Ana María Shua

Argentina

Quiero dormir. Ante los Dioses del Sueño, postrada, imploro.
Este es tu sueño me responden furiosos. Entonces, quiero
despertar. Caminarás, me ordenan, por un largo pasillo.
Hallarás dos puertas. Una de ellas guarda tu despertar. La
otra, la más monótona de las pesadillas, que es la muerte.
Debes abrir una: el azar o tu ingenio pueden favorecerte.
Camino por un largo pasillo hasta alejarme de los Dioses del
Sueño. Veo dos puertas. Junto a ellas, inmóvil, espero.
Creado por Dioses tan poderosos como los del sueño, tarde o
temprano sonará el despertador.

Jadeando, llego a los límites de un sueño. Puedo cruzarlos de
un salto y estaré a salvo. Sin embargo, tomo mi lanza y me
preparo. Si huyo, vencida, hacia el despertar, mi derrota no
tendrá fin. ¿Acaso volveré a soñar alguna vez el mismo
enemigo?

En la cola, el público se enoja. Unos claman contra el
gobierno y otros contra el desgobierno. En su ventanilla, el
funcionario, impasible. Pero ese hombre está dormido, se
agita delante de mí un señor calvo. No señor, los que estamos
dormidos somos nosotros, le explica una señora en voy muy
bajita (el que se despierta pierde el turno). Muchas horas
después doy mi nombre en la ventanilla sólo para descubrir
que me he equivocado de sueño

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