Sendero
Huayalaloca
La primera vez que estuve en aquella tierra de pinares tuve la delicia de comer hongos colorados en caldo, paseé por sus calles empedradas y conocí su iglesia de siglos. Era día de mercado y me llamó la atención que la mayor parte de la gente llevaba paraguas.
Tiempo después, comisionado a ese pueblo, llegué un domingo y me atavié de primera: fino pantalón gris, guayabera azul cielo y zapatos de tela color mezclilla.
El sol, esplendoroso. El cielo, limpio.
Me encaminé al mercado.
«La barbacoa de borrego es una delicia», me había dicho mi rentera.
Había caminado dos cuadras cuando todo cambió. El cielo se hizo negro y empezó el agua. Solo faltó que cayera un pez.
Regresé encabronado. Los zapatos de tela parecían dos canoas.
Antes de llegar a la vivienda, salió otra vez el sol, sonriente y esplendoroso.
Me vio la rentera y movió la cabeza.
«Tan guapo que se veía».
«¿Cómo dice que se llama el pueblo?»
«Huayacocotla, pero también lo conocemos como Huayalaloca»
