La señora Garay de Rubén García García

Sendero

No tenía cuarenta y ocho horas en el poblado y ya estaba haciendo las maletas para salir del lugar lo más pronto posible. Mi furia provocaba que metiera la ropa con desorden en la valija y, al mismo tiempo, repitiera:

— ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?

Llegué a ese sitio después de siete horas de vuelo. Días antes, me sentía agotadísima y no dudé en aceptar la invitación de un amigo para reposar en su casa y después visitar la campiña.

—Véngase, verá usted que por acá se recupera. La tranquilidad del paisaje será un bálsamo para su espalda y un aliciente.

Trabajé el doble en los días previos y, un viernes, volé al poblado que colindaba con la montaña y la selva. En una tarde, pisé tierra. Mi amigo llevaba una pancarta de cartulina, donde decía: “Bienvenida, señora Garay”. Me reí de su ocurrencia. Compré el boleto de retorno; el servicio era cada ocho días.

Después de los saludos, abrazos y preguntas de rutina, subimos al taxi. Él guardó silencio para darme la libertad de mirar el paisaje. El verde lo cubría, diferente al altplano. Respiré el presagio de un día bochornoso. Arribamos a la pequeña ciudad, nada que anotar.

Dentro, en la construcción rústica se oía silencio. Suspiré aliviada, me dije que lo sustancial era descansar del ruido y de las tensiones.

Mi amigo Salvador, era un hombre de cuarenta años, complexión atlética, nariz gruesa, la mirada viva, que en momentos se retraía. Un lunar enrojecía parte de la ceja derecha. Moreno, con facciones más de aborigen que de criollo, su charla era pausada y su trabajo era asesorar empresas en normas de contabilidad. Me relacioné con él porque fuimos padrinos. Yo, por parte de la novia; él, del novio. Compartimos la misma mesa y entablamos una conversación trivial. Él siguió en contacto por cartas, postales.

Trato de ordenar mis ropas, por mi enojo, solo amontono, entonces, acumulo más coraje.

En el interior de la casa saludé a la señora y a su pequeño hijo. Ella mantenía el aseo y el orden. Era una mujer de mediana edad con facciones gruesas, obesa. El crío tendría unos tres años; al ver a Salvador, le extendió -de inmediato- sus brazos, y por la manera en que se estrecharon, percibí que había un vínculo especial. La vivienda tenía dos recámaras. El calor empezaba a percutirme las sienes y después del viaje, lo que deseaba era darme un baño y tirarme en una cama. — ¡Estás en tu casa! Regreso después. Tengo una cita que no me fue posible posponer. Me dijo.

Salvador se fue al trabajo. Quedé sola, también, desaparecieron la señora y el niño. Me di un baño, calcé una bata de algodón y me tiré cuan larga era en la cama de él. Cuando desperté, todo estaba en silencio. Respiré hondo. Mentalmente vi a mis hijos y sonreí. Oía el golpe de mi corazon. La primera vez que me alejaba de ellos, y su presencia se hacía más grande. No pude contenerme y me pregunté, ¿qué hago aquí? para darme ánimos, me contestaba en voz alta: vengo a descansar. ¡Mis hijos casi son unos hombres!

Febrero es un mes de recuerdos. Fue en las fiestas de carnaval cuando me uní a mi esposo. Caminábamos por la calle, la gente bailaba al son de la música, nosotros teníamos luz de mañana que nos hacía resplandecer. Juntos hicimos que el río cambiara de colores, hasta dejarlo como una corriente sepia. Eran ruedas de fuego en mi vientre cuando los cuerpos coincidían. Siempre fue así. Ya no está conmigo, la vida decidió por él y jamás volverá. Tengo dos hijos que son mis montañas. Por ellos aprendí a luchar, salir al mundo y dejar los miedos. Hoy camino con seguridad y domino los vericuetos de una profesión. He viajado mucho y estoy en reuniones donde el protocolo y la norma son esenciales. ¡Es tan diferente! El tiempo que pasé en familia con el amor de mis hijos y los besos de él, bajando por mi cuello para susurrarme al oído “te quiero”, es incambiable.

Pude controlar mis impulsos. Aprendí a decir no y a sonreír con discreción, a ser firme y amable. Supe de las intenciones ocultas de los varones y de su perseverancia en ofrecer simpatía, promesas. Supe de la seguridad que ellos tienen en sí mismos al pensar que la mujer sola, correrá tarde o temprano a sus brazos. Debo admitir que soy prudente, pero la solicitud masculina me aturde. Me pregunto, ¿por qué me causa turbación? Y la respuesta no llega clara, quizá mis afectos se quedaron escarchados. Me atemoriza tener una relación, oculto mi indecisión con un gesto suave, pero frío. No puedo quitarme de la cabeza al hombre que amé cuando eran las fiestas del carnaval. La gente bailaba con máscaras y mi cara tuvo un brillo que jamás ha vuelto a tener.

Mi amigo era más parlanchín por carta que en persona. Me lo imaginaba más extrovertido. De la fiesta, apenas lo recuerdo. En mi labor diaria es importante tener un perfil de cómo puede ser la gente, pero en el caso de él, su introversión era un obstáculo. Su mirada parecía distante, fría y, ocasionalmente, se iluminaba y eran sus pupilas dos tizones como la vez que juntó su cara con la del niño. ¿Sería de él? No recuerdo que me haya comentado que tuviese uno.

¿Dónde dormiré? En una recámara está la sirvienta con su hijo, ¿quiere decir que compartiré la cama con Salvador? ¿Acaso pensó que al estar en su casa aceptaría estar en pareja? ¡Dios, dónde me vine a meter! Parece que tocan, o quizá llueve, o son las dos cosas… debe de ser la sirvienta y el niño que regresan. ¿O se fueron?

Era Salvador con unos presentes. Yo estaba en la cama con una ropa holgada, el pelo revuelto. Sobre mi cara tenía la almohada que me ocultaba parcialmente. Él, sentado en un borde, empezó a darme los obsequios. ¡Me encantan! Llevan un algo de quien te los da y un secreto al cual debes llegar; pero, en ese instante, lo que menos quería eran regalos. Él me acarició la cara y alisó mi pelo con la palma de su mano. —Es usted muy hermosa, señora Garay.
Le di las gracias con una sonrisa forzada y tímida; creí prudente preguntarle por el sitio en dónde dormiría, ya que tendría que acomodar la ropa. La contestación me dejó sin palabras. –Aquí, conmigo… ¿Le molesta?

Me consternó. Casi lloré en ese momento, pero me contuve. Mi aspecto de mujer segura, viuda, con dos hijos adolescentes, acostumbrada a decidir, conocedora de etiquetas, daba una imagen. En ese instante, parecía tener por dentro menos de quince años. Me enamoré de mi esposo. Sabía que era él y me hizo la mujer más afortunada cuando accedí a tener intimidad. Después de ese día sólo importaba ser cubierta por sus brazos que eran un refugio. En este otro momento, me sentí en despoblado. Furiosa conmigo por no tener una actitud solvente. Tenía enfrente a un hombre que decía, sin ningún empacho: aquí dormirás, ¿te molesta?

Se fue para darse un baño. Llegó al borde de la cama e intentó acostarse a mi lado y besarme. Lo evadía y trataba de hacerle plática para distraerlo de sus pretensiones, mas él volvía a la carga. Estaba en su casa, en su cama, y él con un modo de asalto que seguramente repetía por estar acostumbrado a tener múltiples encuentros. Entonces, dimensioné el problema, como cualquier otro, y lo enfrenté. Le dije que no, que no esperaba una actitud así. Mi forma de ser estaba muy lejos de lo que él pensaba.

—La intimidad es un fruto al cual se accede después de un camino recorrido — ¡No me desconcierte! Vi cómo apretó las mandíbulas; y en sus ojos, la luz intensa -poco a poco- se fue diluyendo. Sonrió, sin malicia, y movió la cabeza. —Comprendo. Entonces, vayámonos de paseo, compremos víveres

Me vestí a toda prisa y dos horas después, regresábamos con la despensa. Acomodamos las cosas y me llevó a un sitio de la casa que no conocía; era un área que servía de estancia, o bien de garaje. Estaba tapizada de madera, con hamacas y poltronas. De la cocina, trajo jugo de frutas, unos bocadillos y desenfundó una guitarra. Solo quedó un foco que ofrecía una luz mortecina. Lo miraba con el rabillo de ojo; tomó la guitarra y empezó a cantar con soltura. Tenía una voz dulce, melodiosa, que fluía con sentimiento. Logré olvidar el mal momento anterior; y él, entre canción y canción, me platicaba parte de su vida. No obstante, no renunciaba a estar cerca de mí y, descuidadamente, pasaba una mano sobre mi muslo, o bien, me daba un beso en la mejilla. Aún, no digería pasar solo la noche. Se acercaba la hora de irse a descansar, y mi inquietud se engrandecía.

—Acuéstate en mi cuarto, yo me iré a la otra recámara –me dijo. — ¿Y ellos? —Se fueron al campo. Allá tengo otra propiedad, mañana la conocerás. Me sentí aliviada.

La noche de las ciudades tiene olor a edificio viejo, a claxon y chillido de llantas. El ruido de las aldeas pequeñas conserva el tono del grillo, de la chicharra y de gallos que se encadenan con aullidos de perros. Era medianoche, el calor hacía arder las paredes de la casa y, a pesar de eso, me fue venciendo el cansancio. Desperté abruptamente, los truenos tienen un efecto angustiante para mí, sin embargo, cuando intenté volver a dormirme fue imposible. La luz reflejada en el vidrio, el ruido ensordecedor de un rayo con la llegada intempestiva del agua, cayendo como pisadas sobre el tejado, me mantuvieron en un estado de tensión. ¡No pude más! Me fui a la recámara de él. Dormía profundo, me reuní a su lado y el día nos encontró juntos. ¡Claro, la mayor sorpresa fue para él!

— ¿A qué hora te pasaste? No me di cuenta. ¿Te asustaron los truenos? No les hagas caso, en estas regiones son frecuentes. A mí, me arrullan.

Mientras él se bañaba y vestía para despachar unos asuntos urgentes, yo me fui a la cocina y preparé un desayuno, como los que le hacía a mi esposo. No lo pude evitar y cuando fritaba unos huevos con tocino, me llegó su recuerdo. Salvador no llegaba hasta pasado el mediodía. Nada mejor que el trabajo para distraer la mente, así que cuando él apareció, la casa lucía con olores de pino. Se me acercó, me dio un beso en la mejilla y me dijo que estaba hermosa. Sonreí.

Había un sol tibio, una mañana fresca y el verde húmedo. Íbamos hacia la casa de campo, pero cuando el carro llegó a la mitad del camino lo aparcó. Se perdió un instante entre el monte y poco después, lo vi aparecer con un caballo.

—Aquí te irás, sube en él —indicó.

Yo me quedé de una pieza. En mi vida había cabalgado, pero la insistencia de él y la seguridad que me transmitió, me hizo decidir. Me ayudó a montar sobre la silla. Él tomó las riendas del caballo. Iba delante, pero se volvía y me indicaba que me sujetara de la montura. ¡Qué sensación! Percibo el jadeo del equino que me abre como un compás las piernas y la crin que se columpia al ritmo de mi pelo. Era un caballo manso, pero arriba de él, imaginé ser una amazona. Más, al recordar los truenos, reí.

Llegamos a una casa rústica, con un tejado rojo y un corredor donde colgaban helechos. En la parte de atrás, tenía sembrados árboles frutales y estaba dispuesta una hamaca bajo la sombra. Disfruté de quietud, sin embargo, el niño de la sirvienta –Rodolfito– sólo deseaba estar con Salvador y éste, por complacer al niño, se olvidó de mí.

El hombre y el chiquillo se hicieron uno; me dejaron a la deriva y terminé vagabundeando. Al verlos, me afirmé en la idea de que el niño era su hijo. Lo que no me cabía en la mente era que él hubiese intimado con la sirvienta. En la tarde le insistí en volver, pues estaba cansada, pero el niño no lo dejaba y optó por llevarlo, aún cuando vio mi contrariedad.

Ya en la casa, Salvador y el niño se acomodaron en lo que era la recámara mía y disfrutaron de una película infantil. Molesta, deambulaba sin saber qué hacer y con deseos de tirarme a descansar. ¡Joder! Me sentía de más. Después, comprobé que estaban dormidos. Empecé con un disgusto que nacía en el estómago y me reventaba en el pecho. El hormigueo de mi cuerpo me exigía caminar, refrescarme la mirada viendo otras cosas y no las cuatro paredes. Contemplar a un hombre dormido con un niño, que se pegaba más a él que a su mamá, me traía el recuerdo de mis hijos. ¿Qué estarían haciendo? ¿Y qué hacía yo, sino invadiendo una rutina? Sin pensarlo mucho, desperté a Salvador. — ¡Quiero salir, conocer la ciudad! Él, adormilado, buscó en el pantalón las llaves de la casa y me las ofreció. Esto me molestó más. Con el vaso colmado, arranqué furiosa a hacer las maletas. Cuando terminé de empacar, ya un taxi me estaba esperando. Así que alcé la voz para despedirme desde la puerta. — ¡Me voy, y gracias por tu hospitalidad! Saltó como si la casa se estuviera quemando.

— ¡No, no, ten calma! ¿Qué vas a hacer? —Balbuceó. Salió corriendo y le ordenó al chofer que esperara.

—Dime en qué te ofendí, recién llegaste y quieres irte. No, no lo acepto. Perdóname si te dije algo impropio. Disculpa. —Quiero irme, aquí estoy de más. —No te entiendo. — ¿Cómo que no me entiendes? ¿Crees que me siento a gusto viéndote dormir con ese crío? ¡Más bien, pareces su mamá! ¡No vine de tan lejos para estar encerrada y quiero divertirme, no verte dormir! ¡Salir, pasear, tomarme un café, mirar, mirar, estoy ansiosa de mirar, de tomar fotos! ¿No entiendes eso?

Se fue a la recámara, tomó al niño entre sus brazos y abordaron el taxi. — ¡Luego regreso! ¡No te vayas! ¡No te vayas! ¡Luego, regreso! Iré a dejar al niño con su tía que vive a treinta minutos de aquí. ¡Espera, por favor!

Con la cámara al hombro, partí -a pie- a conocer el pequeño poblado, admiré sus buganvilias en flor, los inmensos árboles que tenían -en las puntas- piñas que colgaban como acordeones. Entré a la iglesia, me metí a un cine. Al salir, pedí una nieve de pitahaya. Era cerca de la medianoche cuando regresé a la vivienda. Él estaba dando vueltas. Alzó los brazos como dando gracias a Dios porque había llegado. Pensé que me iba a reprochar, pero sólo se limitó a abrazarme.

—Disculpa por el mal momento que te hice pasar, mira qué noche. ¡Esta última hora fue un infierno! ¡Me preguntaba si algo te habría pasado! Te hice un jugo de fruta. —Estoy cansada.

Me dirigí a la habitación. Por la mañana, él exprimía las naranjas y yo me ocupé de hacer el café. Desayunamos en silencio, pero después empezó a contar -con gracia- algunas cosas que le sucedieron. Yo hice lo mismo y terminamos riéndonos a carcajadas. Le pregunté por una farmacia, pues la menstruación se hizo presente. Él limpió la cocina. No me permitió hacer nada. Me preparó un té de orégano, remedio de su abuela que sirve para los dolores menstruales, cosa que le agradecí, ya que ha sido uno de mis tormentos desde que apareció. Llenó un termo para disponer del té en cualquier momento. Me hacía reír, pero me hizo recordar a mi madre cuando ponía compresas calientes sobre mi panza.
Fuimos a comer a un restaurante donde el plato fuerte era carne aderezada en un patio con árboles en floración. En la noche cantó y todo se nos iba en risas. Abruptamente, me abrazó y su boca rozó mis labios; lo alejé. No insistió. A la medianoche dijo que no tenía deseos de dormir, y nos pusimos a jugar ajedrez y continuar con la charla. El sueño me venció. Me levanté antes de que amaneciera y merodeé por la casa. ¿Buscando qué? Nada. ¡No buscaba nada! Era sólo una conducta aprendida de ver a mis hijos dormir Me ponía de pie a deshoras de la noche y veía a mis hijos dormir, que estuviesen bien. Regresé. En la casa había otro hombre, hasta hace unos días desconocido; hoy, sabía que era una persona solitaria con capacidad para dar afecto, pero también con la inclinación para cerrar la puerta de su corazón. Estaba horas con la guitarra. Él decía que sólo practicaba, pero no, más bien huía de sí mismo.

La alborada me descubrió grandes árboles que recortaban la luz suave de un sol que prometía ser abrasador. Cuando Salvador se levantó, ya estaba listo el desayuno y yo me había dado un baño que me reconfortó. Me sentía mejor, la molestia menstrual era sólo ocasional y perfectamente tolerable.

Después de una hora de camino, Salvador me llevó a conocer una zona boscosa que distaba a una hora. Allí, el silencio era intenso: sólo se quebraba por el griterío de los loros y cuando el viento frotaba a los helechos gigantes. Conocí lo que daba vida al pueblo. Me impresionaron los árboles viejos, siguiendo el tallo tenían múltiples cortadas en zigzag, antiguos caminos por donde una vez bajó abundante látex. Se veían como cicatrices abultadas y en algunos puntos supuraba una resina amarilla en un intento vano de rehacer su piel vegetal. Instintivamente, me toqué la cara y no pude evitar que un dolor me apretara por dentro. Ya en el asiento trasero, Salvador sacó el termo para darme mi dosis de té. Me reí y, espontáneamente, me eché a sus brazos y le di un beso tierno en la mejilla. —Uf, será la última dosis ya que las molestias son mínimas. -Dije. —Duérmete un rato, pues en la noche saldremos. ¡Es una sorpresa! Ponte hermosa. Me dijo al llegar.

Pasamos la frontera, y dos horas después, estábamos instalados en una mesa, cómodos y con bocadillos. Él, con cóctel basado en vodka; yo, sólo jugo de toronja. El espectáculo no tardaría, se trataba de un mago que nos llenó de admiración durante dos horas. Fue una velada maravillosa, salimos al alba. Enfilaba hacia el poblado, pero le sugerí quedarnos en la ciudad, pues la madrugada estaba llena de neblina. Nos registramos como un matrimonio. Ambos nos bañamos. Recostados, empezamos a jugar adivinanzas. En el fondo, lo que él deseaba era apostar y ser ganador. Me divertía. El hombre que me había dicho “le molesta dormir conmigo”, ahora era un adolescente que no sabía cómo pedirme un beso. Sacó del enfriador una bebida con bajo contenido de alcohol y de sabor a fresa. Le dije que me diera un trago, pero estaba tan dulce que no tuve reparo en tomar más de lo debido. Me dije: “espero que no me haga daño”. Diez minutos después, me dieron ganas de llorar y arranqué en sollozos. Él se quedó turbado. — ¿Qué tienes? ¿Te hice algo? Dime, ¿qué tienes? Por favor, perdóname si te insulté. — ¡No me hagas caso, no me hagas caso! Sólo tenía ganas de llorar. — ¡Pero si estabas bien! Dime, qué sientes, yo te escucho. —Me asaltó la imagen de mi esposo, pues la última vez que salimos juntos, también, vimos un espectáculo de magia –le dije gimiendo, entre sollozos. —Respira hondo, ten calma. Son coincidencias, sólo es eso. Tranquilízate. Me dio un beso en la frente, en la mejilla, se acercó, y yo me recosté en su pecho. Sentí los brazos de él apretándome la espalda y poco a poco, me fui calmando. Lo besé cerca de sus labios, y él lo hizo en los míos. Fue tierno. Mis manos estaban en sus hombros y las de él, sin prisa horadaban mis espacios por tanto tiempo invulnerables. De entre los besos, no pude contener el sollozo cuando sentí su masculinidad cerca de mi sexo. Se detuvo y volvió a abrazarme. Me platicó que siempre me había querido. Desde la fiesta, había quedado motivado por mi forma de ser. Si me escribió durante muchos años, era con la esperanza de encontrarnos; y ahora, que estaba a mi lado, se veía recompensado. —No voy a lastimarte. Es lo que menos deseo –me dijo. Por la sed, me tomé el resto del refresco. Tenía que rescatar lo que de mí había y no dejé que me tocara, fui yo quien lo besó y cuando el ardor brotaba incierto, exploré más con mi boca y sentí una ola, después otra, entonces rodaron por mi cuerpo los primeros brotes del deseo; se asomó de lejos, pero a medida que avanzaba la luciérnaga se convirtió en pelota rodante que me incendiaba. Simplemente, lo dejé hacer. Con mis manos en su espalda y las de él en mis caderas, me invadió suave, despacio. No cerré los ojos, veía su lumbre y lo invitaba a tomar mis senos y a que los mordisqueara. ¡Tanto tiempo sin intimidad! Y esa vez volví a renacer, a convertirme en mujer, besando a un hombre que hacía un mes para mí era casi un desconocido, pero yo para él no. Me amaba.

En el avión de regreso, pensaba en mi manera de ser: me vi en el espejo de hace ocho días, y puedo ser tierna, compartida con las cosas que amo; asegurarme que los pequeños detalles estén presentes, pues son los que cubren de alegría nuestra vida. Es cierto que, de vez en cuando escapo a mis tristezas, a mis enojos y dolores que todo hombre o mujer tiene, y valoro una caricia en la mejilla, un roce de labios en la frente o un beso que juega con la piel de mis senos. Atesoro caminar bajo un atardecer o refugiarme en los brazos de él al escuchar el estallido de los truenos. Hoy, que ha pasado todo, puedo decir que el amor es esto; pero falta algo más, algo que no tiene nombre, que es inefable y que Salvador nunca tendrá.

Se quedó fijado cuando la gente bailaba con máscaras de colores y la luz sepia caía sobre la corriente del río..

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