El mascarón de proa de Rubén García García

Noé era un domador fuera de serie, por ese látigo de dios, le fue posible reunir a las parejas de animales en la barca. En la cubierta se atusaba la barba cuando escuchó el canto de una sirena. Gracias al relámpago la vío y no evitó un deseo adolescente. Llegaba sola, y era razón para rechazarla, sin embargo, a escondidas la cargo entre sus brazos. Mientras se quitaba las escamas de la barba, ella abría las aguas con la majestuosidad de sus pechos.

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