De Alberto Sánchez Arguello Nicaragüense

semdero

Alberto Sánchez Argüello
5
LA CARTA DE SCHRÖDINGER
Mi padre se fue a la guerra cuando éramos muy
niños. Pasaron los años sin saber nada de su
suerte, hasta que un día nos llegó una carta que
ponía el nombre de mi madre con su letra. Ella
la miró en silencio y la puso encima del mueble
donde se guardaba la vajilla de porcelana. Mi
hermanita intentó tomarla, pero mi madre le sujetó fuertemente la mano y con su mirada le hizo
entender —y a nosotros también— que la carta
jamás sería abierta.
Por las noches jugábamos a imaginar su contenido: nuestro padre había liderado la batalla final
y el enemigo, abatido y humillado —pero admirado por su heroísmo— le había convertido en su
rey. En otras ocasiones, una bala de cañón había
atravesado su estómago y con su sangre lograba
escribir aquella nota. También lo imaginamos
desertor, oculto en alguna isla del pacífico, viviendo a base de agua de coco y peces dorados. O
bien, secuestrado por un barco pirata que pedía
como recompensa cuarenta lingotes de oro.
Nuestra madre murió después de una larga lucha contra la tuberculosis, decidimos enterrarla
con el sobre; así la carta se convirtió en la herencia que pasamos a nuestros hijos y nietos: todas
las historias posibles de nuestro padre

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