noticia más tarde por el propio Mr. X. Los Z meten el gato en la casa pese a los términos del contrato de arrendamiento, que prohíben expresamente que en la casa habiten gatos u otros animales a causa del asma de Mrs. Y. La genuina historia, Mr. Myers, está en la situación que acabo de describir. Mr. y Mrs. Z… quiero decir Y se mudan a la casa de los Z, invaden, a decir verdad, la casa de los Z. Dormir en la cama de los Z es una cosa, pero abrir el ropero particular de los Z y usar su ropa blanca, destrozando todo lo que encontraron dentro, eso iba en contra del espíritu y la letra del contrato. Y esta misma pareja, los Z, abrieron cajas de utensilios de cocina en los que ponía «No abrir». Y rompieron piezas de la vajilla pese a que en el contrato constaba expresamente, expresamente, que los inquilinos no debían utilizar las pertenencias de los propietarios, las cosas personales, y hago hincapié en lo de «personales», de los Z.
Morgan tenía los labios blancos. Siguió paseándose de aquí para allá encima del papel de envolver, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a Myers y lanzar ligeros soplidos por la boca.
—Y las cosas del baño, querido. No olvides las cosas del baño —dijo Mrs. Morgan—. Ya es falta de tacto utilizar las mantas y sábanas de los Z, pero si encima entran a saco en el cuarto de baño y siguen con otras cosas privadas almacenadas en el desván, eso es pasarse de la raya.
—Ahí tiene la auténtica historia, Mr. Myers —dijo Morgan. Trató de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra—. Esa es la historia verídica aún por escribir y que merece ser escrita.
—Y no necesita un Tolstoi para escribirla —dijo Mrs. Morgan.
—No, no se necesita un Tolstoi —dijo Morgan.
Myers reía. Él y Paula se levantaron del sofá a un tiempo, y se dirigieron hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo Myers con regocijo.
Morgan estaba a su espalda.
—Si usted fuera un escritor de verdad, señor, convertiría esta historia en palabras y no se haría tanto el sueco al respecto.
Myers se limitó a reír de nuevo. Tocó el pomo de la puerta.
—Y otra cosa —dijo Morgan—. No tenía intención de sacarlo a relucir, pero, a la vista de su comportamiento de esta noche, quiero decirle que he echado en falta mis dos volúmenes de Jazz at the Philharmonic. Eran unos discos de gran valor sentimental para mí. Los compré en 1955. ¡Y ahora insisto en que me diga qué ha sido de ellos!
—Para ser justos, Edgar —dijo Mrs. Morgan mientras ayudaba a Paula a ponerse el abrigo—, después de hacer inventario de los discos, admitiste que no podías recordar cuándo habías visto por última vez esos discos.
—Pero ahora estoy seguro —dijo Morgan—. Tengo la certeza de que los vi antes de irnos a Alemania, y ahora, ahora quiero que este escritor me diga exactamente cuál es su paradero. ¿Mr. Myers?
Pero Myers estaba ya fuera de la casa, y, con Paula de la mano, se apresuraba hacia el coche. Sorprendieron a Buzzy. El perro soltó un gañido, al parecer de miedo, y se apartó hacia un lado de un brinco.
—¡Insisto en saberlo! —gritó Morgan a sus espaldas—. ¡Estoy esperando, señor!
Myers dejó a Paula en su asiento, se puso al volante y puso el coche en marcha. Volvió a mirar a la pareja del porche. Mrs. Morgan saludó con la mano, y luego ambos se volvieron y entraron en la casa y cerraron la puerta.
Myers arrancó y se apartó del bordillo.
—Esta gente está loca —dijo Paula.
Myers le dio unas palmaditas en la mano.
—Daban miedo —dijo Paula.
Myers no contestó. Le dio la impresión de que la voz de Paula le llegaba de muy lejos. Siguió conduciendo. La nieve golpeaba contra el parabrisas. Siguió silencioso, mirando la carretera. Se hallaba en el final mismo de una historia.
Dos hermanos marchaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro, que era rico, iba montado sobre un caballo.
Se pararon para pasar la noche en una posada y dejaron sus monturas en el corral. Mientras todos dormían, la yegua del pobre tuvo un potro, que rodó hasta debajo del carro del rico. Por la mañana el rico despertó a su hermano, diciéndole:
-Levántate y mira. Mi carro ha tenido un potro.
El pobre se levantó, y al ver lo ocurrido exclamó:
-Eso no puede ser. ¿Dónde se ha visto que de un carro pueda nacer un potro? El potro es de mi yegua.
El rico le repuso:
-Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no debajo de mi carro.
Así discutieron largo tiempo y al fin se dirigieron al tribunal. El rico sobornaba a los jueces dándoles dinero, y el pobre se apoyaba solamente en la razón y en la justicia de su causa.
Tanto se enredó el pleito, que llegaron hasta el mismo zar, quien mandó llamar a los dos hermanos y les propuso cuatro enigmas:
-¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?
-¿Qué es lo más gordo y nutritivo?
-¿Qué es lo más blando y suave?
-¿Qué es lo más agradable?
Y les dio tres días de plazo para acertar las respuestas, añadiendo:
-El cuarto día vengan a darme la contestación.
El rico reflexionó un poco y, acordándose de su comadre, se dirigió a su casa para pedirle consejo. Ésta le hizo sentar a la mesa, convidándolo a comer, y, entretanto, le preguntó:
-¿Por qué estás tan preocupado, compadre?
-Porque el zar me ha dado para resolver cuatro enigmas un plazo de tres días.
-¿Y qué enigmas son?
-El primero, qué es en el mundo lo más fuerte y rápido.
-¡Vaya un enigma! Mi marido tiene una yegua torda que no hay nada más rápido; sin castigarla con el látigo alcanza a las mismas liebres.
-El segundo enigma es: ¿Qué es lo más gordo y nutritivo?
-Nosotros tenemos un cerdo al que estamos cebando hace ya dos años, y se ha puesto tan gordo que no puede tenerse de pie.
-El tercer enigma es: ¿Qué es lo más blando y suave?
-Claro que el lecho de plumas. ¿Qué puede haber más blando y suave?
-El último enigma es el siguiente: ¿Qué es lo más agradable?
-¡Lo más agradable es mi nieto Ivanuchka!
-Muchas gracias, comadre. Me has sacado de un gran apuro; nunca olvidaré tu amabilidad.
Entretanto el hermano pobre se fue a su casa vertiendo amargas lágrimas. Salió a su encuentro su hija, una niña de siete años, y le preguntó:
-¿Por qué suspiras tanto y lloras con tal desconsuelo, querido padre?
-¿Cómo quieres que no llore cuando el zar me ha propuesto cuatro enigmas que ni siquiera en toda mi vida podría adivinar y debo contestarle dentro de tres días?
-Dime cuáles son.
-Pues son los siguientes, hijita mía: ¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido? ¿Qué es lo más gordo y nutritivo? ¿Qué lo más blando y suave? ¿Qué lo más agradable?
-Tranquilízate, padre. Ve a ver al zar y dile: «Lo más fuerte y rápido es el viento. Lo más gordo y nutritivo, la tierra, pues alimenta a todo lo que nace y vive. Lo más blando, la mano: el hombre, al acostarse, siempre la pone debajo de la cabeza a pesar de toda la blandura del lecho; y ¿qué cosa hay más agradable que el sueño?»
Los dos hermanos se presentaron ante el zar, y éste, después de haberlos escuchado, preguntó al pobre:
-¿Has resuelto tú mismo los enigmas o te ha dicho alguien las respuestas?
El pobre contestó:
-Majestad, tengo una niña de siete años que es la que me ha dicho la solución de tus enigmas.
-Si tu hija es tan lista, dale este hilo de seda para que me teja una toalla con dibujos para mañana.
El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más triste que antes.
-¡Dios mío, qué desgracia! -dijo a la niña-. El zar ha ordenado que le tejas de este hilo una toalla.
-No te apures, padre -le contestó la chica.
Sacó una astilla del palo de la escoba y se la dio a su padre, diciéndole:
-Ve a palacio y dile al zar que busque un carpintero que de esta varita me haga un telar para tejer la toalla.
El campesino llevó la astilla al zar, repitiéndole las palabras de su hija. El zar le dio ciento cincuenta huevos, añadiendo:
-Dale estos huevos a tu hija para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.
El campesino volvió a su casa muy apurado.
-¡Oh, hijita! Hemos salido de un apuro para entrar en otro.
-No te entristezcas, padre -dijo la niña.
Tomó los huevos y se los guardó para comérselos, y al padre lo envió otra vez al palacio:
-Di al zar que para alimentar a los pollos necesito tener mijo de un día; hay, pues, que labrar el campo, sembrar el mijo, recogerlo y trillarlo, y todo esto debe ser hecho en un solo día, porque los pollos no podrán comer otro mijo.
El zar escuchó con atención la respuesta y dijo al campesino:
-Ya que tu hija es tan lista, dile que se presente aquí; pero que no venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; sin traerme regalo, pero tampoco con las manos vacías.
«Esta vez -pensó el campesino- mi hija no podrá resolver tantas dificultades. Llegó la hora de nuestra perdición.»
-No te apures, padre -le dijo su hija cuando llegó a casa y le contó lo sucedido-. Busca un cazador, cómprale una liebre y una codorniz vivas y tráemelas aquí.
El padre salió, compró una liebre y una codorniz y las llevó a su casa.
Al día siguiente, por la mañana, la niña se desnudó, se cubrió el cuerpo con una red, tomó en la mano la codorniz, se sentó en el lomo de la liebre y se dirigió al palacio.
El zar salió a su encuentro a la puerta y la niña lo saludó, diciendo:
-¡Aquí tienes, señor, mi regalo!
Y le presentó la codorniz. El zar alargó la mano; pero en el momento de ir a cogerla echó a volar aquélla.
-Está bien -dijo el zar-. Lo has hecho todo según te había ordenado. Dime ahora: tu padre es pobre, ¿cómo viven y con qué se alimentan?
-Mi padre pesca en la arena de la orilla del mar, sin poner cebo, y yo recojo los peces en mi falda y hago sopa con ellos.
-¡Qué tonta eres! ¿Dónde has visto que los peces vivan en la arena de la orilla? Los peces están en el agua.
-¿Crees que eres más listo tú? ¿Dónde has visto que de un carro pudiera nacer un potro?
-Tienes razón -dijo el zar, y adjudicó el potro al pobre.
En cuanto a la niña, la hizo educar en su palacio, y cuando fue mayor se casó con ella, haciéndola zarina.
«Hace un tiempo, consideraba que entre el minicuento y un cuento corto existía una diferencia muy sutil, pero al mismo tiempo inequívoca. Pensaba que los cuentos cortos son
cuentos breves, mientras que los minicuentos son narraciones muy breves con un desarrollo veloz, un final sorpresivo y que se cierran de una manera muy precisa. Ahora ya no tengo certezas, la única que me queda es que hay textos más breves que lo habitual. La longitud, quizás es lo único que los distingue de otros textos, brevedad que, a su vez, viene dada por escogencias temáticas particulares y decisiones estilísticas que requieren poco espacio. Cuando se intenta parodiar»
Cuando hace calor los poros de la piel se agrandan. Podés verlo en el espejo. Creo que las cosas también se dilatan. No tienen una única forma. Las plantas se estiran en busca de agua, y cuando ya no pueden más, se secan. Ayer leí tanto los poemas de Zinaida Gippius que creí haber desgastado la posibilidad de soñar. Me acosté, cerré los ojos varias veces, y nada. Sólo un cansancio narcotizante. Un mareo que me lanzaba cada vez más lejos y la lejanía irreversible no era dormir. Pero lo logré y tuve un sueño extraño. Salí de mi casa, típica de los pueblos rusos, cerré la kalitka, (el nombre ruso para los portones), me desvié, elegí una calle de tierra y entré al patio donde una familia festejaba. Me senté en un banco con ellos, frente a una mesa de madera larga y precaria. La naturaleza estaba cerca: un viñedo colgante rozaba nuestras cabezas. Un niño se acercó y me habló. Irradiaba una sabiduría tranquila, jugamos, la familia nos miraba, feliz con mi integración. Pero el niño resultó ser una niña que había vuelto de la muerte. Yo era su maestra. Esperaban mi llegada desde hacía tiempo. Sabían que algún día atravesaría aquel portón. Era ocho de agosto.
Jung dice que no podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano sino más bien una bocanada de naturaleza. En mi sueño la caminata, el encuentro con esa familia y con la niña iluminada, duraba apenas un par de horas. Luego emprendía mi regreso, me recibía mi madre, la casa estaba distinta, las paredes pintadas y con dibujos hechos a mano: pequeñas figuras, damas danzarinas con vestidos como flores, faldas de pétalos, dibujos blancos sobre paredes blancas. Para mi familia, mi ausencia duró años, retorné el ocho de agosto. Mi madre me recibió diciendo que era mi Día Santo. La miré perpleja porque en realidad mi Día es el ocho de septiembre. Hoy recordé este fragmento de Boris Pasternak: Desear conscientemente dormir equivale a insomnio. La conciencia es un veneno, un medio de autoconvencimiento, para el sujeto que la aplica a sí mismo. Ahora pienso, pienso, pienso: ¿qué duerme en nosotros? ¿Qué bestia alojamos? ¿Cuándo dormimos se despierta eso que descansa en nosotros mientras estamos atentos a la luz?
Texto extraído de Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014)
Natalia Livanova
Natalia Litvinova nació en Bielorrusia, en septiembre de 1986. Actualmente reside en Argentina. Es poeta y traductora de poetas rusos. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en el año 2013 en España, Uruguay y en Córdoba; Balbuceo de la noche (plaquette, Melón editora, 2012); Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012; Ediciones Espiral, 2014, Costa Rica); Rocío animal (antología, La Pulga Renga, 2013); Todo ajeno (2013) publicado en Argentina (Melón Editora) y en España (Vaso roto), y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza. Compiló y tradujo El ruido de la existencia (Editorial Leviatán, 2013) de los poetas rusos Vladislav Jodasevich y Serguéi Esénin, y El espejo equivocado (Melón editora, 2013) de Cherubina de Gabriak. Dirige la sección dedicada a las letras argentinas de la Revista Ombligo.
Érase una vez un pescador anciano que vivía con su también anciana esposa en una triste y pobre cabaña junto al mar. Durante treinta y tres años el anciano se dedicó a pescar con una red y su mujer hilaba y tejía. Eran muy pero que muy pobres.
Un día, se fue a pescar y volvió con la red llena de barro y algas.
La siguiente vez, su red se llenó de hierbas del mar. Pero la tercera vez pescó un pequeño pececito.
Pero no era un pececito normal, era dorado. De repente, el pez le dijo con voz humana:
-Anciano, devuélveme al mar, te daré lo que tú desees por caro que sea.
Asombrado, el pescador se asustó. En sus treinta y tres años de pescador, nunca un pez le había hablado. Entonces le dijo con voz cariñosa:
-¡Dios esté contigo, pececito dorado! Tus riquezas no me hacen falta, vuelve a tu mar azul y pasea libremente por la inmensidad.
Cuando volvió a casa, le contó a la anciana el milagro: que había pescado un pez dorado que hablaba y que le había ofrecido riquezas a cambio de su libertad. Pero que no fue capaz de pedirle nada y lo devolvió al mar. La anciana se enfadó y le dijo:
-¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¿No supiste qué pedirle al pescado? ¡Dale este balde para lavar la ropa, está roto!
Así, se volvió al mar y miró. El mar estaba tranquilo aunque las pequeñas olas jugueteaban. Empezó a llamar al pez que nadó hasta su lado y con mucho respeto le dijo:
-¿Qué quieres, anciano?
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado. No me da descanso. Ella necesita un nuevo balde porque el nuestro está roto.
El pez dorado contestó:
-No te preocupes, ve con Dios, tendrás un balde nuevo.
Volvió el pescador con su mujer y ella le gritó:
-¡Loco, desgraciado! ¡Pediste, tonto, un balde! Del balde no se puede sacar ningún beneficio. Regresa, tonto, pídele al pez una isba.
Así volvió el viejo al mar y este estaba revuelto. Llamó de nuevo al pez y este le preguntó:
-¿Qué quieres, anciano?
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado aún más. No me da descanso. La anciana amargada pide una isba.
El pez dorado contestó:
-No te preocupes, ve con Dios, tendrás una isba.
Cuando volvió, se encontró a la anciana sentada en una piedra y, a sus espaldas, había una maravillosa isba con chimenea de ladrillo y un gran portón.
No quedaba rastro de la cabaña de madera.
-¡Estás loco! Desgraciado! -volvió a gritarle la anciana-. No quiero vivir como una pobre campesina, quiero ser una burguesa.
De nuevo, volvió al mar a buscar al pez. El mar no estaba en absoluto tranquilo. Llamó al pez y este le dijo:
-¿Qué quieres, anciano?
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado nuevamente. No me da descanso. Ella quiere dejar de ser campesina, quiere ser burguesa.
-No te preocupes, anciano. Ve con Dios.
Cuando volvió, vio a su esposa ataviada con ropas caras, un collar de perlas, botas rojas y una corona. Tenía criados a los que azotaba continuamente.
Pero ella ni lo miró y lo hizo llevar a las cuadras.
Volvió a obligarle a ir al mar por la fuerza. Incluso llegó a pegarle en la cara.
Ya no quería ser burguesa y le dijo que le pidiera al pescado que la convirtiera en zarina. Eso hizo el anciano. Volvió al mar, que estaba de color negro y agitado y le pidió al pez lo que su anciana mujer le había solicitado.
Cuando volvió a la aldea, su mujer estaba sentada en una gran mesa llena de manjares y servida por infinidad de criados. Detrás había soldados con hachas que vigilaban su seguridad. El viejo hizo una reverencia y le dijo:
-¡Buenas, su alteza zarina! -y ella lo hizo sacar de allí a palos y casi le dan con las hachas.
Esa semana la anciana lo hizo llamar de nuevo. Le dijo que quería ser la dueña del mar y poseer incluso al pez mágico. Lo mandó de vuelta al mar para que cumpliera con sus deseos.
El anciano le dijo al pez que su mujer quería ser la dueña de todo, vivir en el mar y por supuesto, poseerlo a él. El mar estaba absolutamente revuelto. Había una tormenta con olas tremendamente grandes y daba miedo acercarse.
El pez le salpicó con la cola y no dijo nada.
De repente, el anciano se encontró en su barca pescando con su vieja red. En la orilla, su anciana y amargada mujer estaba sentada frente a la casucha en la que habían vivido siempre.
«Yo llevé mis biografías de bailarines, tomos gruesos en cuyas cubiertas aparecían retratos setenteros velados de las grandes estrellas en la senectud —con sus vestidos de seda y pañuelos, con sus boas rosadas de plumas de avestruz—, y sólo por el número de páginas se decidió que había que «debatir» sobre mi futuro. Mi madre acudió a una reunión, a primera hora, antes de empezar las clases, donde le dijeron que los mismos libros por los que a veces ella se burlaba de mí demostraban mi inteligencia, y que los niños tan «dotados» podían hacer una prueba, y que si la aprobaban podía abrirles las puertas de alguno de esos buenos colegios que conceden becas. No, no, no, no de pago, descuide, me refería a institutos de humanidades «selectivos», nada que ver con los colegios privados, no hay que pagar nada, no, no, por favor no se preocupe. Miré de reojo a mi madre, que la escuchaba con cara de póquer. Es por su madurez lectora, explicó la maestra, sin hacer caso de nuestro silencio, para su edad es realmente precoz, ¿sabe? La maestra examinó a mi madre de arriba abajo (su camiseta sin sostén, los vaqueros, el tocado de kente, unos pendientes enormes con la forma de África) y preguntó si el padre iba a acompañarnos. El padre está trabajando, dijo mi madre. Ah, dijo la maestra, volviéndose hacia mí, ¿y a qué se dedica tu padre, cariño, es el lector de la casa, o…? El padre es cartero, dijo mi madre. La lectora es la madre. Bueno, normalmente, dijo la maestra, sonrojándose, consultando sus notas, normalmente, no sugerimos el examen de acceso para las escuelas independientes, la verdad. Quiero decir que hay algunas becas disponibles, pero no tiene sentido alentar a estos chicos con falsas esperanzas. «