La bolsa interior de FRANCESC MIRALLES 

LA BOLSA INTERIOR

Alfonso sopló con triste resignación las dos velas con el 4 y el 0 sobre la tarta. Nunca había sido aficionado a las fiestas, pero esperaba algo más brillante para su entrada en la cuarentena. Había convocado a media docena de personas, pero sus invitaciones habían sido rechazadas con todo tipo de excusas. Todo lo que tenía para celebrar su cumpleaños, además de aquella tarta, eran dos felicitaciones formales –una de su banco, otra de su gestor– y un obsequio de un familiar lejano que le había herido en lo más hondo: un fin de semana para dos personas en un balneario.

Se guardó el cupón en su bolsillo trasero para tirarlo en una papelera cuando saliera a la calle. Alfonso no tenía novia ni amigos que quisieran compartir un aburrido fin de semana en aguas termales. Atribuía su nula vida social al exceso de trabajo. Desde que había estallado la crisis, su profesión de analista financiero le obligaba a estar de sol a sol delante de una pantalla llena de cifras. Sus propios números no iban mal, se dijo mientras bajaba a la calle para dar un paseo nocturno. A sus 40 años ya casi había pagado la hipoteca del piso. Tenía, además, una plaza de aparcamiento en propiedad, un coche deportivo y una motocicleta que solo había sacado un par de veces. Su plan de pensiones empezaba a estar nutrido, y una herencia en metálico que tenía a plazo fijo le garantizaba buenos intereses.

Pese a disponer de todo aquello, la noche de su cumpleaños se sentía vacío. Tal vez fuera porque ese domingo ya habían cerrado los pocos bares de su barrio. Alfonso deseaba tomar una cerveza antes de acostarse, con el murmullo de solitarios clientes de barra que charlaban con el camarero. Buscando un lugar con vida en el desierto urbano, se dio cuenta de que se había alejado mucho de casa. Miró el reloj y vio que ya era medianoche. Aquel largo paseo nocturno había sido una triste celebración de cumpleaños. Resignado a iniciar como cuarentón una semana más, Alfonso se sintió repentinamente cansado y decidió que tomaría un taxi para regresar.

Mientras trataba de descubrir entre el escaso tráfico una salvadora luz verde, se le ocurrió revisar su cartera y advirtió, fastidiado, que no llevaba dinero en metálico. Contrariado, decidió proveerse de fondos en un cajero antes de subirse a un taxi. Miró a su alrededor. Por suerte, había un cajero justo al otro lado de la acera donde él se encontraba. Cruzó la calle a grandes zancadas movilizado por su impaciencia para regresar a casa.

El cajero se hallaba dentro del vestíbulo de una oficina bancaria, y Alfonso vio con desagrado que un indigente dormía junto a la máquina dispensadora de billetes. Le violentaba sacar dinero al lado de alguien que no tiene absolutamente nada. Le hacía sentirse vencedor de una guerra en la que no había pedido tomar parte. Fue ese sentimiento de pudor el que hizo que, tras obtener cuatro billetes de 20 euros, dejara uno de ellos en la mano abierta del mendigo, que parecía dormido. Como si hubiera notado el peso ínfimo del billete, los dedos callosos de la persona que parecía dormir se cerraron para atrapar los 20 euros. Justo entonces abrió sus ojos y le habló con refinado acento:

—Le agradezco la dádiva, caballero, y la acepto solo por no hacerle el feo de devolver un regalo. Lo cierto es que no necesito nada, soy inmensamente rico.

Alfonso se quedó boquiabierto ante las palabras de aquel hombre, al que calificó enseguida de chiflado. Por la propiedad con la que se expresaba, dedujo que había sido alguien que, tiempo atrás, había gozado de una posición acomodada. Quizá una quiebra, un divorcio mal negociado, el alcohol o alguna enfermedad mental le habían hecho caer en desgracia. Sintiendo lástima por aquel indigente, Alfonso le preguntó:

—Si es tan rico… ¿qué hace durmiendo aquí?

—Hace un poco de frío en casa, por eso me he venido a echar una cabezadita aquí dentro. Además, en este lugar se hacen amigos. ¿Vamos a tomar un café?

El hombre le guiñó el ojo mientras se levantaba de su lecho formado por periódicos y se sacudía el polvo.

—Está todo cerrado –dijo Alfonso, sorprendido por el rumbo inesperado que estaba tomando aquella noche.

—No todo. En una gasolinera a tres calles de aquí podemos tomar un café y un bocadillo.

Cuando se pusieron en camino, Alfonso pensó que sus situaciones vitales no podían ser más diferentes, pero le resultaba muy fácil hablar con aquel hombre caído en desgracia.

—¿Dice entonces que hace un poco de frío en su casa? ¿Dónde vive usted?

—En una vivienda que tiene miles de metros cuadrados. ¿Qué digo, miles…? ¡Millones!

—La calle, claro –supuso Alfonso tristemente.

—No hay casa más grande, aireada y diáfana. Además, como y ceno cada día de restaurante, como un señor.

—¿Y eso?

Tengo una ruta de varios establecimientos donde me respetan y me guardan siempre las sobras. Nunca me falta un plato caliente. A cambio, yo les aconsejo dónde pueden invertir lo que tienen.

El analista financiero se quedó pasmado ante esto último. Al notar su asombro, el indigente le dijo:

—También le puedo asesorar a usted.

—Pero… no tiene ni idea de mis propiedades ni de mis activos. ¿Cómo va a aconsejarme entonces?

No necesito conocer el estado de sus cuentas bancarias para saber que un hombre que pasea solo a estas horas ha errado en sus inversiones. Puede que tenga propiedades y activos, como bien ha dicho, quizás haya ganado incluso en la bolsa, pero allí no se negocia la auténtica riqueza.

—¿Dónde se encuentra entonces? —preguntó Alfonso fascinado.

—En la bolsa interior –dijo el hombre señalando su corazón– es donde se encuentran las divisas que nunca pierden valor, como el amor o la amistad. Si hubiera invertido en esa cartera, no se encontraría deambulando solo un domingo por la noche.

Has o haz tomado de «Redacción sin dolor» y un añadido de la RAE

Tomado de «capsulas de la lengua» de «Redacción sin dolor»

Error común número 20: confundir «has» y «haz»

Tanto «has» como «haz» son verbos, pero son verbos muy diferentes. «Has» es la segunda persona singular presente del verbo «haber»:

• Tú me has hecho feliz.

• ¿Qué has hecho?

• Has entendido, por fin.

• ¡Tú lo has dicho!

«Haz», por otro lado, es el imperativo singular familiar del verbo «hacer»:

• Haz lo que quieras.

• Hazme feliz.

• ¡Hazlo rápido!

• Haz mi día. (Con el perdón de Clint Eastwood).

Lo contrario de «haz» es «no hagas»:

• No lo hagas.

• No hagas olas.

En América, «has» y «haz» son homófonos, pues suenan igual. De ahí el problema… Pero uno debe razonar que «has» viene del verbo auxiliar «haber» (he, has, ha, hemos, habéis, han; en presente). La «s» de «has», entonces, se debe a su condición de segunda persona singular familiar, que siempre trae la marca «s»:

• amas

• comes

• sales

• amarás

• comerás

• saldrás

«Haz», en cambio, viene de «hacer». Por esto se entiende la razón por la cual el imperativo «haz» tiene «z» y no «c»: no puede escribirse: «hac». El fonema [s] al final de la palabra, cuando proviene de la «c» de «hacer», solo puede escribirse con «z»: haz.

La mayoría de los españoles, que diferencia entre «z» y «s», no tiene este problema. Y recordemos que la secuencia «ze» y «zi» no existe: tiene que ser «ce» y «ci» (salvo en algunos apellidos).

Por esto debemos entender que hay, con frecuencia, una relación íntima entre las letras «z» y «c», pero nada tienen que ver con «s». Así, en resumen, «haz» de «hacer» solo puede escribirse con «z», jamás con «s».

haz1

Del lat. fascis.

1. m. Atado de mieses, lino, hierba, leña o cosas semejantes.

2. m. Conjunto de partículas o rayos luminosos de un mismo origen.

3. m. Anat. Conjunto de fibras musculares o nerviosas agrupadas en paralelo.

4. m. Geom. Conjunto de rectas que pasan por un punto, o de planos que concurren en una misma recta.

5. m. pl. Fasces de cónsul romano.

Jon Fosse premio Nobel

Compartiendo https://lecturassumergidas.com/2018/12/30/jon-fosse-trilogia/

“TRILOGÍA” DE JON FOSSE, CUANDO LA LITERATURA SE HACE MÚSICA

Emma Rodríguez © 2018 / 

Toda lectura es una experiencia, pero Trilogía de Jon Fosse forma parte del grupo de las experiencias prodigiosas, porque nos acerca a una dimensión nueva. Me refiero a esas obras de la literatura que nos llevan a transitar por terrenos desconocidos, que nos deslumbran y extrañan. Todos podemos identificar esas aventuras tan especiales en nuestra biografía lectora. En diferentes artículos de “Lecturas Sumergidas” yo os he hablado de algunas de las mías, pero ahora me voy a centrar, a detener, únicamente aquí; a recorrer, una vez leídas, acariciándolas, agradeciéndolas, las páginas de esta novela hipnótica, en tres partes, que me ha envuelto en sus atmósferas, que me ha absorbido a la manera de esas composiciones musicales que cautivan y despiertan milagrosamente los sentidos.

Hay música en Trilogía, porque la música es fundamental en el desarrollo de la historia que se narra y también en su estilo, en su estructura rítmica, repeticiones, silencios, particulares puntuaciones, intervalos, acompañamientos… Trilogía participa del misterio de la música y de la poesía (los límites entre prosa y poesía se diluyen) y  también reconocemos en ella los hilos que tejen los cuentos maravillosos que nutren el territorio de la infancia. Si algo he constatado mientras la leía es lo necesitados que seguimos estando los adultos de esos cuentos capaces de traspasar las lindes de lo real y ayudarnos a atisbar lo trascendente, lo mágico.

Jon Fosse nos conduce más allá de espacios y tiempos concretos. A través del amor sus personajes son capaces de superar la desdicha, la desaparición. Las cronologías se quiebran, las edades de la existencia se encuentran, la vida y la muerte, el bien y el mal, se confunden. La narración, la manera en la que está contada, las puertas que se van abriendo, nos descolocan. Tenemos que participar, que ir uniendo los puntos y encontrando los sentidos, atentos a los saltos temporales, adaptándonos a la originalidad de la voz narradora, a los cambios de entorno y de calendario, porque pasado, presente y futuro se abrazan, se convierten en un único transcurrir. Sentimos que estamos tocando algo que nos supera, que no somos capaces de descifrar del todo, pero que obra sobre nosotros un efecto benéfico, algo que podría comparar, por ejemplo, con el alivio que produce el atisbamiento de la luz al fondo de un largo y oscuro túnel.  El autor suele explicarlo de la siguiente manera: “Hasta en mis novelas más crudas hay una especie de luz que procede de la oscuridad, un resplandor”.

JON FOSSE NOS CONDUCE MÁS ALLÁ DE ESPACIOS Y TIEMPOS CONCRETOS. A TRAVÉS DEL AMOR SUS PERSONAJES SON CAPACES DE SUPERAR LA DESDICHA, LA DESAPARICIÓN. LAS CRONOLOGÍAS SE QUIEBRAN, LAS EDADES DE LA EXISTENCIA SE ENCUENTRAN, LA VIDA Y LA MUERTE, EL BIEN Y EL MAL, SE CONFUNDEN.

Los propios protagonistas se van encontrando con esa luz, con pequeñas señales en el camino que les indican que hay algo más allá del arrastrarse de los días, de los afanes por sobrevivir, por encontrar un lugar en el que quedarse. En Trilogía, que se abre con una primera parte denominada Vigilia; prosigue con Los cuentos de Olav y concluye con DesalientoJon Fosse narra la historia de Asle y Alida, dos adolescentes a los que la vida no les pone las cosas nada fáciles, pero que son conscientes de haber encontrado el tesoro del amor.

A punto de ser padres, sin apoyo familiar, inician una especie de peregrinación en busca de un hogar en el que guarecerse. Su destino es cruel y les marca desde el principio. Frente a la fuerza del primer amor y la inocencia de la nueva vida que llega, se alza la sombra del mal. La pareja va tocando de puerta en puerta por la gran ciudad noruega de Bjørgvin, pero no encuentran acogida, nadie les quiere alquilar una habitación y a partir de ahí los hechos se precipitan. Su historia, su trecho, no están inscritos al hoy, pero nos remiten al drama de tantos seres indefensos, desvalidos, refugiados, emigrantes enfrentados a la huida y al rechazoTrilogía nos habla de la desigualdad y también de sociedades pertrechadas en rígidas normas que no admiten la diferencia, la disidencia, la ruptura de sus costumbres.

Pero esto solo es el armazón, la capa superficial. La historia transcurre por otros derroteros más profundos y sutiles, difíciles de apresar en una explicación, en un resumen. Su comprensión exige adentrarse, como os decía, en sus fondos hacia lo inaccesible, en sus ritmos, en sus latidos, en sus contrastes. Hay momentos bellísimos, como el que paso a transcribir, perteneciente a Vigilia, la primera parte de la novela: “(…) padre Sigvald dijo que al tocar, el dolor podía aliviarse y transformarse en vuelo, y que el vuelo podía transformarse en alegría y felicidad, y por eso había que tocar, por eso tenía que tocar él y algo de ese dolor debían de compartir también los demás y por eso había tanta gente a la que le gustaba escuchar música, así creía él que era, porque la música elevaba la existencia y le proporcionaba altura…”

En otro momento leemos: “Alida empezó a elevarse en el aire y en la música de Asle oyó el canto de su padre Aslak, y oye su propia vida y su propio futuro y sabe lo que sabe y entonces está presente en su propio futuro y todo está abierto y todo es difícil, pero ahí está la canción, una canción que debe de ser lo que llaman amor, de modo que se conforma con estar presente en la música y no quiere existir en ningún otro sitio…”

Ese es el tono, pero hay otros. No os voy a desvelar mucho más de esta historia en la que los paisajes también son esenciales. Es poderosa la presencia de los fiordos noruegos, de esos entornos montañosos, con pequeños pueblos de pescadores que viven del comercio de los frutos del mar en los pequeños puertos cercanos. Los colores, los reflejos, la luz tan especial de los fiordos, las barcas, el mar, la pesca, el olor a salado… La belleza del paisaje, su luminosidad, acompaña los momentos de comunión, de amor, de bondad; pero también, en su imperturbabilidad, se convierte en el marco en el que se suceden las malas horas, la fatalidad.

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“TRILOGÍA” NOS HABLA DE LA DESIGUALDAD Y TAMBIÉN DE SOCIEDADES PERTRECHADAS EN RÍGIDAS NORMAS QUE NO ADMITEN LA DIFERENCIA, LA DISIDENCIA, LA RUPTURA DE SUS COSTUMBRES.

Aunque Jon Fosse (Haugesund, sudoeste de Noruega, 1959), es uno de los autores más valorados de la literatura europea actual, su obra es desconocida para los lectores españoles. Hasta ahora se habían publicado de manera discontinua, en distintos sellos, algunos de sus títulos, sobre todo de teatro, terreno en el que ha alcanzado su mayor popularidad. Es ahora la editorial De Conatus la que apuesta por su trayecto en nuestro país. A Trilogía, que obtuvo el Gran Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 2015, el más alto galardón a un libro de ficción, le sucederá en 2019 el primer volumen de Septologíauna narración en marcha, en siete volúmenes, en la que el autor sigue trabajando actualmente y cuyas siguientes entregas irán apareciendo en los próximos años.

Además de teatro y narrativa, Fosse también ha publicado poesía, ensayo y cuentos infantiles. Candidato al Premio Nobel de Literatura, cuenta en su haber con ser el dramaturgo europeo más representado en los escenarios (unos mil montajes en más de 40 idiomas). Entre los datos biográficos que le acompañan, señalar, como curiosidades, que ha sido profesor del conocido autor noruego Karl Ove Knausgard [ autor de Mi lucha, obra autobiográfica en seis volúmenes]. Y que, por sus contribuciones a las artes y la cultura de su país, ha recibido el honor especial, de manos del Rey de Noruega, de alojarse de forma permanente en Grotten, residencia propiedad del Estado, ubicada en las instalaciones del Palacio Real, en el centro de la ciudad de Oslo. El escritor también reparte su tiempo entre la localidad de Frekhaug, en su país natal y Hainburg (Austria), donde se encontraba cuando contestó a las preguntas que tuve la oportunidad de plantearle vía correo electrónico. Sus respuestas ofrecen valiosas claves sobre su manera de ser y de entender el proceso creativo.  

Jon Fosse: “Cuando escribo es como si tuviera un lugar secreto dentro de mí”

– Jon Fosse procede de una tierra de cuentos, mitos y leyendas. Hay bellos cuentos noruegos tradicionales, transmitidos oralmente generación tras generación. Pienso en la recopilación de estos relatos realizada en el siglo XIX por Peter Christen Asbjornsen y Jorgen Engebretsen Moe [publicada recientemente en España por el sello Libros de las Malas Compañías]. ¿Hasta qué punto se nutre de estas fuentes?

– Casi me había olvidado de estos viejos cuentos de hadas tradicionales! Pero crecí con algunos de ellos, la mayoría contados por mi madre cuando era niño. Con esta pregunta me has dado la idea de que debería volver a leer esta colección de cuentos de hadas. Estoy seguro de que me han influenciado, pero no sé bien en qué sentido.

¿Recuerda su reacción, sus sentimientos, mientras escuchaba esos cuentos? ¿Cómo recuerdas su infancia, los paisajes de su infancia?

– Mi madre era, y es, una gran narradora de historias. Recuerdo que cuando mi hermana y yo nos íbamos a dormir, ella nos contaba narraciones que se inventaba en ese momento y que se podían prolongar noche tras noche, a veces durante semanas. Me encantaban estas historias. Mi madre nunca tuvo la idea de escribir nada por su cuenta, pero seguro que podría haberlo hecho si hubiera querido. Cuando yo era niño leía muy poco en casa, pero a través de la escuela me llegaron varios relatos que me impresionaron, especialmente los que contenían elementos de las antiguas sagas nórdicas, de la mitología. Puedo evocar la figura del dios Thor montando en su caballo por encima del cielo, el relámpago que caía cuando golpeaba con su martillo y el trueno como resultado del sonido que ese golpe provocaba. Tuve una infancia buena y segura, sin duda. Crecí en una pequeña comunidad cerca del fiordo Hardanger, cerca del mar. Y hasta donde puedo recordar siempre pasé parte de mi tiempo dentro de una embarcación.

– También ha escrito cuentos infantiles. ¿Surgió Trilogía como una historia a la manera de las que se cuentan a los niños, pero para adultos? Estamos ante una novela para ser leída, pero también para ser oída (me imagino escuchándola en una larga y fría noche de invierno, al lado de un fuego calentando el hogar).

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– Bien podría ser así. Pero yo siento que Trilogía es principalmente una pieza para ser leída, ya que los diversos elementos apuntan unos a otros de una manera bastante compleja, que creo que sería difícil hacer funcionar bien si la historia fuera oral. Pero es una especie de leyenda, sin duda.

– Los cuentos tienen la capacidad de sorprendernos, de permitirnos acceder a lo extraño, a lo enigmático de la vida…. Trilogía es una novela que trasciende, que nos permite perdernos en el tiempo, conjugando pasado, presente y futuro, haciéndonos pensar en la cercanía entre la vida y la muerte. Cuando leemos la novela sentimos que nos lleva a territorios inaccesibles y profundos y que nos invita a entrar en ellos sin miedo. ¿Cree que esta es una de las misiones de la literatura, abrir los ojos a lo que no somos capaces de ver?

– Sin duda alguna. Suelo decir que para mí escribir es escuchar. Pero lo que estoy escuchando, en realidad lo que estoy escribiendo, tiene que ser nuevo de alguna manera. Tiene que transformar lo común en algo más o menos diferente. Escribir es saltar a lo desconocido, y si tengo suerte puedo llegar a conseguir algo que antes no existía, una manera de ver, de experimentar, con unos personajes que nunca habían visto la luz antes de que yo los creara. Nunca preparo nada cuando escribo. Me siento y empiezo a trabajar. Si el comienzo es bueno, entonces todo el asunto, por así decirlo, la trama, está contenida en las primeras páginas. Así es como lo veo. Y en un momento dado, siento que todo está ya escrito, que ya está ahí, en algún lugar del aire, o donde sea, y sólo tengo que escribirlo lo más rápido posible antes de que desaparezca. Suelo decir que para mí escribir es escuchar. Pero lo que estoy escuchando, en realidad lo que estoy escribiendo, tiene que ser nuevo de alguna manera. Tiene que transformar lo común en algo más o menos diferente. Tengo la idea de que cuando un buen pintor, o un buen escritor, ha hecho su trabajo, podemos ver y experimentar la vida, y el mundo, de una manera diferente a como lo hacíamos antes de que este trabajo de pintura, o de escritura, existieran.

“SUELO DECIR QUE PARA MÍ ESCRIBIR ES ESCUCHAR. PERO LO QUE ESTOY ESCUCHANDO, EN REALIDAD LO QUE ESTOY ESCRIBIENDO, TIENE QUE SER NUEVO DE ALGUNA MANERA. TIENE QUE TRANSFORMAR LO COMÚN EN ALGO MÁS O MENOS DIFERENTE”.

– Aunque no se trata en absoluto de una novela de actualidad, la historia de Asle y Alida, que están a punto de convertirse en padres, llamando de puerta en puerta en busca de refugio, en una ciudad nueva para ellos, nos lleva irremediablemente al drama de los refugiados, emigrantes, desplazados, aquellos que son rechazados en la Europa del bienestar. ¿Tuvo presente ese drama mientras escribía la novela?

– No. Nunca pienso en ningún tema real cuando escribo. No es mi manera de trabajar. Yo escucho. No sé exactamente lo que estoy escuchando, pero seguro que no es lo que hay en los medios de comunicación en este o aquel momento. Pero evidentemente la historia de Asle y Alida se parece a la historia de la vida de muchas personas que viven en la actualidad, y a la de muchas personas que han vivido antes. Hay muchas parejas jóvenes en el mundo ahora misma, en este día, a esta hora, tratando de encontrar un lugar donde poder vivir con su hijo que está a punto de nacer.

– Vivimos en tiempos oscuros, de regresión, donde los impulsos reaccionarios de la extrema derecha están ganando terreno. ¿Cómo reacciona Jon Fosse ante esto? ¿Cómo hacer frente a los conflictos del presente?

– Soy escritor. Y honestamente creo que mi principal propósito debe ser  escribir lo mejor que pueda. Si lo consigo, es posible que el fruto de mi trabajo tenga implicaciones éticas, y quizás –así lo espero– también efectos políticos. A nivel personal, no me considero ni más ni menos capaz de hacer más que cualquier otra persona sin ningún poder político o económico. Tal vez debería comprometerme en mayor medida, pero creo que si a la escritura se le añade compromiso, o intenciones políticas, el resultado puede empeorar. En mi opinión, por decirlo de algún modo, la dimensión política debe venir de la escritura, no a la inversa.

– La desigualdad es uno de los desencadenantes de todo lo que le comentaba antes. La desigualdad, la impotencia de los débiles, de los pobres, de los diferentes, entra en la novela. Hay un momento en el que leemos: “Los dueños gobiernan sobre los que no tienen nada“. Estamos hablando de una historia de ficción, pero también de una historia que nos retrata como sociedad….

– Creo que todos los buenos escritos, por ejemplo las antiguas tragedias, reflejan la vida tal y como era en el pasado, pero también como es en el presente. Supongo que mantener una relación activa con los clásicos nos puede ayudar a interpretar cómo son realmente las cosas. Lo mismo ocurre con la escritura actual, siempre que sea buena. La mala escritura, de alguna manera, nos aleja de la realidad, al ofrecer manidos patrones de escape, de escapismo.

 ¿Cree que la literatura puede convertirse en una llama de esperanza? “Incluso en mis novelas más crudas hay una especie de luz que viene de la oscuridad, del resplandor“, ha dicho en alguna ocasión. ¿Puede la literatura aportarnos algo de luz?

– Creo que sí. Al menos así es para mí. Si le quitáramos a la vida la gran literatura y el gran arte, ¿qué quedaría? ¿Cómo sería entonces pensar y comportarse? Sé que la buena literatura, el buen arte, traen luz a la vida, aunque sea la luz de las tinieblas, de las tinieblas luminosas, si se me permite decirlo así.

– También hay elementos de thriller en la novela. Pero se trata de un thriller muy diferente, muy especial. Hay enigmas sin resolver, oscuridades, persecución, crimen…. Se trata de un género muy popular en los países nórdicos….

– Bueno, mi opinión respecto a la ficción criminal es que está mintiendo todo el tiempo. La muerte, junto con el nacimiento, son los grandes misterios de la vida, algo que, de una manera u otra, ha interesado siempre a la gran literatura, pero el género negro reduce el misterio de la muerte a un problema que puede ser resuelto por alguien lo suficientemente inteligente para hacerlo. Cuando se encuentra al asesino, parece que se ha hallado la explicación de la muerte. A la gente le encanta esta ilusión. Pero, por supuesto, tal ficción es lo opuesto a la buena escritura.

– ¿Qué le conmueve; cuál es su motor interior a la hora de escribir? ¿Cómo se relaciona con los personajes literarios de sus historias; sigue rituales especiales; tiene obsesiones?

– Supongo que podría decirse que la escritura es mi mayor obsesión. Una vez la bebida se convirtió en una obsesión para mí, pero ya llevo  sobrio desde hace siete años. Marguerite Duras habló sobre la enfermedad de escribir, y entiendo lo que quiso decir. Empecé escribiendo muy joven, alrededor de los doce años, y experimenté que escribir de alguna manera me daba cobijo, me proporcionaba un tipo de protección. Era como si tuviera un lugar secreto dentro de mí. Y todavía estoy dentro de él, todavía estoy escribiendo desde ese lugar secreto. Y lo bueno es que se trata de un lugar que no está influenciado por la repercusión que tengan mis escritos, ni por las buenas o malas críticas, ni por el éxito o el fracaso. Escribí mi primer libro, una novela, cuando tenía veinte años y se publicó cuando tenía veintitrés. Llevo escribiendo durante, digamos, unos cuarenta años y, aunque lo hubiera hecho durante mucho más tiempo, seguiría teniendo la misma necesidad, la misma urgencia, de escribir. Quizás ahora incluso se haya acentuado más que nunca. Lo mejor de la escritura es la escritura en sí misma, cómo consigue alejarme de mi persona, cómo da vida a algo que antes no existía. Experimento la escritura como un regalo. Lo que escribo me lo dan a mí. Sólo tengo que escuchar y expresar por escrito lo que de alguna manera estoy oyendo.

Jon Fosse. Fotografía por Jarle Vines (2011)

– La música es muy especial en la novela. Tiene mucho que ver con el misterio y el sentido trascendente de la historia. ¿Qué significa la música para Jon Fosse?

– Para mí tanto el hecho de escribir como la literatura que amo es música. Seguramente un cierto tipo de música, pero aún así música. Es difícil de explicar… En mi adolescencia tocaba la guitarra, e incluso el violín, mucho. Pero no tenía talento para ser músico. Así que de un día para otro dejé de tocar y empecé a escribir. Y sin duda me llevé a la escritura algo de mi experiencia musical: la atmósfera, la sensación, el ritmo… Empecé a decir lo que tenía que ser dicho de una manera determinada.

– Por lo que yo sé, Trilogía va a ser llevada a la ópera…. ¿Cómo está participando en esa aventura?, ¿cómo está viviendo la experiencia? Los escenarios, su trabajo como dramaturgo, supone una parte muy importante de su carrera….

– Sí. Mi faceta más conocida es la de dramaturgo. Ha habido más de mil producciones de mis obras en todo el mundo. Pero yo mismo no me siento como un dramaturgo. Me considero más como un escritor de ficción, o de poesía. En realidad, lo que soy es un escritor, tan simple como eso. Cuando escribí mi primera obra teatral decidí que no quería participar en los ensayos. Quise dar a la gente del teatro la misma libertad en su trabajo artístico que la que exijo para el mío propio. Y he seguido ese principio. Hace unos años dejé de escribir para la escena, o al menos me tomé un descanso, y volví a escribir ficción, pero todas las novelas que he escrito en los últimos años han acabado en el escenario, como adaptación teatral o como ópera. Ya ha habido una versión teatral de Trilogía, el próximo otoño habrá dos más, y sí, también se está escribiendo una ópera basada en la novela. Así que a veces digo que aunque yo no quiera al teatro, el teatro me quiere a mí.

“CUANDO ESCRIBÍ MI PRIMERA OBRA TEATRAL DECIDÍ QUE NO QUERÍA PARTICIPAR EN LOS ENSAYOS. QUISE DAR A LA GENTE DEL TEATRO LA MISMA LIBERTAD EN SU TRABAJO ARTÍSTICO QUE LA QUE EXIJO PARA EL MÍO PROPIO. Y HE SEGUIDO ESE PRINCIPIO”.

– La novela está construida a la manera de una composición musical: su ritmo, sus silencios, sus repeticiones. ¿Fue algo intencionado? A veces ha aludido a la literatura como oración….

– Como ya he dicho, para mí escribir es escuchar. No planeo nada antes de empezar a trabajar. Me siento y empiezo a escribir. Y si hay algo en el principio, entonces, hasta cierto punto, todo está ahí, al menos así es como lo siento. Sólo tengo que escribirlo antes de que desaparezca. Y sí, he tenido la idea de que escribir es una especie de oración. Lo dije en una entrevista y sentí que había dicho algo estúpido. Más tarde me enteré de que esto ya lo había dicho Franz Kafka. ¡Así que no podía ser tan estúpido!

– Sus influencias incluyen a Ibsen y Beckett. ¿Alguna más? Como lectora he encontrado ecos de Dostoyevski, me refiero a novelas como Crimen y Castigo… Quizás por el tratamiento de las escurridizas líneas entre el bien y el mal…. No lo sé. ¿Qué opina?

– Leí a Dostoyevsky cuando era joven. Nunca he pensado en él como un escritor que me haya influenciado, pero es posible que así sea. He leído mucho, y estoy seguro de que mis influencias son múltiples, aunque me cuesta ver a Ibsen en mi obra. Beckett es otra historia. Él me ha inspirado, hasta tal punto que titulé la primera obra que escribí Somebody will Come (Alguien vendrá), como respuesta a su Esperando a Godot. En lugar de copiarlo, intenté rebelarme contra él. Otros dos escritores que han ejercido un influjo sobre mí son el poeta austriaco Georg Trakl y el escritor noruego Tarjei Vesaas.

“Trilogía” de Jon Fosse ha sido publicada por el sello De Conatus, con traducción de Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun.

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Emma Rodríguez

 TODAS LAS ENTRADAS

Periodista directora y fundadora, junto a Nacho Goberna, de la revista Lecturas Sumergidas, nace un 13 de junio en Buenavista, el pueblo más al norte del norte de la isla de Tenerife. En su dilatada trayectoria escribiendo sobre cultura ha formado parte de medios como «El Mundo», «Diario 16», «Ya», «Quimera», «Qué leer» o «De Libros». También ha colaborado con el suplemento «El País Semanal» y, actualmente, realiza entrevistas para la revista Turia. A lo largo de los años ha entrevistado, entre otros, a Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, José Saramago, Michael Ende, Günter Grass, Miguel Delibes, Francisco Ayala, Salman Rushdie, Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Emilio Lledó, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Camilo José Cela, Francisco Umbral, José Luis Sampedro, Ana María Matute, Antonio Lobo Antunes y un largo etcétera.

Jon Fosse

sendero

Trilogía de Jon Fosse: tres oscuros cuentos de hadas

Los diseños de las portadas de la editorial De Conatus tienen un atractivo al que me resulta difícil resistirme por mucho que, en general, valoro más bien poco el continente en favor del contenido de un volumen. Trilogía, de Jon Fosse, no ha sido una excepción. Si a eso sumo que todo lo que he leído  del sello hasta ahora me ha gustado —incluido Los reyes de la mudanza, un libro que os comenté ya que estaba entre lo mejor de 2018—, la elección del último libro del año ha sido más que sencilla.

Jon Fosse: un dramaturgo desconocido en España.

Jon Olav Fosse (Haugesund, Noruega, 1959) es un nombre que me resulta extraño. Tal vez se deba a que no me muevo en el terreno de lo teatral. O porque su obra ha sido traducida hasta el momento a cuarenta idiomas, pero nunca en España (sí en la América hispanoparlante). El caso es que este escritor y dramaturgo lleva a sus espaldas más de treinta obras teatrales que acumulan cerca de mil montajes y una quincena de obras de prosa, desde que debutara en 1983 con la novela Raudt, svart (Rojo, negro), además de haber publicado prosa y poesía.

Por si esto fuera poco, se le considera desde hace años candidato al Premio Nobel de Literatura (es un hecho, cualquiera que sea el valor que podamos darle al susodicho premio). Y como pequeña anécdota, desde 2011 vive en una residencia propiedad del Estado Noruego en Oslo que el Rey concede por su contribución a las artes y la cultura del país.

¿Para quién escribo yo? Para Dios. Escribir es como rezar

Tres historias para un mismo hilo narrativo

Trilogía —como título resulta horroroso a la par que muy descriptivo de su contenido— es un volumen que suma tres historias, publicadas en un inicio de forma independiente y luego de forma conjunta. Así encontramos tres relatos breves que funcionan leídos del tirón:

El primero de ellos, Vigilia, nos presenta a Asle and Alida, una muy joven pareja que en un entorno agreste, dominado por la pobreza, donde la única solución parece ser echarse al mar, se encuentran y conectan desde el primer momento. Partiendo de una escena que nos lleva de inmediato a la tradición cristiana y al momento en que José y María llegan a Belén buscando un lugar donde pasar noche, Fosse nos presenta a estos jóvenes que, con la ilusión propia de adolescentes que aún no han descubierto las inclemencias de la madurez, sueñan con sentimientos y no con posesiones materiales, más necesarias de lo que les gustaría pensar.

En el segundo relato, Los sueños de Olav, los jóvenes junto a su hijo recién nacido Sigvald viven en las afueras de Bjørgvin —ciudad donde terminaba la primera parte— bajo nombres falsos. Pero la distancia que han puesto entre ellos y su pasado es demasiado corta y un hombre reconoce al joven Asle en una jornada que se tornará aciaga y determinante para el futuro de la familia.

La última historia, Desaliento, supone la bajada de telón. Nos encontramos con Ales, la segunda hija de Alida, ya anciana. En una historia donde los elementos fantásticos cobran vida y se mezclan con la realidad, su vida y la de su madre se entrecruzan de alguna forma, azuzadas por el paisaje y el mar que se ofrece ante sus ojos.

Trilogía: un ejercicio de inocencia sórdida

Trilogía es una historia que llama poderosamente la atención. Por un lado, por su estilo narrativo: Fosse nunca usa signos de puntuación en sus textos —una suerte de Jon Bilbao, que no usa guiones de diálogo, pero llevado al extremo—. Además, usa un vocabulario en extremo sencillo, repite una y otra vez palabras y frases y los silencios y lo que no se dice adquiere en ocasiones una importancia muy superior a la tinta impresa en sus páginas. Todo esto lleva a que cuente con una buena masa de detractores de su narrativa que compensa a la de aquellos que le ensalzan.

En todo caso, su estilo me recuerda mucho al de Del color de la leche, de Nell Leyshon: la pureza, simpleza y el minimalismo que le caracterizan cuadran a la perfección con la trama y, sobre todo, con la joven pareja de enamorados que parecen pintados sobre un lienzo en blanco, sin fondo ni elementos adyacentes, de manera que son ajenos a cuanto les rodea.

La inocencia del pecado original

Pero, por otro lado, esta sensación se ve emborronada por los sucesos que se insinúan primero y se confirman más adelante. Asle es ni más ni menos que un asesino. Pero lo es en la misma forma que un niño mata un insecto: sin consciencia real del mal que comete. Aunque una sombra de culpabilidad parece volar sobre él —suya es la idea de cambiar de ciudad y de nombres—, parece considerar la muerte como un elemento más de su día a día, como el comer o el dormir.

Alida, por su parte, es un personaje femenino pasivo hasta lo extenuante. Es como si se la hubiera drenado de cualquier voluntad o iniciativa propia, más allá del deseo de estar junto a quienes ama. Es como una planta, consciente de necesitar agua, abono o luz para su subsistencia, pero que no tiene más forma de conseguir estas cosas que la buena voluntad de terceras personas.

Otra de las características de la narrativa de Fosse que aquí se hace presente es que, aunque la historia parte de una perspectiva realista, acaba derivando en un mundo onírico. No es que el final no sea realista, porque lo es, además de tener un punto cruel. Es que los pensamientos de los personajes, su subconsciente, parecen adueñarse de una situación que, en el campo físico, no tiene salida.

Trilogía es una obra de las que se aman o se odian, de las que se sale con una sensación de opresión o se abandonan a medio camino. Es difícil, en todo caso, escapar a su bizarra atracción, a su forma de trasladar al papel la inocencia del primer amor o la salida al mundo real.

Debate entre Carlos Monsiváis y Octavio Paz

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https://www.proceso.com.mx/cultura/2023/6/1/recuerdan-el-debate-de-carlos-monsivais-octavio-paz-en-proceso-308077.html

El genio cuento de Frank O’Connor

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Frank O’Connor es uno de los grandes maestros del relato corto. Su obra retrata como pocas la idiosincrasia de la cultura irlandesa: el opresivo poder de la iglesia, la desigualdad entre géneros, la claustrofobia en el seno de la familia, los problemas con el alcohol… Todos estos elementos configuran la vida en Éire, nombre en lengua irlandesa de lo que nosotros llamamos Irlanda.

En Zenda ofrecemos el arranque de uno de los relatos que aparecen en El genio y otros relatos (La navaja suiza), de Frank O’Connor.

***

EL GENIO

1

Algunos niños son cobardicas por naturaleza, pero yo lo era por convicción. Mi madre me había hablado de los genios; yo quería ser uno de ellos y podía ver por mí mismo que pelearse, además de ser un pecado, era peligroso. Los chicos del barrio militar en el que vivía estaban siempre peleándose. Mi madre decía que eran salvajes, que yo necesitaba amigos más educados, y que los haría cuando fuera lo bastante mayor para ir al colegio.Si alguien quería pelear conmigo y me veía acorralado, mi método consistía en trepar al muro más cercano y soltarle con voz chillona un sermón sobre los buenos modales y Nuestro Señor Bendito. Era una manera de llamar la atención y solía funcionar, porque el enemigo, después de observarme atónito durante varios minutos preguntándose si le daría tiempo a aplastarme la cabeza contra la acera antes de que apareciera alguien, solía gritar algo por el estilo de «maldito cobardica», y se marchaba asqueado. No me gustaba que me llamaran cobardica, pero lo prefería a pelear. Me sentía como uno de esos pobres chuchos que vagaban con sigilo por nuestro barrio y salían por patas cuando alguien se les acercaba, y siempre intentaba hacerme amigo de ellos.

Me gustaba jugar, y acostumbraba a caminar por la acera con una pelota en los pies hasta que descubrí que los demás niños se volvían violentos y empezaban a darme empujones cuando se me unían. Prefería a las niñas porque no peleaban tanto, aunque aparte de eso las encontraba insípidas y me parecía que no eran una gran fuente de información. Las únicas mujeres que me interesaban eran mayores, y mi mejor amiga era una vieja lavandera llamada señorita Cooney que había estado en el manicomio y era muy religiosa. Fue ella quien me lo enseñó todo sobre los perros. La señorita Cooney habría perseguido durante más de una milla a cualquiera que hubiera visto dañar a un animal, e incluso los denunciaba a la policía, pero los agentes sabían que estaba loca y no le hacían caso.

Era una mujer de aspecto triste con el cabello gris, mejillas pronunciadas y encías sin dientes. Mientras ella planchaba, yo solía sentarme durante horas en su cocina cálida, húmeda y humeante, y hojeaba sus libros religiosos. Ella también me tenía cariño, y siempre decía que estaba segura de que sería sacerdote. Yo convenía en que tal vez me convirtiera en obispo, pero ella no parecía tener en alta estima a los obispos. Y se limitaba a sonreír cuando le contaba que había muchas otras cosas que me gustaría ser, tantas que no podía decidirme. Para la señorita Cooney, un genio no podía ser más que una cosa: sacerdote.

Por lo general, me parecía que terminaría siendo explorador. Nuestra casa estaba en una plaza situada entre dos calles construidas a distintos niveles, una a mayor altura que la otra. Podía salir de casa, caminar por la calle situada en el nivel superior durante casi dos millas más allá de las viviendas militares, girar a la izquierda en cualquiera de las calles y caminos adyacentes y regresar sin apenas bajar de la acera. Era increíble la cantidad de información valiosa que uno podía conseguir en aquellas exploraciones. De regreso en casa escribía mis aventuras en un libro titulado Los viajes de Johnson Martin, «con abundantes mapas e ilustraciones, The Irishtown University Press. Precio neto: 3 chelines y 6 peniques». También estaba recopilando El libro de canciones para uso de colegios e instituciones de The Irishtown University Press, por Johnson Martin, que contenía la letra y la música de mis canciones favoritas. Aunque por entonces aún no sabía leer partituras, copiaba las que llegaban a mis manos, y prefería las que representaban las notas con símbolos a las que lo hacían con letras porque quedaban mejor en la página. Pero seguía sin estar seguro de lo que sería de mayor. Todo lo que sabía era que quería ser famoso y hacer que levantaran una estatua en mi honor junto a la del padre Matthew, en Patrick Street. El padre Matthew era conocido como el Apóstol de la Abstinencia, aunque a mí la abstinencia me importaba bien poco. Nuestra ciudad nunca había tenido un genio en condiciones, y yo me proponía cubrir esa carencia.

Pero mis investigaciones no hacían más que mostrarme las inmensas lagunas de mi conocimiento. Mi madre comprendía mis desvelos y se esforzaba al máximo en encontrar respuestas a mis preguntas, pero ni ella ni la señorita Cooney andaban sobradas de la clase de información que yo necesitaba, y mi padre, más que una ayuda, era un estorbo. Le encantaba hablar sobre ciertos temas que le interesaban, pero yo no los encontraba tan interesantes. «Ballybeg», —decía con aire jovial—. «Ciudad de mercado. Población, 648. Estación más cercana, Rathkeale». También era de lo más comunicativo sobre otros asuntos, pero luego mi madre me llevaba aparte y me explicaba que mi padre solo estaba bromeando, lo cual me sacaba de mis casillas, porque nunca sabía cuándo bromeaba y cuándo no.

Ahora, por supuesto, entiendo que nunca le gusté. No era culpa suya. El pobre no esperaba ser el padre de un genio y aquello lo llenaba de malos presentimientos. Miraba a su alrededor y veía que todo el mundo tenía hijos normales, brutos, analfabetos, y se estremecía al pensar que yo nunca sería bueno para otra cosa que ser un genio. Para ser justos con él, no se preocupaba por sí mismo, pero nunca había habido nada parecido en la familia y temía que aquello nos hiciera caer en desgracia. Cuando llegaba a casa con la gorra sobre los ojos y las manos en los bolsillos, me miraba malhumorado al encontrarme sentado a la mesa de la cocina, rodeado de papeles, ocupado en dibujar mapas e ilustraciones para mi libro de viajes o en copiar la música de «The Minstrel Boy».

—¿Por qué no puedes salir a la calle y jugar con los Horgan? —me incitaba, tratando de hacerlo sonar atractivo.

—No me gustan los Horgan, papi —contestaba yo educadamente.

—¿Qué tienen de malo? —preguntaba él irritado—. Son unos chicos magníficos y unos auténticos machotes.

—Siempre están peleándose, papi.

—¿Y qué hay de malo en las peleas? ¿No puedes devolverles los golpes?

—Gracias, papi, pero a mí no me gustan las peleas —decía yo, aún con perfecta cortesía.

—Sabe Dios que el chico tiene razón —salía en mi defensa mi madre—. No entiendo qué clase de niños son esos.

—Ah, sois tal para cual —soltaba mi padre, y se iba muy ofendido, torturado por el pensamiento del hijo tan maravilloso y tan normal que podría haber tenido de no haberse casado con la mujer equivocada. La abuela siempre había dicho que mi madre no era la mujer adecuada para él y aquello demostraba que tenía razón.

Ella había demostrado tener tanta razón que mi padre no me quitaba los ojos de encima, por temor a que la locura se apoderara de mí en cualquier momento. Una de las cosas que no le gustaban era mi Palacio de la Ópera. El Palacio de la Ópera era una caja de cartón que yo había armado sobre dos sillas en la penumbra del pasillo. Lo había equipado con un proscenio, y había pintado varios telones de fondo con dibujos de montañas y del mar, y bastidores con forma de árboles y de rocas. Los personajes eran dibujos recortados y coloreados que movía con pequeños palitos. Estaba iluminado gracias a unas velas para las cuales había fabricado pantallas de colores, untadas con aceite para que fueran transparentes, y había escrito óperas a partir de libros de historietas y fragmentos de canciones. Una vez, mientras cantaba un apasionado dueto para dos de los personajes al tiempo que manipulaba las pantallas para producir el efecto de la luz de la luna, una de las pantallas echó a arder y las llamas lo envolvieron todo. Grité y mi padre vino y sofocó el fuego, y se puso a maldecirme hasta que mi madre, perdiendo la paciencia, le dijo que era peor que seis niños juntos, tras lo cual él no volvió a hablarle en una semana.

En otra ocasión, mi fascinación por un profesor cojo al que conocía me hizo decidirme a cojear yo también, y en casa se desató una tormenta que duró varios días. A mi madre le parecía evidente que mi pie estaba mal. Mi padre, en cambio, se limitaba a mirarlo y a resoplar con desprecio. Yo estaba furioso con él, y mi madre lo acusó de ser poco menos que un monstruo. Discutieron tanto durante los días siguientes que aquello empezó a hacerme sentir incómodo, porque, aunque estaba más que harto de cojear, sentía que pondría a mi madre en evidencia si me recuperaba. Cuando caminaba hacia la plaza dando tumbos de un lado a otro, mi padre permanecía de pie ante la verja y me observaba con una sonrisa maliciosa, y el modo en que se burló de mi madre cuando al fin dejé de lado la cojera fue de veras repugnante.

Palabras de Isaac B. Singer

Judio, Nobel de literatura

Me resulta difícil comentar la elección de los cuarenta y siete cuentos de esta colección, seleccionados entre más de un centenar. Como le ocurriría a un padre del Oriente contemplando su harén lleno de mujeres y niños, los quiero a todos.

En el proceso de crear estos cuentos, me he hecho consciente de los muchos peligros que acechan al autor de obras de ficción. Los peores son: 1) La idea de que el escritor debe ser sociólogo y a la vez político, y amoldarse además a lo que se conoce como dialéctica social. 2) La codicia por el dinero y el rápido reconocimiento. 3) La originalidad forzada, es decir, la ilusión de que una retórica pretenciosa, unas innovaciones cargadas de afectación en el estilo y una utilización de símbolos artificiales son capaces de expresar la naturaleza básica y siempre cambiante de las relaciones humanas o de reflejar las combinaciones y complejidades de la herencia y del entorno. Estas trampas verbales de la así llamada «escritura experimental» han causado daño incluso al auténtico talento; han destrozado gran parte de la poesía moderna al convertirla en críptica, esotérica y carente de encanto. Una cosa es la imaginación y otra muy diferente la distorsión de lo que Spinoza denominaba «el orden de las cosas». La literatura puede describir muy bien lo absurdo, pero nunca debe convertirse ella misma en absurda.

Aunque el relato breve no está en boga en nuestros días, todavía creo que constituye el supremo desafío para el autor creativo. A diferencia de la novela, que puede absorber e incluso admitir largas digresiones, escenarios retrospectivos y una estructura dispersa, el relato breve debe apuntar directamente a su clímax. Debe caracterizarse por una permanente tensión e intriga. Además, la brevedad es su misma esencia. El relato breve debe contar con un plan definido; no puede ser lo que en la jerga literaria se conoce como «un trozo de vida real». Los maestros del relato breve, Chéjov, Maupassant, así como el sublime escriba de la historia de José en el Libro del Génesis, sabían exactamente hacia dónde se dirigían. Uno puede leerlos una y otra vez y jamás sentir aburrimiento. La ficción, en general, nunca debe volverse analítica. De hecho, el autor de ficción ni siquiera debe aventurarse en escarceos con la psicología y sus diversos ismos. La auténtica literatura informa a la vez que entretiene. Consigue ser clara al mismo tiempo que profunda. Posee el poder mágico de combinar causalidad con propósito, duda con fe, las pasiones de la carne y los anhelos del alma. Es única y a la vez general, nacional y al mismo tiempo universal, realista y mística. Sin desechar el comentario de otros, no debe nunca intentar explicarse a sí misma. Estas verdades obvias deben ser enfatizadas, ya que la falsa crítica y la pseudooriginalidad han creado un estado de amnesia literaria en nuestra generación. El afán por transmitir mensajes ha hecho olvidar a muchos escritores que contar una historia es la razón de ser de la prosa artística.

Para aquellos lectores a quienes gustaría que dijera algo «más personal», citaré aquí algunos pasajes (aunque no en el orden en que fueron escritos) de una reciente memoria mía: «Mi aislamiento de todo continuaba siendo el mismo. Me había entregado a la melancolía y esta me había hecho su prisionero. Había presentado a la Creación un ultimátum: “Dime tu secreto o déjame morir”. Tenía que huir de mí mismo. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Y adónde? Soñaba con un humanismo y una ética basados en el rechazo a justificar todos los males que el Todopoderoso nos ha enviado y nos prepara para el futuro. El arte, en su cima más alta, no puede ser más que un medio para olvidar por unos instantes el desastre humano».

Aún sigo esforzándome para que esos «instantes» merezcan la pena.

He tenido la buena suerte de colaborar con tres editores auténticos y de gran talento, Robert Giroux, Cecil Hemley y Rachel MacKenzie. Dedico esta recopilación a la sagrada memoria de Rachel Mackenzie. Estuvo dotada de sabiduría, encanto y humildad, e impregnada de un perfecto entendimiento de la literatura; una gran editora y, lo que es más, una gran persona.

I

Biografía de Isaac Bashevis Singer

Escritor polaco de origen judío, Isaac Bashevis Singer fue hijo de un rabino jasídico y se trasladó con su familia a Radzymin y posteriormente a Varsovia, en donde ingresó en el Seminario Rabínico que más tarde abandonaría. 

Bashevis comenzó a dar clases de hebreo y entró a trabajar en el periódico Literarische Blätter, primero como corrector y luego como editor. En 1935 emigró a Estados Unidos y trabajó en el periódico The Forward. A partir de ese momento, comenzó a cultivar también la literatura, que escribió casi siempre en yiddish.

Bashevis era un acérrimo defensor del vegetarianismo, lo que hizo notar en varios de sus libros. En el año 1973 recibió el National Book Award y en 1978 el Premio Nobel de Literatura.

De entre su obra habría que destacar títulos como Satán en GorayLos herederosEl mago de LublinLa destrucción de Kreshev o Enemigos, una historia de amor.

Cuando Milán Kundera conoce a Gabriel García Márquez

Compartiendo

Mario Vargas llosa y el consejo

https://www.mardefondope.com/2023/06/el-consejo-clave-de-mario-vargas-llosa-a-un-joven-novelista-sobre-el-estilo.html?m=1