Sendero
Cuando iba a la primaria leí, en un rincón de la puerta de los sanitarios, una palabra. La asocié con el hecho de tomar algún objeto.
En secundaria, durante la clase de biología, supe que también se refería al acto sexual.
La ortografía la colocaba entre las esdrújulas.
En una conversación formal era de mal gusto pronunciarla. Quien la dijera quedaba señalada.
Años después sentí todo su peso.
—¿Estás segura?
La palabra me explotó con toda su magnitud: urgente, apurada por un deseo que nunca había experimentado.
Era tan intensa y demandante como la sed.
Y tenía el mismo vértigo del cielo de Van Gogh.
