Sale luz brillante de la lámpara, escucho, “sólo miraras puntitos de colores”.
Llegué a tres y no supe. la náusea brinca bajo la lengua. Tengo frío, frío intenso, dentro. A dos camillas de la mía, una niña se queja. Con señas hice que la enfermera me auxiliara. Me cubre con una frazada y deja un riñón de acero por si vomito. Muevo manos, pies y siento. “es ganancia,” —me dije. Oí del residente, que fueron casi cinco horas de cirugía de espalda. Dormito, sueño, o no sé; despierto e intento arquear. La niña se queja y, me duele. “solo tiene diez años”, escucho otra voz. —Díganle a su médico.
Soy más anciano que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre, si hubieses llegado a mi edad tendrías la canasta llena de olores, de mañanas verdes repletas de pan. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño, como inmenso fue el tuyo. Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras el día que te fuiste y yo tan viejo, y estoy.


•~…que estrujada de pecho, con cada línea.~•
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Gracias Ailen por venir y dejarme tu comentario de empatía. abrazo y rosas.
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¡Que relato tan conmovedor! Es muy triste y a la vez precioso.
Abrazos y té con canela.
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Amiga, gracias por tu emocional comentario, me hace sentir acompañado. abrazo y rosas y brindamos con te de canlea.
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Profundo y triste, pero muy real. Yo más viejo que mi abuelo. Saludos!
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Gracias por el comentario y la empatía.
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