Vendrá el ocaso.
Las nubes aúllan al sol.
Nada interrumpe
mi voluntad de tejer el recuerdo
como eficaz hilandera.
 
Hay dolores que revientan y no duelen
 o felicidades que no envanecen.
Alabo el sacerdote que nunca ha dejado de ser pobre y que ahora es viejo y amado.
Admiro a la mujer que es feliz,
así sean murmurados sus quehaceres.
A mi edad nada me asombra;
me perturban culpas que no puedo remediar y vivo con ellas.
 La mujer oscura duerme a mi lado y me acicala en la profundidad del sueño.
Me admiran las garzas que llegan, el croar de las ranas y los gritos de las chachalacas,
Me admira la hierba que siempre florece
Me entusiasma vivir, pero entiendo que todo lo que inicia termina y mi vida tiene aroma a barro.

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