Las hermanas de Rubén García García

sendero

 llegué a Rancho nuevo empapado. Toqué quedo a la casa de doña Gertrudis para pedirle posada, y pasto para las bestias.

—Don José, mire como viene. ¡Ey Muchachas! echen más leña al fogón y calienten café. Un trago con caña le evitará resfriarse. ¡Y prepárenle su lugar a don Pepe!

Me acosté en la cocina. «Doña gertrudis tiene dos años de viuda. La ayudo en lo que sé, reparando su máquina y dándole al costo las refacciones y ella me provee alimentos y un lugar para dormir» no tardé, a media noche sentí que alguien se acomodaba a mi lado. Quise saber quién era, pero la noche profunda no permitió. Toqué su pelo largo, olí su cuello y mis manos se llenaron con su piel de barro.

-¿Quién eres?

-Adivina? No te diré, abrázame y no hables nada, porque mi mamá no sabe que estoy contigo.

Por la mañana, me senté en la mesa con las tres mujeres, las dos con su cabello largo, el cabello oloroso a jabón de hierbas y su sonrisa pícara que se hacían cuando la mamá se distraía. Nunca supe quién de ellas estuvo conmigo.

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