cincuenta y veinte

Al abrazarla,
escuchaba una avalancha de tejos que percutían las paredes de una maraca.
Con su perfil en mi cuello,
oía su respiración logrando descifrar una sensualidad que sólo escuchaba en los oboes al caer la tarde.
El chasquido de sus labios, eran golpes que me causaban inesperados borbotones,
embestidas en crescendo.
Mi corazón azuzado por tantos tambores,
se volvió disneico, arrítmico;
era el exacto presagio de una muerte anunciada.

boca.

 

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