LA VIDA VISTA DESDE LA MUERTE

HACIA OTRO VERANO, Janet Frame

 

Si un autor se ha preocupado de esconder su obra durante su vida pero ha dado suficientes pistas para hacerla salir a la luz una vez muerto, nos gusta creer que se trata de algo parecido a su legado. Las últimas palabras, aunque no tienen por qué serlo, se revisten de un brillo ultraterreno y parecen revelarnos, así lo queremos creer, la verdadera naturaleza de su autor, la auténtica expresión de su obra. Para qué fingir después de muerto. Póstumo, entonces, se convierte en sinónimo de verdad mientras, al mismo tiempo y en algunos casos, comienza a circular cierta leyenda que parece aportar interpretaciones y significados nuevos a la obra descubierta.

Está ocurriendo con 2666 de Roberto Bolaño, amontonada en las librerías de Estados Unidos, ha ocurrido con Hemingway y su París era una fiesta, con Cabrera Infante, con Alfonsina Storni, con Kafka y con tantos escritores que dejaron epistolarios y correspondencias privadas para gusto de los vivos futuros.

Así sucede con la novela Hacia otro verano (Seix Barral, 2009), de la neozelandesa Janet Frame (1924-2004), quien, tras escribirla en 1967, no quiso publicarla por pudor a ser entendida como una confesión demasiado explícita. Y, en efecto, son muchos los analistas que ven en la novela una relación inevitable con la vida de Frame, sobre todo al completarla con la autobiografía Un ángel en mi mesa (Seix Barral, reedición de 2008), compilación de tres volúmenes anteriores.

Hacia otro verano es el deseo de Grace Cleave, una escritora joven, soltera y solitaria, de encontrar un lugar cálido en medio de un Londres helado por la situación geográfica —tan lejos de Nueva Zelanda—, por la hostilidad de la vida urbana —tan distinta de su infancia—, por la imposibilidad de establecer lazos de amistad o de amor o de cariño que estrangulen esa tendencia a la depresión.

La invitación de un periodista, Philip Thirkettle, que le había entrevistado para una revista, a pasar un fin de semana en su casa de campo junto a su mujer y sus dos hijos pequeños se convertirá en la prueba de fuego para Grace: cómo comportarse con ellos, cómo tratar con los niños, que todo lo saben y todo lo dicen, cómo superar esa imposibilidad de comunicación y ese sentido del ridículo a quedarse en blanco y a parecer una imbécil.

En medio de los actos cotidianos de una familia extraña, Grace se sentirá totalmente desarraigada, «soy un pájaro migratorio», y todo su pasado se revolverá para recordarle su exclusión de la sociedad y para insistir en su desequilibrio mental. El torbellino se desata en la narración con una prosa heterogénea, abrupta, muy proclive al monólogo interior y a las imágenes poéticas, en un buen sentido de la expresión. Mezclando canciones neozelandesas de su infancia con recuerdos de sus hermanos, de su madre atemorizada por su padre omnipotente y ferroviario, con los sucesos del fin de semana, con su vida en Londres, el fluir de la conciencia de Grace se desborda hasta la obsesión. Sólo el deseo de volver a casa a encerrarse con la literatura la salvará, o la condenará, según se mire: «nada es sencillo si tu mente es un servil vagabundo que va del peligroso mundo exterior al secreto y seguro mundo interior».

No cabe duda que para Janet Frame la literatura fue un medio para sostenerle el pulso a la vida, como para Virginia Woolf o Alejandra Pizarnik, o tantas otras amenazadas por sí mismas. Encumbrada por la crítica anglosajona hasta el punto de promoverla para el Nobel, ha tardado en entrar en nuestro país. Sólo alguna editorial de escasa tirada había publicado cuentos y poesías, pero la gran novelista que llegó tímidamente de la mano de Seix Barral en 1991 con su autobiografía, vuelve ahora con una novela que conmueve, emociona y desespera a partes iguales. Además, es una novela póstuma.

http://www.levante-emv.com/media/documentos/2009-04-10_DOC_2009-04-07_18_37_01_posdata.pdf