Cuentos metaficcionales por Alejandra Ortiz

Sendero

El presente artículo es el resultado de la investigación realizada para obtener el título de Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco (UAM-X). Quiero aclarar que lo que aquí se diga tiene como base y fundamento el proyecto final, lo único que ahora he hecho es retomar algunos elementos de ese trabajo para presentarlo de manera concreta.

Antes de comenzar quiero mencionar que se han realizado estudios en torno a este tema, la metaficción, pero es preciso recordar que la mayoría de éstos se han hecho con relación a las novelas y muy pocos sobre cuentos.

Para tener una idea más precisa del tema, debemos comenzar con algunas definiciones de gran utilidad. Podemos notar que la metaficción es una estrategia que pone en evidencia o manifiesta los elementos que hacen posible la ficción, es decir, una ficción dentro de otra. Ana M. Dotras, en su libro La novela española de metaficción, retoma la definición de Linda Hutcheon donde esta última establece que «Metafiction… is fiction about fiction —that is, fiction that includes within itself a commentary on its own narrative and/or linguistic identity» («La metaficción… es ficción sobre ficción, esto es, la ficción que incluye dentro de sí misma un comentario sobre su propia identidad lingüística y/o narrativa»).1 Carmen Bustillo dice que la «metaficción es la ficción que habla de sí misma, [esto] en el mismo sentido que da Jakobson a [la definición] de metalenguaje».2

Es importante decir que la literatura metaficcional se ha comprendido o estudiado bajo otras categorías como autorrepresentativa, autoconsciente, autorreflexiva y narcisista, pero éstas son características que le brindan una dimensión distinta y, por tanto, un aspecto lúdico que se verá reflejado en el lector como copartícipe, copersonaje o coautor.

En términos de Jaime Alejandro Rodríguez —quien estudia la metaficción en la novela colombiana— podemos retomar la idea de que la metaficción es la redescripción de la realidad dentro de la ficción, es decir el reflejo del mundo ficcional. Gracias a este reflejo se puede explicar la autoconciencia del texto, porque reconoce que está dentro de un proceso ficcional y reflexiona acerca de esto. Por eso es autorreferencial, «el texto empieza a importar más que lo que quería decir el autor».3

Linda Hutcheon, por su parte, hace la distinción entre metaficción tematizada (ficción cuyo tema es la escritura o la lectura de la ficción) y la actualizada (aquella en la que se juega con las convenciones lingüísticas o genéricas) que se pueden dar en niveles combinados: en un nivel diegético (conciencia del proceso narrativo) o lingüístico (poder y límites del lenguaje); con una presentación abierta o encubierta.

En este artículo no haré mucho énfasis en el género del cuento, ni en la teoría de la recepción —como lo hice en mi trabajo final—, ya que considero que muchos elementos quedan explícitos a lo largo de este escrito. Me resulta indispensable poner un ejemplo de los análisis realizados, ya que sólo así quedará manifestado mi interés, así como el estudio que realicé. Es por esto que he elegido el cuento de mayor extensión en mi corpus, de igual forma me gustaría añadir que en este cuento veremos cómo un personaje puede ser y estar consciente de que lo es, de esta manera se metaficcionaliza no sólo el tema (un cuento dentro de otro), sino también el personaje; lo anterior se actualiza al darnos cuenta de que todo lo que leemos va sucediendo en el cuento que está dentro del que nosotros estamos leyendo.

El manuscrito
Martha Cerda

(Escritora mexicana. Cuento retomado de: Cerda, Martha. «29» en La señora Rodríguez y otros mundos. Guadalajara: La Luciérnaga Editores, 1990. p. 156-157).Buscando en su bolsa la receta de la capirotada, la señora Rodríguez descubrió el manuscrito del texto «La señora Rodríguez». Entonces es cierto que no existo, gimió. Pero enseguida rectificó: Entonces es cierto que existo. La señora Rodríguez quiso saber cómo era (yo también), desgraciadamente en el texto no encontró datos precisos. Por lo visto, dedujo, tengo que pintarme sola. Y comenzó a ponerse una nariz recta, una boca gruesa y unas caderas amplias, que soportaban un talle robusto. Se pintó el pelo castaño y ondulado, las cejas arqueadas y, por último, se puso un lunar junto al labio inferior, del lado izquierdo. La señora Rodríguez siguió hojeando el manuscrito y perdió el color al darse cuenta de que se había embarazado a los cincuenta y cinco años. Perdió el olor cuando vio que el bebé se había fugado con su maestra del kínder y perdió el sabor cuando supo que iba a morir en la página 178. La señora Rodríguez se puso a llorar. Lo primero que se le despintaron fueron los ojos, luego la nariz y la boca. Al ver que la mancha de tinta iba extendiéndose, la señora Rodríguez dobló el papel, lo metió a su bolsa y, por si acaso, escondió una pluma entre sus senos. La próxima vez, suspiró, me pinto rubia.

Análisis de «El manuscrito»:
tienes derecho a olvidar todo, menos una pluma

En el cuento hay dos tipos de relaciones. Las primeras se sitúan al mismo nivel a diferencia de las segundas en las que éste cambia. Tenemos las primeras líneas en donde la señora Rodríguez encuentra el texto con el mismo nombre, aquí los niveles se integran al encontrar un texto llamado del mismo modo. La segunda integración se da cuando el personaje rectifica y se da cuenta de que existe (y toma conciencia de que es un personaje). Posteriormente, cuando el narrador que está contando la historia de la señora Rodríguez en tercera persona, se incluye dentro del cuento al poner entre paréntesis que él o ella también quiere saber cómo es, se da un tercer nivel de integración. Después de la frase «tengo que pintarme sola» surge un cuarto nivel que integra todo el cuento, ya que el personaje se irá delimitando en el mismo momento que lee el manuscrito; en esta misma parte tenemos tres subniveles: el personaje como personaje, el personaje como lectora del manuscrito en donde está su personaje y el personaje como creador de su mismo personaje. El quinto nivel de integración se da cuando al leer lo que le está pasando a su personaje se empieza a «despintar», es decir, pierde las cualidades físicas: el olor, el sabor y el color, que hacen indispensable a un personaje como reproducción de un ser vivo. Cuando se da cuenta que se va a morir en la página 178 es la sexta afirmación de su característica principal: ser personaje consciente de que lo es. Entonces, cuando dice «La próxima vez, suspiró, me pinto rubia», dicho enunciado engloba los niveles de integración y la metaficción se actualiza; reafirma la idea de que es un personaje definido por ella y consciente de su naturaleza o falta de ésta.

También es importante decir que se establecen diferentes funciones. La primera se da al descubrir el manuscrito, porque esto abre la oportunidad de conocerse como personaje; la segunda es cuando se pinta y (que como toda acción tiene una reacción o consecuencia) se despinta, que constituye la tercera. La última función se establece cuando el personaje reflexiona y decide que para la próxima vez que sea consciente de que es personaje se pintará de otro color (en este caso rubia) para que no le suceda lo que en este cuento le ha pasado.

«El manuscrito» está narrado en tercera persona, con excepción del paréntesis que introduce el narrador. Éste es importante para la historia, ya que podemos percibir la idea de la conciencia del personaje, pero no es trascendente porque no produce ninguna alteración en el discurso (sólo enfatiza). El tiempo generalmente es pretérito o copretérito, con la excepción de algunos verbos en presente, otros que se encuentran en perífrasis verbal y algunos más en gerundio.

La señora Rodríguez tiene tres características: ser personaje de «El manuscrito» (como cuento), ser personaje del subtexto (cuento que está inmerso en el cuento) y por último, la señora Rodríguez es el nuevo personaje del personaje: la señora Rodríguez. Entonces, darse cuenta de su condición como personaje la hace pensar que no existe (porque tiene presente que es ficción, producto de alguien más), pero esto la hace reflexionar y darse cuenta de que sí existe porque es una ficción dentro de otra, lo cual la convierte en algo verosímil (no precisamente verdadero o real fuera del texto, pero sí creíble dentro del mismo).

El título del cuento constituye también un «símbolo», ya que es el nombre del cuento de Martha Cerda, pero también pertenece al cuento dentro de ese cuento. Es decir, el nombre se convierte en un metacuento y el personaje en un metapersonaje.

Este cuento puede constituir una estructura en abismo, es decir, hay distintos niveles o puntos que podemos destacar. La señora Rodríguez (como personaje de «el manuscrito) lee un texto llamado como ella; segundo, la señora Rodríguez como no encuentra una pista que le diga cómo es, decide pintarse sola; tercero, la señora Rodríguez está leyendo (en voz alta) lo que el texto está diciendo que está pasando. Este último nivel podría ser muy interesante ya que en realidad, nada de lo que nosotros leemos pasa. Es decir, es una historia que narra otra historia (que tal vez no pasó), pero es verosímil dentro de ese contexto.

Como vemos el cuento tiene aspectos que no son lógicos, por ejemplo, un personaje que busca una receta y en cambio encuentra su propia historia, o alguien que se pinta solo y posteriormente se despinta cuando llora, pero con suficiente capacidad y conciencia para guardar el texto y una pluma (por si se ofrece volverse a pintar).

Estos elementos ilógicos se vuelvan lógicos dentro del cuento, es decir, dentro de ese contexto específico. Lo anterior provoca que el lector (al menos pasó conmigo) se ría después de leerlo y sepa que la señora Rodríguez no tiene vida, si alguien distraído no lee su cuento.

«El manuscrito» es un cuento metaficcional que se caracteriza porque el personaje principal, la señora Rodríguez, está consciente de ser personaje y por tanto, actúa como tal. Por ello este personaje necesita líneas claras de cómo debe ser y qué debe hacer para que cumpla su función dentro del cuento.

Es importante decir que el lector no necesita ser erudito ni requiere de cualidades específicas. En su momento se habló de un lector modelo o ideal que pudiera interpretar lo que el autor había querido decir, pero ahora sabemos que a partir de un texto pueden existir distintas lecturas. Por esto propongo esta lectura, es decir, leer el cuento y notar que dentro de él existe otro cuento, a lo cual le llamaremos metacuento y que el personaje sabe que lo es al leer el mismo texto en el cual está presente.

Como se dijo, la meta final era hacer una lectura distinta de los cuentos planteados y reconocer los elementos metaficcionales que cada uno de ellos tenía, así como descubrir la forma en que estaban insertados y la manera como funcionaban. También se mencionó que estos aspectos modifican las propuestas de lectura y es por esta razón que el proceso (en cada lector) es distinto. Lo que traté de hacer fue presentar los rasgos metaficcionales y aceptar que pueden existir diferentes interpretaciones como la propuesta, pero siendo consciente de que no es la única.

Algunos términos utilizados a lo largo del trabajo fueron retomados de un glosario planteado por Lauro Zavala, quien —por cierto— ha estudiado varios años este tema. Otros fueron descubiertos para este proyecto, ya que si no existían antes era porque no se habían encontrado textos que permitieran la creación de nuevos conceptos.

Hemos visto que la metaficción es una estrategia que evidencia la ficción interna y que habla de sí misma, por lo cual se ha considerado autoconsciente y autorrepresentativa. Ésta puede ser presentada de manera abierta o encubierta y ser tematizada y/o actualizada, como explicó Linda Hutcheon, lo cual hemos notado. El efecto que produce este tipo de escritura es definitivamente lúdico, por lo que el lector debe ser más activo que modelo (en términos de Umberto Eco) y participar en el intercambio que el texto le ofrece (para lo cual dividí los cuentos en los diez puntos, de manera de poder reconocer la estrategia metaficcional de acuerdo a cada uno de éstos).

Me gustaría terminar citando a Eudora Welty quien ha escrito artículos en torno a la lectura y escritura de cuentos. Ella explica que «un cuento tiene una conducta, pasa por diferentes etapas. Algunos cuentos dejan un halo de luz tras ellos, como meteoros, de manera que mucho tiempo después de haber impactado nuestros ojos, podemos descubrir su significado, como un efecto retardado».4 Esta idea motivó no sólo el título de mi investigación, sino que también al texto en general porque considero que es lo que sucede con los cuentos metaficcionales: casi, si no es que todos, son meteoros.

Ana M. Dotras. La novela española de metaficción. Madrid: Ediciones Júcar, 1994. p. 21. Regresar.Carmen Bustillo. La aventura metaficcional. Colección Tesis ciencias sociales. Caracas: Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 1997. p. 11. Regresar.Jaime Alejandro Rodríguez. Autoconciencia y posmodernidad. Metaficción en la novela colombiana. Colección Ensayo. Colombia: Si Editores, 1995. p. 24. Regresar.Eudora Welty. «La lectura y la escritura de cuentos», en: Lauro Zavala [comp.] Teoría del cuento I. Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995. p. 167. Regresar.

https://letralia.com/99/ensayo01.htm

Publicado por Rubén Garcia García - Sendero

Médico recién jubilado.Nací en Álamo, Veracruz, en 1946, vivo en la ciudad de Poza Rica,. Egresado de la UNAM. Trabajé en la facultad de medicina de la Universidad Veracruzana. Las historias: He sido antologado en Cien fictiminimos,( Edit.Ficticia) Alebrije de la palabra, (Universidad Autónoma de Puebla) Minibichiario, (edit. Ficticia) Lectura de locos,( edit. GH) Cuentos pequeños grandes lectores. 2015 Eros y afrodita Edit. Ficticia 2017 O dispara usted o disparo yo Textos en libros de primaria de la editorial Sm de Puerto Rico y en revistas tanto de papel como electrónicas.

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