Hay que atrapar al lector por Carles Rosello

No hay escapatoria: la teoría narrativa es imprescindible.

Sin ella eres como un carpintero sin herramientas.

Hoy veremos un ejemplo de esta teoría (y no uno cualquiera, sino el recurso dramático por excelencia).

Pero antes déjame advertirte de algo.

Algo que me ocurrió a mí y que me gustaría ahorrarte.

El caso es que de joven asistí, cómo alumno, a multitud de cursos de escritura.

Algunos de esos cursos eran muy buenos (otros no tanto), pero incluso en los mejores, por más teoría que me ensañaran, yo no conseguía asimilar casi ninguna.

¿Por qué?

No porqué fuera un mal alumno (siempre he sido un aprendiz bastante digno).

Ni porqué los profesores fueran malos (tuve la suerte de tener muy buenos profesores).

Sino porque me faltaba un marco conceptual sólido dónde colgar y ordenar toda esa teoría de un modo útil.

Sin él, todas aquellas herramientas, que me hubieran sido tan útiles, quedaban desordenadas en el baúl de mi memoria y, cuando llegaba el momento de utilizarlas, no me acordaba ni tan siquiera de que las tenía.

Organizar e interiorizar esa teoría me ha costado casi quince años.

Para que no pases por lo mismo te recomiendo dos cosas:

  1. Céntrate en lo esencial, o quedarás abrumado por toda la teoría que podrías aprender.
  2. Ordénalo y crea un resumen personal, para tener a mano la teoría clave cuando la necesites.

Cómo es natural, esto es lo que te doy en Palabras para tus ideas  y en el resto de cursos y servicios.

En lugar de intentar explicártelo todo (algo imposible, por otra parte) he seleccionado y ordenado la teoría cuidadosamente para:

  1. Darte todas las herramientas clave.
  2. Presentártelas dentro de un marco conceptual claro y justo en el momento en que vas a necesitarlas.
  3. No marearte con conceptos prescindibles.

Para que lo tengas todo a mano y puedas centrarte en escribir.

Pero vayamos al ejemplo que te he prometido.

El recurso dramático por excelencia.

El que permite que tus lectores queden enganchados a tus palabras.

Uno que, lo confieso, he estado utilizando sin descanso en todos estos mensajes.

De hecho, ahora mismo lo estoy usando otra vez (soy incorregible…).

Es un truco tan simple como infalible.

Que vale tanto para la ficción como para la no-ficción.

Lo has visto mil veces.

¿Sabes qué es?

¿No?

Te lo cuento mañana.

—¡AHHHH!

Es broma…

Era solo para poner un ejemplo más.

El truco es este:

Plantea una pregunta y no la respondas.

Introduce una incógnita y no la desveles.

Promete una solución y no la des (aún).

Así de simple.

Hasta que no conozca la respuesta, el lector sentirá la necesidad de seguir leyendo.

Tan pronto cómo se la des, esta tensión desaparecerá y el interés caerá en picado.

Aunque eso no te ocurrirá a ti, claro.

¿Por qué?

Porque, siendo hábil cómo eres, antes de dar una respuesta ya te habrás ocupado de plantear un nuevo interrogante…

Hay muchas variantes del mismo truco (Intriga, misterio, suspense, tensión dramática…) pero son solo distintos sabores del mismo licor.

¿Conseguirá el chico seducir a la chica?

Y nos tragamos una comedia romántica que nos daría vergüenza decir que hemos visto.

¿Conseguirá el policía alcohólico desbaratar el plan del terrorista?

Y vemos, una vez más, La jungla de cristal.

¿Conseguirá Caperucita escapar de las fauces del lobo?

Y, mientras cuentas el cuento, los niños te miran con ojos como platos.

Siempre que tu texto tenga algún interrogante abierto, el lector querrá conocer la respuesta y se quedará contigo.

Para saber qué ocurre.

Para saber cómo acaba.

Hay quién ha ganado millones con poco más que esto (¿has leído El Código Da Vinci?)

Incluso la mejor literatura utiliza este mecanismo (el mismísimo Cervantes lo utiliza en El Quijote con un descaro bochornoso).

De todos modos, si buscas el mejor lugar donde observarlo, presta atención cuando vuelvas a ver tu serie preferida.

Verás que cada capítulo, que cada escena, es un continuo plantear interrogantes, los unos encabalgados en los otros.

Para que siempre estés pendiente de algo y no te levantes del sofá ni para ir al baño.

Un recurso atemporal que nunca falla.

Y un buen ejemplo de lo que la teoría puede hacer por ti.

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