Doña Mercedes es menuda y usa unos lentes de aumento extremo.
Parece estar siempre de buen humor y andar en las nubes. Sonríe con facilidad y le gusta la vida social de barrio. 
Su impronta fluye entre el entusiasmo y la resiliencia, razón por la cual se hizo inmune al habitual trato despectivo y negligente de su marido y a la dureza de su entorno de pobreza neoliberal.
Es graciosa. Padece de un error de cálculo en la trayectoria de su caminar, pues acostumbra desviarse de la línea recta y estrellarse contra el marco de las puertas cuando entra o sale de una habitación. Ya sea por la miopía o por surfear en las nubes, lo divertido es que cada vez que le pasa estalla en risas, despreocupando a quienes a su alrededor piensan que se ha hecho daño.
Vive, con su marido obtuso, en una casa pareada. En la casa contigua vive Nacho, un adolescente criado a su suerte entre abulia, peleas, carencias y amores enfermos. No terminó la enseñanza media, pero su mamá le advirtió que si no se inscribe en un  se puede ir a la mierda porque no está para alimentar vagos. 
Nacho escucha y mira videos de reguetón gran parte de día en su teléfono celular, y desea mujeres como las de los videos: voluptuosas, complacientes y, por sobre todo, mudas. Otro tanto lo dedica a los video juegos, mientras más sangrientos, mejor. 
Sale poco, unas chelas de repente con los cabros nomás. Se aburre pronto porque no le gusta hablar ni que le hablen, y porque según él todos son unos idiotas-porque-sí-y-punto. Los cabros ya casi nunca lo invitan.
Un día sale a media tarde a comprar cigarros. Cuando viene de vuelta del almacén se da cuenta de que una figura menuda viene en dirección contraria. Él se mueve un poco a la derecha para dejarla pasar, pero la figura se mueve en la misma dirección y se estrellan uno contra el otro.
La figura menuda estalla en risas.
Nacho, por su parte, se enfurece y la increpa con las palabrotas más cochinas que se le vienen a la cabeza.
Doña Mercedes deja de reír y lo contempla con su natural mirada dulce, amplificada por sus mega anteojos.
-Ay, mi’hijo, no se enoje tanto, disculpe, es que soy tan piti… – dice mientras instintivamente intenta tocar el rostro del chico con una caricia.
Pero el contacto de abuela tierna lo perturba.
-¡No me toque señora! ¿Qué se cree la patúa? Vieja y se quiere pasar de lista conmigo…!salga de aquí!
Doña Mercedes – ahora en tierra firme y lejos de las nubes- lo observa con más atención. Y comprende. Reconoce lo que hay en las palabras y la actitud de ese muchacho áspero. Ella sabe leer los cuerpos donde no hubo abrazos infantiles, porque aprendió en carne propia. Sabe de la ignominia de la niñez sin amor.
La compasión la inspira y necesita hacer justicia.
Entonces insiste, y osadamente toma la mano de Nacho. El chico se resiste y retira la mano, parapetado aun en su rabia, y la mira con desconfianza. Segundo intento. Esta vez Nacho, sin entender por qué, acepta el gesto. Doña Mercedes avanza, lo abraza y ya no hay retorno posible. El chico no sabe cómo sus brazos por sí solos también abrazan esta figura menuda. La abrazan y no quieren soltarla. Llora. Siente que se derrite en lágrimas. 
Doña Mercedes tiene el cuello medio adolorido, por la fuerza del abrazo y porque el chico es muy alto para ella, pero no le importa. Podría estar así para siempre, siente.
-Eso mi’hijito, alíviese nomás, que los hombres bien hombres, sí lloran.

abrazo

 

 

 

Tomado de http://www.loscuentos,net

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