La metamorfosis de Diana

José Manuel Ortiz Soto

Floración

Despertó sobresaltada. Soñó que iba desnuda por la calle, seguida por una turba de chicos, colibríes e insectos. «¡Qué locura!», se dijo ante lo inverosímil de la historia y entró a la ducha. Mientras el agua removía los últimos remanentes del sueño, vio como al contacto de sus manos jabonosas, los minúsculos botones de sus senos comenzaban a abrirse.

Esa mañana, camino a la escuela, Diana exhibía orgullosa sus fragantes alcatraces.

Crucero

Para Beto Gómez, mimo

Era maestro en el arte de comunicarse sin palabras. En noventa segundos, los automovilistas veían transcurrir ante ellos escenas tomadas de la vida misma. La actuación terminaba cuando el mimo recogía del piso una mochila inexistente, decía adiós al público imaginario y echaba a andar por un camino que iba construyendo a cada paso, seguido por la verde mirada del semáforo.

Vacaciones de verano

—No hace mucho, yo era un niño que jugaba en el atrio de la iglesia del pueblo. Las amplias jardineras servían de campos de futbol o de coliseo donde dirimíamos nuestras diferencias a golpes. De las imágenes que mi mente conserva, destacan unas donde estoy sentado en la horqueta de un fresno. Abajo, junto a la calzada, mis amigos patean una pelota. De pronto, alguien señala a una lagartija que sube a toda velocidad por el tronco del árbol. Antes de que yo pueda hacer nada por apartarme, el reptil entra en una manga de mi pantalón. Mezcla de horror y repugnancia, chillo y me contorsiono hasta que el bicho cae al piso. «¡Te ha mordido un nahual!», me dice una mujer vestida de luto al pie del fresno; en su voz tortuosa advierto una sentencia. Creo que así fue como me convertí en lagartija. —Ay, mi amor, en realidad eres una vieja cámara fotográfica en desuso. Las imágenes que me describes se quedaron grabadas entre tu juego de espejos y el obturador.

Ausencia

Como cada tarde, al volver de la escuela, la niña se detiene frente a la puerta entreabierta de aquella habitación.

—Anda, ve y cuéntale a tu mamá cómo te fue hoy —ordena la abuela.

Dubitativa, la chiquilla atraviesa el cuarto repleto de aparatos y oloroso a medicinas. Deja caer la mochila en el suelo y se acerca a la cama.

—¡Tú no eres mi mamá! —solloza al rozar con los labios el rostro inexpresivo y ausente de la mujer allí postrada. Luego, incapaz de soportarlo más, la niña sale corriendo de aquel lugar.

Bandeja de plata

Cubierta apenas por la transparencia vaporosa del velo de seda, Salomé se contonea grácil y sensual. Percibe su cuerpo mancillado por miradas desbordadas de deseo, manos ávidas que la alcanzan y se funden al contacto con su intimidad; siente el fuego de la lengua que lame persistente su entrepierna. «¡Juan!», gime entre la marejada de contracciones que la inunda. Un rato después, Herodes, el viejo lebrel afgano que rompiera el cuello a su difunto esposo, devora complacido la doble ración de croquetas.

PINTORES Y PINTURAS - JUAN CARLOS BOVERI: JEAN SALA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s