La risa de Rubén garcía García

sendero

Lo llevé a casa y lo presenté a mis padres como mi novio. Aceptamos que en el hogar había que tratarnos con mesura y respeto.  Al anochecer pasaba a verme. Decía:

—¡Hola!, ¿qué tal, ¿cómo te ha ido? —Sonreía.

Yo contestaba:

—¡Muy bien!

Íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Las palabras se nos hacían bolas en la boca. Mirábamos hacia todos lados y reíamos sin motivo. Pasó un mes y mamá me decía:

—Qué serio es tu novio, siempre tan callado, ¿así es?

Uno de esos días en que todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban mirando hacia el jardín, pasé mi mano sobre su muslo. «Nos van a ver», y se retiraba. Me enojó que tuviese gelatina en las venas. Volví sobre su pierna, subí mis yemas hasta el pubis y sobé de arriba abajo y de abajo hacia arriba… hasta que obtuve respuesta.

Él no sabía qué hacer… y me agradaba verlo perturbado. Yo sonreía ante su cara de asombro. En la noche, lo esperaba emocionada, pues, los días habían dejado de ser monótonos. Siempre estaba con un ojo al gato y el otro al garabato.

«Por favor estate quieta», y lo dejaba un momento, para después volver. Tenía la cara enrojecida, sudorosa y su respiración acelerada.

Un día mis padres salieron y él preguntó por ellos, «luego vienen» le dije y empecé mi juego de sobarle la entrepierna. Mi osadía se convirtió en preocupación, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté sobre él. Ahora soy yo la que se retira. Mi mamá me ve con otros ojos.

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