En la montaña
sobre siglos de roca
divisé el mar.
Había espejos de agua,
y un sol agónico
que ensuciaba de cobre
el viejo barco.
El cóndor me miró
cuando bajaba,
caían en mi cuerpo
la incompetencia,
la náusea feroz
y no evitar
la herida del rosal;
del cielo roto;
llovizna un gris metálico,
¡ la clara oscuridad!

tierra herida