La desmemoria de Rubén García García

Sendero

La desmemoria de Rubén García García Te vi una cara de “no me acuerdo”. ¿Cómo es posible que no lo recuerdes, si los llevaba en su “bocho” a todas partes,

-“Ah el Rondi”, – exclamaste: -pues muy apenas. Te di la razón, ¡también soy desmemoriado! pero se me hace dificil creer que se te haya olvidado.

Tenía alrededor de treinta años, ágil, con sus risos dorados que le caían sobre la frente. Alto, esbelto. Con una manera de caminar felina y al cruzar la pierna, dejaba que el pie se balanceara como si tuviese un resorte. Era típico de él, como lo tuyo; antes que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina, y desde allá le preguntabas: “qué se te antoja” lo que pidiese, y tú intentabas complacerlo. Tu esposo, Toño, sonreía satisfecho de que fueses buena anfitriona.

Latz y yo, creíamos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabíamos que era del norte, pero nunca mencionaste cómo lo conocieron y que los visitaba casi a diario. Comían y cenaban con él. Todavía más, en algunas ocasiones, ya muy noche nos despedíamos, y él se quedaba ¿Habrá sido posible que te hayas olvidado de él?

Antes del Rondi, los cuatro hacíamos planes, que si vamos a la playa o vamos a rolarla. Por supuesto Latz y yo una que otra vez nos pasábamos de copas, tú siempre fuiste ecuánime, medida. Toño no tomaba. Tenía un carácter llevadero, alguna que otra vez se le zafaba un tornillo y era capaz de desbaratar cualquier fiesta; entonces era mejor despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi?, quien sabe, solo sé de ese período, que fue tan especial para ti y más parecías esposa del Rondi que de Toño.

Te reconocíamos por tus ojos de gata, boca breve y labios gruesos. Piernas largas y velludas. Sí, en aquel entonces, la mujer no se rasuraba. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de que te veías enajenada? Pienso que no. Toño les tenía tanta confianza que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, también pasaba con Latz, conmigo, pero nosotros éramos amigos de muchos años y despedíamos al gordo con bromas y él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada. ¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi!, en la playa, en casa, y aquella noche, que no estuvo Latz.

El calor sofocante era tolerable con cerveza oscura artesanal bien fría, tomábamos al parejo cuando se fue la luz. Se hizo un silencio y minutos después sentí tus manos explorándo y yo sentado, quieto, sabía que no era la vecina, con tu boca mordías suave en mi ingle. Excitado, solamente bajé el zíper, y sin ayudarte hiciste el resto, lo suficiente para sentir la presión y la humedad de tus labios y yo acariciando tu nuca; luego tu voz:” ya vete… mi marido no tarda en llegar”. semanas después, el que llegó fue el Rondi.

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