Las cinco lumbares quedaron peinadas, limpias, y fueron sujetas por titanio. La herida fue amplia. A las veinticuatro horas dos enfermeras llegan con la consigna de ponerte de pie y dar breves pasos, que te llevaran al baño; sentado recibes el agua tibia. Esa lluvia que pega en tu cabeza y resbala por la espalda es caricia y bálsamo. A los diez minutos ya tienes los apósitos y una faja que apretará ofreciendo la sensación de que tu médico y la enfermera no se han ido. No, no sientes dolor porque el anestesiólogo dejó dentro de tu espacio vertebral una cánula que esparce un anestésico. Las venas de tu mano dan paso a fuertes analgésicos y antibióticos de última generación. A un lado hay un tubo de mayor calibre y que por gravedad cae sangre vieja. El regreso se hace tortuoso, tal como si estuvieses escalando una montaña escarpada y solo es una cama clínica con el colchón forrado de un plástico protector donde estarás luchando para mantener la posición y no resbalarte. Antes de despedirse la enfermera asegura los barandales; tampoco hay que descartar una graciosa huida.

Preschooler child is lying sick on a bed in hospital room