Cerca de mi casa vivía un anciano. Solo una vez platiqué con él, un día antes de su muerte. Veía que la gente que entraba y salía de su choza de tarro y, alguien dijo que el señor estaba en agonía. Me sentí ofendido de que siendo vecino y dedicándome a la medicina no me hubiesen llamado. Así que me hice presente, sino como médico, al menos como vecino. La luz se filtraba por aberturas de la casa y caían en el catre donde el anciano reposaba semisentado. Se despedía de unos amigos. El olor de los enfermos graves es evidente, la muerte se huele y yo no olfateaba su presencia. Delgado, fibroso, recostado sobre una almohada, lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos y diciendo suavemente “Tlenn” No sabía que decirle y él fue quien rompió ese silencio. Nunca antes lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano me dijo:
— Voy a morirme. Todo lo tengo previsto. Mis hijos ya saben que les va a tocar a cada quien. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, ya vino el padre panchito y me confesé.
—No te vas a morir —, le decía.
Lo miraba sereno, su voz calmada más que precaria. ¿Cómo se va a morir? No veía signos atrevidos de enfermedad.
— Así está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí estar en lo alto de la loma para que pueda mirar hacia mi casa.
Y es que el cementerio estaba en cerro, desde allí, su casa era visible, como también la mía y esa era la única parte del paisaje que a mí me desagradaba.
—No te vas a morir, verás que mañana desayunamos juntos. Eso le dije y me despedí con respeto.
Nunca supe que sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir, mañana haré esto y lo otro. Cierto murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, viendo su casa.

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