Sendero
No tuvo que luchar para depositar en el bote su presa, era una sirenita con ojos verdes y cejas color carbón, que lo miraba resignada. “Debería sentirme afortunado, es un golpe de suerte”. Lo que no encajaba era la mirada lejana de la niña, y su cara tan parecida a la de su nieta que ya lo esperaba en el muelle. La depositó sobre la espuma del mar y enfiló hacia el atracadero sin pesca.

