A un hombre bueno no se le engaña de Rubén García García

Sendero

El engaño se paga de Rubén García García
La miraba sin que se percatara. Fingía ver los rizos caoba de su pelo, pero me detenía en el temblor de sus ojos, su leve sonrisa. Rozaba mi piel y decía lo feliz que era. Mentía, no se daba cuenta que su entrecejo no se desvanecía con la risa. Las últimas veces, al despedirnos notaba su urgencia por darme las buenas noches.
Hubo momentos de gran alegría, de pequeñeces: como el hecho de tener su mano entre mi mano. La resguardaba. Cuando la conducía sobre las grandes avenidas, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de apretar o aflojar su mano. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa, después se fue apagando. ¿Ella sabría lo que dirían sus ojos? Nunca lo sabré. Aunque creo que lo supo.
En el amanecer la neblina se arrastraba sobre el piso. La reconocí por su forma de caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta, subía y bajaba con desorden como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje? cuando ayer todavía me rodeaba con sus brazos. Nunca llegó a su destino… ni creo que lo tuviese.

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