El gato en el bote salvavidas de James Thurber

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Un felino llamado William consiguió trabajo como ayudante en un periódico y se sorprendió al enterarse de que todos los demás gatos en el diario se llamaban Tom, Dick o Harry. Pronto averiguó que era el único gato en ese pueblo que se llamaba William. Se le trepo a la cabeza la conciencia de tal singularidad y pronto empezó a confundirse y a creer que se trataba de un talento propio. La cosa llego a este extremo: cada vez que oía o veía el nombre de William, pensaba que estaban refiriéndose a él. Sus fantasías crecieron de modo salvaje y desmesurado, y acabo convencido de que el era el William de William Shakespeare y el Willy de la expresión Willy Nily, y el gato de la leyenda del gato en la luna. Finalmente acabó convencido de que todos los que usaban botas lo hacían en homenaje al gato con botas que era él mismo. William acabo por extraviarse de tal modo en sus sueños de vigilia, que dejo de oír al director del periódico cada vez que éste gritaba «¡Ayudante!», y se fue convirtiendo no solo en un asistente ineficaz, sino, en un bueno-para-nada

-Estás despedido -le informó el director una mañana cuando William se presento dispuesto a seguir soñando.

-Dios provee -dijo William con gallardía.

-Dios vigila a los gorriones -Le respondió el director.

-Eso haré yo también -contestó William muy presumido.

William se fue a vivir con una mujer fanática de los gatos, que poseía otros diecinueve mininos, quienes no pudieron soportar el egotismo de William o los relatos épicos de sus míticos honores, medallas, listones azules, hazañas y copas de plata, y por lo mismo huyeron de la casa de la mujer y se fueron a vivir felizmente en casuchas y chozas. La mujer fanática de los gatos modifico su testamento y convirtió a William en su único heredero, lo que a él apenas si le pareció natural, puesto que estaba convencido de que todos los testamentos estaban hechos a su favor. -Mido dos metros- le dijo William un día, y ella sonrío y afirmó-: Yo diría que si los mides, y te voy a llevar en un viaje alrededor del mundo para que todos te conozcan.

William y su ama zarparon un amargo día de marzo en el crucero «Forlorna», que atravesó las inclemencias del tiempo, los mares levantiscos y los huracanes. A medianoche el barco empezó a zozobrar en los mares torrenciales, la embarcación se movió amenazadoramente, se enviaron de modo frenético peticiones de auxilio, los cohetes se lanzaron al cielo y los oficiales empezaron a correr de un lado a otro por los pasillos y la cubierta gritando «¡Abandonen el barco!». Y luego otro grito surgió, que le resultó apenas previsible al gato egocéntrico. Era, así se lo informaron sus vanos oídos, la estruendosa repetición de «!William y niños primero!». Puesto que William creía que ningún bote salvavidas podría lanzarse antes de que él estuviese sano y salvo, se vistió con opulencia, se enfundo en un smoking, y se dedico a pasear tranquilamente por la cubierta. Saltó alegremente a un bote que iba descendiendo y se halló en la compañía de un niñito llamado Johnny Green y otro niñito llamado Tommy Trout, y sus madres, y otros niños y sus madres. «¡Regresen ese gato a bordo!», demandó el marino a cargo del bote, y Johnny Green lo arrojo a bordo, pero Tommy Trout lo atrajo y lo devolvió.

-Déjenme a mi ese gato- exigió el marino, y aferró a William con su enorme mano derecha y lo arrojó, como en un pase largo e incompleto, a más de cincuenta metros de distancia del bote

 

Cuando William choco con el agua helada, el avía caído ya por la vigésima cuarta vez, y había perdido ocho de sus vidas, de modo que sólo le restaba una. Con los remanentes de su vida y de su fuerza él nadó y nadó hasta alcanzar por fin la triste playa de una isla sombría habitada por hoscos leones y tigres, y otros grandes felinos. Mientras William yacía empapado y jadeante en la playa, un jaguar y un lince se acercaron a él y le preguntaron quién era y de dónde venía. Ay, por desgracia la terrible experiencia de William en el bote salvavidas y el mar le habían producido una amnesia traumática y no podía recordar quién era ni de dónde venía.

-Le llamaremos Nadie- dijo el jaguar.

-Nadie de Ningún Lado -completo el lince.

Y- fue así como William se quedo entre los grandes gatos de la isla hasta que perdió su novena vida, en un pleito de cantina con una joven pantera que le había preguntado su nombre y su origen obteniendo a cambio lo que juzgó una respuesta incivil.

Los grandes gatos enterraron a William en una tumba sin lápida por que, como observó el jaguar, «¿Qué caso tiene colocar una piedra donde se lea: Aquí yace Nadie de Ning6n Lado?».

 

Moraieja: ¿Y de donde el orgullo al mortal le baja, en este viajecito de una cuna a mortaja?

Algo sobre el autor

James Thurber
8 de diciembre de 1894
2 de noviembre de 1961
(Columbus, 1894 – Nueva York, 1961) Escritor y dibujante humorístico estadounidense. Después de un período de aprendizaje como redactor en un periódico de Columbus, en 1927 empezó a colaborar con The New Yorker, el diario de H. Ross donde aparecieron sus dibujos más famosos y sus mejores artículos. El estilo informal y flexible de James Thurber imprimió al periódico un inconfundible tono de urbana ironía: el ensayo The Years with Ross (1959) recuerda las etapas más importantes de esta larga asociación artística.
   Junto con E. B. White, escribió el libro Is Sex Necessary? (1929), célebre parodia de los artículos pseudocientíficos sobre sexo, al cual siguió una colección de relatos de impronta autobiográfica que estableció su reputación de escritor humorístico. En sus primeras obras ya aparecen los temas caraterísticos de su vasta producción: la transformación de la sociedad pequeñoburguesa y provinciana de Estados Unidos en la moderna sociedad tecnológica dominada por los mass-media y el psicoanálisis, el consiguiente malestar del hombre contemporáneo obligado a vivir en un mundo ajeno y confuso, la tenaz lucha entre hombres y mujeres que desemboca en la idea del matrimonio como “estado de guerra no declarada” entre ambos sexos.
  The Seal in the Bedroom (1932) es una colección de extraños dibujos de sofisticada simplicidad cuyos protagonistas a menudo son animales -sobre todo perros- que contemplan a los antihéroes de James Thurber, tímidos y neuróticos descendientes de J. A. Prufrock y de los gentilhombres jamesianos, desde una posición superior. En Mi vida y mis tiempos difíciles -que forma parte de El carnaval de Thurber, recopilación de trabajos de Thurber de los años treinta y cuarenta-, su mejor colección de cuentos, el autor se examina a sí mismo, con finalidad paródica, en su doble identidad de ingenuo muchacho de Ohio y de desencantado y ya maduro “easterner”.
James Thurber
con Peggy Cass y Joan Anderson
   En 1940 publicó Fábulas para nuestro tiempo. En algunos dibujos y escritos aparece brevemente la luz melancólica, la amargura que penetra las últimas obras del autor: en Men, Women and Dogs (1943),Alarms and Diversions (1957), Lanterns and Lances(1960) cae la máscara cómica que había permitido a Thurber reírse incluso delante de la tragedia, y las sombras oscuras del absurdo se proyectan cada vez más sobre sus páginas.
   En estas obras, algunas de las cuales fueron escritas después de que perdiera la vista, se nota un creciente interés por las palabras, por su sonido y su estructura: juegos de palabras, neologismos, alusiones literarias precipitan su escritura hacia una dimensión surrealista. Comparado con Mark Twain, Thurber ha sido considerado con razón uno de los mayores escritores humorísticos estadounidenses: en sus obras conviven el patrimonio tradicional “midwestern” y los estímulos del nuevo cosmopolitismo cultural.

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