Todavía dormía ella, cuando él se levantó de la cama. La miró largamente, y en su mente volvió a escuchar los suspiros inconfundibles de ella cuando hacía el amor. Acarició su rostro casi infantil, iluminado por una plácida sonrisa, y caminó hacia el balcón. El ángel extendió sus alas, y se alejó hacia un nuevo llamado, en una tierna voz: “Ángel santo de mi guarda, de mi dulce compañía, no me desampares….”.

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