En la parte alta de Tánger, en un barrio desde el que se ven a la vez el mar y el océano, vivía un sabio cuyo nombre era Hamid. El hombre, piadoso y anciano, había crecido temeroso de Dios y respetuoso hacia los hombres. Igual que su padre antes que él, se inclinaba con fervor y modestia en el rito de los cinco rezos. Y cuando las desgracias le golpearon, cuando su mujer murió y perdió su trabajo, fue en el Corán donde encontró consuelo a su tristeza.
Una tarde en la que subía por la calle principal del barrio, escuchó jóvenes gritando en la
terraza de una cafetería “¡Messi! ¡Messi!”. Al anciano le preocupó aquel alboroto y creyó que estaba a punto de comenzar una pelea. Entre aquella locura, reconoció a su sobrino Karim, un joven inculto y sin ambición, que había hecho de aquella cafetería miserable su cuartel general.
De pie, con los brazos en el aire, parecía estar poseído.
– ¿Qué ocurre? – le preguntó entonces Hamid.
-Abuelo, mira -dijo, mientras señalaba la televisión situada sobre el mostrador-, nuestro
nuevo héroe. Messi ha marcado un gol contra Irán.
-Ah – sonrió Hamid. Se disponía a continuar su camino cuando su sobrino le volvió a
agarrar del hombro y le obligó a sentarse.
– ¿No te alegra esta hazaña?
– ¿Y esto en qué nos concierne? -se preocupó el anciano.
-Todo lo que afecta esos ayatolás chiitas nos concierne. ¿Sabes cuánto mal hacen al Islam
estos chiitas? Son unos herejes y unos adoradores de Satán. ¿Acaso ignoras que insultan a lo largo del día a la mujer del Profeta y a los califas? En Ashura, mientras que nosotros les damos regalos a los niños y lo festejamos en familia, ellos se flagelan en plena calle con látigos y espadas hasta hacerse sangrar. Alá jamás permitiría eso. Los chiitas no son musulmanes, y punto. Son extranjeros para la verdadera fe. Y me sonrojo sólo con decírtelo, pero además son unos fornicadores.
El anciano puso los ojos como platos.
-Sí, ¡de verdad! – continuó su sobrino. – Esos perros autorizan matrimonios que duran tan
sólo unas horas para poder dar rienda suelta a sus pasiones lúbricas. A veces intercambian a sus mujeres para satisfacer sus fantasías. Dios nos proteja de esos herejes.
Karim escupió al suelo y se dirigió hacia el fondo de la sala, donde los jóvenes bebían cerveza a salvo de las miradas.
Hamid sacudió la cabeza, desconcertado. Desde luego este Karim estaba dispuesto a
enfurecerse y a creerse los argumentos más absurdos. Se estaba apoyando sobre su bastón para levantase cuando el dueño del café se acercó a saludarle.
-Si Hamid, mis respetos. ¿Ha visto a estos jóvenes? Son unos holgazanes que no sirven para nada. He escuchado lo que decía su sobrino y sepa usted que está muy equivocado. No debería insultar de esa manera a los musulmanes. Porque los chiitas son musulmanes, rezan mirando a La Meca y adoran a nuestro profeta Mahoma, la paz sea con él. Cierto es que se han alejado del camino correcto y están manipulados por esos “enturbantados” de ojos dementes. Pero es nuestro deber traerlos de nuevo a nuestro redil, ya que tenemos el mismo enemigo: los judíos y el decadente Occidente. Es América la que nos divide para dominarnos mejor. Y escupió al suelo, bajo la mirada asqueada del anciano.
Hamid se levantó sin mirar hacia atrás. Por el camino se acordó de su padre, que dio clase en la escuela del barrio y que conocía todos los ritos sufíes y las antiguas fábulas. Le había contado que en Persia, país del que Hamid no sabía nada, los hombres rezaban por el advenimiento de un Mahdi. “Un día, al final de los tiempos, reinará la justicia y los regímenes déspotas desaparecerán. La paz será eterna y los lobos comerán junto a los corderos. Ya no se pegará ni violará a las mujeres. En la Tierra, la violencia y la miseria habrán desaparecido y todos aquellos que asesinan y cometen crímenes en nombre de la religión serán castigados. Y sólo habrá una religión y una sola humanidad.”
¿Era aquel un sueño impío? ¿Había pecado deseando que ocurriera aquello en el mundo?
El hombre llegó por fin a su puerta donde su hija Amina le estaba esperando con la
inquietud dibujada en el rostro.
– ¿Dónde estabas? Es muy tarde.
Le acompañó a su habitación y le sirvió un té hirviendo. Le ayudó a acomodarse, pero su padre parecía preocupado, ausente.
-¿Qué ocurre, padre? ¿Qué es lo que te inquieta?
Sentado contra la pared, con los ojos entrecerrados, le contó a su hija lo que había escuchado. Las palabras del dueño de la cafetería, la vehemencia de su sobrino Karim.
– Ah – dijo el anciano, acariciándose el mentón. – ¡Qué época, hija mía! Si esto es la modernidad, miedo me da. Hoy en día hay tantos musulmanes como marcas de coches, y todos piensan que son mejores que los demás. En mis tiempos eso no existía. Los judíos eran los diferentes. Y, aun así, ¿acaso no celebrábamos las fiestas con ellos? ¿No decíamos Sidna Moisés por respeto a su profeta? Qué época.
https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/76831/1/Traduccion_comentada_de_la_obra_de_Leila_Slimani_BETOLAZA_ESCOLANO_ESTIBALIZ.pdf
Leila Slimani