En una isla sólo había dos náufragos, una mujer muy bella y un hombre en extremo feo. La soledad los hizo convivir y ella a diario se negaba a las pretensiones de él. Dos meses después estaban unidos por primera vez carne a carne. Él sudaba y atropellaba las palabras en la carrera final que lleva al quejido profundo.
¿Ya no que te parezco tan feo?
Ella con la visión borrosa logró decirle.
Si eres feo, pero solo del ombligo para arriba.

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