La metaficción en la minificción por Laura Elisa Viscaíno

Sendero

Minificción metaficcional: personajes y discursos fragmentadosPor Laura Elisa Vizcaíno MosquedaUniversidad Nacional Autónoma de MéxicoEn lo que corresponde a mi investigación, atiendo a estudiar narrativa muy breve, escrita recientemente y que presenta rasgos metaficcionales. Suele ocurrir que, cuando uno estudia el género de la minificción, el microrrelato o la narrativa ultrabreve, hay una tendencia por concentrarse únicamente en la forma, o en legitimar el género frente a otras narrativas de larga extensión. Sin embargo, últimamente he puesto atención en el tratamiento que reciben los personajes, porque ¿qué tanto esfuerzo o tiempo se le puede dedicar a personajes que ocupan un escenario tan corto? Los lectores apenas los empezamos a conocer cuando ya se están yendo. De ahí que me interese provocar la reflexión sobre los protagonistas de ficciones muy breves que, además, con rasgos metaficcionales hacen más profunda la meditación sobre ellos.En cuanto a la minificción, este es un género literario de gran relevancia en países hispanohablantes. No se trata de un nuevo tipo de literatura, porque la brevedad narrativa existe desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, en la actualidad está cobrando fuerza y atrapando la atención de muchos lectores. Al hablar de minificción, eje estructurador de este estudio, me refiero en concreto a textos literarios hiperbreves que tienen una dominante narrativa.Asimismo, la metaficción tampoco es reciente; rasgos de ella se encuentran en novelas como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha o en Tristram Shandy. Pero es evidente que en la actualidad es más común encontrarla, si no en su totalidad, al menos en parte en el cine, en el teatro y, por supuesto, en la literatura. En este trabajo, al hablar de metaficción, me estaré refiriendo al texto literario, ficcional, con predominante narrativa que devela el modo como se construye la ficción, pero sin dejar de ser ficción. Es decir, no se trata de ensayos literarios, sino de ficciones que ficcionalizan los andamiajes del texto; como si en una obra de teatro el escenario fueran los vestidores que, sin embargo, no dejan de ser escenario. Esto se puede lograr, desde mi punto de vista, uniendo el fondo con la forma o la estructura con el tema. ¿Cómo es esto? Considero que hay tres temas constantes que suelen aparecer cuando el texto es metaficcional: la escritura y el autor, la lectura y el lector, y el texto. Esto no quiere decir que por emplear estos temas el texto ya sea metaficcional; lo que ocurre es que estos ejes temáticos son los que preparan el escenario para que la metaficción pueda construirse en escena. Ahora bien, si a estos ejes temáticos se les suman ciertos recursos formales como la intertextualidad, la metalepsis o el mise en abyme, entre otros más, la metaficción cobrará forma.En concreto, la metaficción es un recurso formal que engloba otros recursos formales, pero también es un recurso temático: para que la ficción literaria pueda hablar sobre la ficción literaria, necesita tematizarla en primer término y, en segundo, cada elemento formal debe apuntar hacia el mismo objetivo: exponer a la ficción.Una vez presentados estos puntos, vale la pena preguntarse por qué la metaficción y la minificción cobran fuerza en la actualidad. Y para responder, hay que tocar el asunto de la posmodernidad, el cual trataré aquí como una consecuencia de la modernidad en la que se hicieron promesas e ilusiones, pero todo lo que se esperaba perdió credibilidad, sobre todo, a partir de la Segunda Guerra Mundial. Esto trae como consecuencia una pérdida de fe ante el progreso, ante grandes relatos e importantes autoridades. Como un claro ejemplo de la descredibilidad, se aprecia la ausencia de héroes: los textos literarios se pueden dar el lujo de prescindir de los héroes y engolosinarse mejor con los antihéroes o, como ocurre con la minificción, con personajes tipo: actantes que se pueden sostener gracias a los códigos en común que comparten autores con lectores. Los personajes tipo son reconocibles porque los lectores podemos entender cuál es la clase de sujeto al que apunta el autor; sin embargo no son personajes profundos ni complejos.Para definir al personaje tipo, Francisco Álamo lo explica como: «un personaje que sintetiza lo individual y lo colectivo, dado que encarna en sí mismo toda una categoría de personajes del universo ficcional construida a partir de unos determinados rasgos comunes» (214). En concreto, podríamos decir que los personajes tipo se encuentran en una primera dimensión, en un primer trazo que se dibuja gracias a los denominadores en común entre autor y lector, pero que carecen de fondo y complejidad. Esto trae como consecuencia que los lectores prestemos más atención al discurso que al personaje; situación que parecería negativa al principio, pero al final, como veremos más adelante, no lo es.Esta idea de bocetos y líneas delgadas también es reconocida por José Luis Fernández, quien menciona que en el microrrelato «la imposibilidad de caracterizar personajes o desarrollar atmósferas a través de pausas descriptivas, se vuelve oportunidad, en tanto se diseñan estrategias elípticas o alusivas, para bocetar una coordenada temporo-espacial o delinear el rol que desempeña un actante» (138). Es importante destacar que un personaje bocetado es una oportunidad, y en ningún momento es un obstáculo o una falla.¿Cuál es la consecuencia de que los héroes sean suplantados por personajes tipo, carentes de fondo? La situación provoca que los textos se acorten y empequeñezcan, porque si los grandes personajes ya no son detallados sino esbozados, la extensión se achica.A su vez, John Barth en su artículo «Unas pocas palabras sobre el minimalismo» considera que la ficción puede ser minimalista de tres maneras: en la forma, en el estilo y en el material; en este último entran los «personajes mínimos, mínima exposición de hechos, puestas en escena mínimas, mínima acción, trama mínima» (49). Para fines de este estudio es importante traer a cuento la idea de personajes mínimos, ya que su construcción minimalista es lo que les resta profundidad, pero no por ello interés, su atractivo radica en la situación en la que se encuentran.Por otro lado, si el autor esboza personajes a partir de elementos en común entre él y su lector, entonces trae como consecuencia una mayor responsabilidad que ahora descansa en el lector. Es él quien tiene que activar su memoria, sus experiencias de vida y el recuerdo de otras lecturas para entender a aquellos personajes apenas delineados por un autor que le está tirando la bola al lector.Ahora bien, esto ayuda a explicar, de cierta manera, por qué la tendencia a la brevedad: hoy en día, ya no son necesarios grandes relatos ni héroes; en su lugar hay personajes tipo que requieren menos espacio. Por esto, la minificción va cobrando fuerza en esta época.Por otro lado, ¿qué ocurre con la metaficción? Esta también es común en la posmodernidad, porque si el lector ya no tiene grandes personajes con los cuales identificarse, ¿a qué se enfrenta?, ¿qué es lo que puede atraerlo hacia la lectura? Una vez más, la identificación no se da con los personajes, sino con el discurso en sí mismo, con la situación. Y lo más importante, con poner en duda convenciones marcadas. En concreto, con la metaficción se cuestionan las convenciones de ficción y las convenciones de la realidad.Otro rasgo sobresaliente de la posmodernidad es cuestionar la modernidad, la tradición, la convención y la repetición de paradigmas. «La posmodernidad se niega a ser novedad, y rechaza la idea de “sentido profundo”» (Cifre Wibrow, 51); a diferencia de la modernidad, el objetivo no está en lo nuevo, sino en el cuestionamiento hacia el pasado. Una forma de lograr esto en la literatura es cuestionar las ideas que se tienen de ficción y las ideas añejas de la realidad; por ello la metaficción encuentra un escenario acogedor en la época actual, donde, además, no es necesario profundizar en personajes.En concreto, gracias a que la modernidad nos falló, ahora hay una falta de credibilidad frente a grandes héroes y grandes relatos, de ahí que pueda darse la brevedad narrativa. Y, afortunadamente, esta descredibilidad provoca el cuestionamiento del pasado, que en literatura se manifiesta cuestionando la misma literatura, reflexionando sobre ella y proponiendo su propia crítica, en ocasiones su propia poética, y por ello puede darse la metaficción.Para observar de cerca estos aspectos, propongo centrar la atención en los personajes y en cómo están tratados; para lo cual retomaré ejemplos de minificciones metaficcionales. Considero que son constantes tres tipos de personajes en la narrativa hiperbreve que cuestiona la ficción literaria, estos son: los personajes autores y lectores, los personajes prestados de otras obras, y los personajes que son el mismo texto o la misma palabra.1. Personajes autores y lectoresComo es de esperar, la tematización de la literatura que construye textos metaficcionales da lugar a personajes que escriben y/o que leen. ¿Esto qué trae como consecuencia? Primero observemos un ejemplo que trata al autor; sin embargo, un autor nunca deja de ser un espectador.Un sueñoEn un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben (Borges, 112).Esta minificción demuestra que sin ahondar en el perfil de un personaje, este puede ser construido, identificado y apropiado, siempre y cuando haya un elemento en común con el lector, y ¿qué más común puede ser que la figura misma del autor?En este ejemplo aparecen varios personajes para ser un texto tan corto; sin embargo, estos se repiten sin cansancio ni final; cuesta trabajo ponerles un rostro diferente a cada uno porque sus acciones son las mismas y el mismo protagonista habla de su similitud. Aunado a esto, cuando el personaje es un autor, los lectores no podemos evitar relacionar al autor real con el ficticio. Esto no quiere decir que Borges esté hablando exactamente de él; pero en algún momento, quizás un instante, no podemos dejar de relacionarlo con el protagonista y así poner su rostro en los otros hombres que escriben en celdas circulares, como si un espejo se reflejara sobre otro infinitamente.Asimismo, podría parecer que los personajes no tienen importancia, porque no tienen nombre y porque se les dedica un espacio sumamente breve para describirlos o hablar de ellos. «En narraciones de una o media página, el escritor no dispone ni de tiempo ni de espacio para caracterizar a los personajes, estos pocas veces tienen nombre propio y apenas están perfilados» (Andrés-Suárez, 168). Sin embargo, aunque no están delineados, los lectores podemos terminar de dibujar sus rostros.Ahora bien, estos personajes sin forma fija no carecen de peso, pero sí permiten que nuestra atención se dirija más hacia otros aspectos que tienen que ver con la forma como están construidos; es decir, la brevedad y el tema de la escritura.El siguiente ejemplo muestra cómo la brevedad también puede crear personajes tipo que nos hablan directamente a nosotros, ya que se trata del personaje-lector.IspahanEn Ispahan hay tres jardines. Uno dedicado a los jóvenes, otro a los viejos y el tercero a los que aún no nacen. Los jóvenes juegan al amor, los viejos los observan a distancia. Estos son torturados por la memoria de su propia juventud; aquéllos por la certeza de lo que les espera. El significado del tercer jardín es un enigma. Resolverlo es tarea del viajero: el lector (Pacheco, en línea).En primer lugar, los personajes jóvenes, viejos y lectores de esta minificción están construidos a través de códigos en común entre el autor real y nosotros: lectores reales; por lo que son un buen ejemplo de personajes tipo. A grandes rasgos, nosotros sabemos quiénes son los jóvenes, los viejos y los lectores. En el mejor de los casos, podemos identificarnos fácilmente con unos o con otros; pero, sin duda, nos identificaremos con ese último personaje que se menciona al final: el lector, en el cual nos reconocemos en el momento mismo de la lectura.Lo importante aquí es el papel que cumplimos los lectores. No somos simples espectadores, formamos parte del espectáculo. En sí, las minificciones metaficcionales tienen la ventaja y la genialidad de presentar rápida y fugazmente a los actores que conforman la literatura: el autor, el lector (papel que nos corresponde) y el texto. Si bien no hay grandes héroes, el formato breve y el tema literario son una forma directa de hablarnos a nosotros, los lectores, de incluirnos, activarnos y hacer evidente nuestra participación. En otro tipo de lecturas por supuesto que también participamos, pero ¿qué mejor que hacerlo lo más consciente posible?Como vemos en estos dos ejemplos, los textos son breves, fragmentados, los personajes carecen de nombre y, sin embargo, gracias a su cualidad metaficcional, nos afectan directamente. Si retomamos la frase filosófica de Descartes, «pienso luego existo», podríamos decir que en este tipo de narrativa leemos y luego somos; porque al leer estas brevedades metaficcionales nos hacemos conscientes de lo que somos y nuestra participación se activa positivamente. La conciencia también puede activarse en una novela metaficcional, pero cuando el texto es tan breve, la evidencia de nuestra participación es más inmediata y podemos atraparla en un instante. Los personajes y relatos de minificciones metaficcionales están esbozados para que nosotros, lectores les demos la forma.2. Personajes prestados¿Qué tan fragmentados son los personajes que provienen de otros relatos? Para identificarlos solo hace falta el nombre y algún que otro rasgo que nos asegure que ya conocíamos al personaje desde un texto anterior. Por ende, las líneas que lo dibujan ya estaban trazadas con anterioridad. Así ocurre en el siguiente ejemplo:Franz KafkaAl despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño intranquilo, se dirigió hacia el espejo y horrorizado pudo comprobar quea. seguía siendo Kafka,b. no estaba convertido en un monstruoso insecto,c. su figura era todavía humana.Seleccione el final que más le agrade marcándolo con una equis (Avilés Fabila, 128).Aquí el protagonista proviene de un relato histórico por su contribución a la literatura: se trata de un autor real, pero ficcionalizado en este texto. A veces, de manera automática, se relaciona a Kafka con el protagonista de su famosa obra La metamorfosis. Dentro de esta microficción el autor histórico se solapa con un personaje literario creado por él mismo. Gracias a la intertextualidad donde un texto anterior se ajusta en otro, la fragmentación que podría dibujar un personaje deformado se equilibra con la inclusión de personajes ya conocidos. De manera que el trazo de los personajes depende de la memoria del lector. Asimismo, al final se le habla a otro personaje que, una vez más, somos nosotros los lectores. Y nuestra participación en el texto es tan central que tenemos la importante tarea de elegir entre tres opciones. En consecuencia, es momento de considerar que una literatura breve y fragmentada no traza con exactitud a los participantes de las acciones porque no es necesario, ya que los participantes somos nosotros mismos, nosotros somos quienes delineamos a otros personajes mientras ocupamos nuestro lugar en el escenario.3. Personajes texto o palabraPor último, ¿cómo se dibuja el personaje que resulta ser el mismo texto? Para ello presento el siguiente ejemplo:NacimientoNací a una nueva vida cuando era solo una frase acurrucada en el fondo de un poema. Un hombre que había reparado en mí me repetía con cariño, en esos momentos que preceden al sueño de los humanos. Comenzó también a jugar conmigo: a veces me quitaba algunos de mis ornamentos, y otras me escondía bajo una guirnalda de palabras. Un día me anotó en una libreta que llevaba consigo y me otorgó un título, como el que ahora pongo a estas líneas. A partir de ese momento fui un ser distinto, y no me extrañó que un día me colocara, con mucho cuidado, en medio de otros textos recién escritos. Los días en que era apenas un fragmento de poema habían quedado para siempre atrás (Lagmanovich, 11).A diferencia de los ejemplos anteriores, este personaje está construido a través de metáforas. Esto se debe a que un texto hecho personaje remite a la figura de la prosopopeya, donde el objeto se personifica para poder convertirse en personaje. A su vez, esta transformación permite que la concentración descanse sobre el texto, la palabra y el lenguaje, ya que tautológicamente el discurso es el mismo protagonista. El texto es el mismo personaje. La minificción que leemos es el mismo personaje hablando de sí mismo.Por la brevedad del texto no hay oportunidad de profundizar en el personaje, pero esto se contrarresta con la transparencia de la metaficcionalidad que expone sin tapujos al texto. La prosopopeya permite que el texto hecho personaje tome la palabra y se exponga sobre el escenario; parecería que el texto se ha puesto un disfraz que lo materializa. Así, una vez más, la brevedad y la fragmentación no delinean con exactitud a los personajes, pero existen otros medios para que ellos cobren forma, los cuales dependen de los códigos comunes entre autor y lector. Y aunque no sean actantes profundos, ni héroes, ni estén perfectamente delineados, hablan de lo que son: literatura.En conclusión, los personajes podrán estar fragmentados, deformados o poco delineados, debido a los formatos cortos que los contienen. Pero, por un lado, estos personajes muchas veces somos nosotros mismos, los lectores; o, por otro, somos nosotros quienes terminamos de delinearlos. Y, finalmente, la poca profundidad de los personajes no es un obstáculo, sino un medio para que el discurso y la forma obtengan el papel estelar, y para que los lectores participemos activamente.La fragmentación del discurso y del personaje exige una participación activa del lector que sucede de forma inmediata con los textos breves, ya que estos se caracterizan precisamente por la inmediatez y por dejar fuera mucha información que el receptor debe completar. A su vez, la metaficción consigue una identificación directa y aprehensible entre el lector y la situación del discurso.Con las minificciones metaficcionales, tanto el autor, el texto, como los lectores tenemos la posibilidad de reflexionar sobre la literatura y el papel que nos invita a ejercer; de tal modo que las convenciones literarias se refrescan.Obras citadasÁlamo, Francisco. (2010). «El microrrelato. Análisis, conformación y función de sus categorías narrativas». En Poéticas del microrrelato. Comp. David Roas. Madrid: Arco libros. 209-229.Andrés-Suárez, Irene. (2010). «El microrrelato: caracterización y limitación del género». En Poéticas del microrrelato. Comp. David Roas. Madrid: Arco libros. 155-179.Avilés Fabila, René. (2001). «Franz Kafka». En Por favor, sea breve. Antología de relatos hiperbreves. Comp. Clara Obligado. Madrid: Páginas de espuma. 128.Barth, John. (2010). «Unas pocas palabras sobre el minimalismo». En Poéticas del microrrelato. Comp. David Roas. Madrid: Arco libros. 45-55.Borges, Jorge Luis. (2001). «Un sueño». En Por favor, sea breve. Antología de relatos hiperbreves. Comp. Clara Obligado. Madrid: Páginas de espuma. 112.Cifre Wibrow, Patricia. (2005). «Metaficción y postmodernidad: interrelación entre dos conceptos problemáticos». Revista Anthropos (Barcelona) 208: 50-58.Fernández, José Luis. (2010). «Hacia la conformación de una matriz genérica para el microcuento hispanoamericano». En Poéticas del microrrelato. Comp. David Roas. Madrid: Arco libros. 121-153.Lagmanovich, David. (2010). Memorias de un microrrelato. Buenos Aires: Macedonia.Pacheco, José Emilio. «Ispahán». Documento de Internet disponible en <http://e-kuoreo.blogspot.co.il/…/Escritores%20mexicanos>. Fecha de consulta: 22.09.2014.

Internacional Microcuentista -: Breve entrevista a Laura Elisa Vizcaíno

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