Del Libro “nadie piensa en los niños” de Santiago Eximeno

Español

Bajo un árbol
Cae una nuez. La niña mira hacia arriba, hacia las ramas del árbol,
pero no ve a la pequeña ardilla. En el bosque ya ha anochecido y
la niña tiene los ojos hinchados de tanto llorar.
Todavía cree que su padre volverá a buscarla.

De hombres y trenes
Desde la ventana de su habitación el niño veía pasar los trenes.
Sentado en su silla de ruedas, consciente de que nunca volvería a
caminar, el niño acercaba su rostro hasta que su nariz rozaba el
cristal y miraba cómo los vagones se desplazaban de un lado a
otro, recorriendo las vías como bestias temblorosas. Bestias que
temblaban, sí, temblaban de miedo.
En ocasiones su madre entraba en la habitación y le
acariciaba la cabeza y le decía que no se preocupara, que no
tuviera miedo, que no volvería a ocurrir. Que ya podía salir del
cuarto, apartarse de aquella ventana. Él asentía, pero no se movía.
De mayor seré maquinista, le decía a su madre, y ella
recordaba el accidente en las vías y lloraba y le decía lo orgullosa
que estaba, le decía lo valiente que era.
Maquinista, pensaba ella, para dominar sus miedos.
Maquinista, pensaba él, para introducirse en el interior de
una de aquellas bestias temblorosas y dominarla y descarrilarla y
saldar la deuda.

Al alba
Amanece cuando Mundego vuelve a casa, amanece cuando se
interna en ese edificio ruinoso que alberga el cuarto vacío, triste,
frío, que nunca ha sido capaz de llamar hogar. Mundego habla en
voz alta mientras abre la puerta, murmura resabios y maldiciones
que le acompañan de la noche al alba. Cada recuerdo en forma de
mirada esquiva, de gesto de desprecio, de susurro avergonzado,
acompaña hasta la mesilla donde deposita con cuidado los billetes
arrugados con los que el hombre enjuto, torvo, al que obedecen
las mujeres de la noche, le pagó la jornada. Después, como
siempre hace al amanecer, se encierra en el cuarto de baño para
derramar su dolor. Mientras Mundego llora su desconsuelo, vierte
en la bañera desportillada del cuarto de baño esas lágrimas
contenidas durante la larga noche, lágrimas de soledad, de
culpabilidad, lágrimas que no puede compartir con los extraños
que frecuenta cada día en esta ciudad desconocida, oscura, que no
le acepta por mucho que él lo desee. Mundego llora y llora y llora
sin pausa, y solo se detiene cuando la bañera está llena por
completo de su tristeza.
Entonces, como hizo aquella vez que no ha podido
olvidar, se sumerge en el frío líquido sin retirar una sola prenda
de su cuerpo, en busca de ese niño sin nombre que no tuvo suerte,
ese niño que viajaba con ellos en esa noches sin luna, perdido
entre la multitud que inundaba la barca, y justo antes del amanecer
cayó al mar.
Ese niño sin nombre que sus manos vacías, trémulas,
frías, no lograron encontrar.

Paciencia
Ya pensaríamos más tarde en acostarnos. Ahora era el momento
de encender la tele, de ver dibujos animados. De saltar en el sofá,
de reír, de gritar. De buscar en la nevera la tableta de chocolate
que siempre estaba escondida detrás de las verduras.
Ya tendríamos tiempo más tarde de preocuparnos del
vaso de leche volcado, de la silla caída, de los dedos de la abuela
engarfiados en el mantel. Era el momento de enfrentar nuestras
espadas de madera, de fintar, de atravesar las defensas del otro.
De exhibir nuestras habilidades mientras en la televisión Íñigo
Montoya vengaba a su padre.
Era tiempo de duelo, pero no queríamos pensar en ello.
Al fin y al cabo, mamá no vendría a buscarnos hasta la
noche.

Amor de madre
¡Qué feliz vemos a Dulce cuando entra en el mar!
Sonríe desde que la bajamos de su silla de ruedas y no
deja de hacerlo mientas la llevamos en brazos por la arena.
Después, cuando sus piernas, finas como palillos, entran en
contacto con el agua salada, grita de emoción.
¡Qué alegría verla nadar!
Se sumerge bajo el agua y aparece de nuevo entre risas y
espuma. Y salta y se hunde y vuelve a salta, y después nos saluda
con un movimiento de su cola.
Pero termina la tarde y debemos volver a casa, así que
mamá nos ayuda con la red y la atrapamos y la arrastramos por la
arena, de vuelta a su silla de ruedas. Dulce llora y grita y nos
amenaza, y creo que si pudiera nos daría patadas con sus pequeñas
piernas, pero mamá la abraza y la consuela y le susurra cosas
bonitas.
Yo siempre digo que eso sí es amor de madre

Santiago Eximeno 💀 on Twitter: "Malditos es un juego narrativo solitario  en el que tomas el papel de una persona que ha recibido un objeto maldito.  Y es gratis. https://t.co/QvyQNV3bd8 #rolgratis #jdr #
Santiago Eximeno es un escritor madrileño nacido en 1973. Siempre se ha sentido atraído por la literatura de género, particularmente por aquella que transita por los lugares más oscuros, por lo que su obra está impregnada de melancolía, dolor y miedo.

Aunque ha publicado varias novelas, frecuenta el relato y el microrrelato, y es en estas distancias cortas donde muestra su repertorio más exquisito.

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