El guardagujas de J.J. Arreola *

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor…
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

guarda

  • A cien años de su nacimiento.

4 Comments

  1. Aunque suelo no leer en la computadora (mis ojos a veces me pasan factura), volví a leer este cuento que es realmente magnífico. De hecho, hasta el mismo Borges dijo que este cuento es uno de los mejores (si no tal vez el mejor) de la literatura latinoamericana. Gracias por traerlo de nuevo a mi memoria.

    Un abrazo.

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    1. Leer en la pc cada vez se hace mas accesible. Se ha pensado en todo, si se es miope, se puede disminuir la letra, si hay presbicia se agranda, si es daltónico se cambia el color. si está enamorado uno del estilo gótico, tembien hay la aplicación, cientos de forma y letras, solo hay un pero, si se ñora el olor a la tinta y el aroma del papel, aún no se hay aplicación, pero juro, que seguramente ya hay gente trabajando en dicha ruta. El cuento, tiene muchas lecturas. Te paso lo que refiere Seymor Menton del cuento.
      En “El guardagujas”, el papel de la filosofía es más importante y el realismo mágico es
      más mágico que en “La lluvia”. Arreola presenta, en este cuento relativamente largo para
      él, su interpretación del mundo de mediados del siglo XX. Los sucesos mágicos que narra
      el viejo guardagujas constituyen la respuesta de Arreola al materialismo y al
      existencialismo. Admite con tristeza que no vivimos en el mejor mundo posible y se ríe de
      aquellas personas que se dejan absorber tanto por ese mundo que nunca pueden librarse
      de su succión irresistible. Al mismo tiempo, su actitud es más mexicana en que no se
      desespera, sino que aboga por el viaje a bordo del tren de la vida sin preocuparse de la
      ruta que lleva. El solo hecho de abordar el tren es una verdadera hazaña y debe
      apreciarse como tal. ¿Por qué desesperarse cuando el hombre es capaz de adaptarse a
      cualquier peripecia? Para cruzar el abismo, los pasajeros tienen que desarmar el tren,
      llevar las piezas al través del abismo y armar el tren de nuevo. Lo importante es que el
      tren siga. Los rumbos fijos son ridículos porque algunos pasajeros son capaces de llegar
      sin saberlo. Al fin del cuento, el tren verdadero llega a la estación y el viejo guardagujas
      desaparece, igual que Cacique en “La lluvia”, poniendo en duda su propia existencia.
      Como el realismo mágico siempre tiene una base realista, Arreola funde su simbolismo
      exagerado con una sátira de los defectos del sistema ferroviario de México. Se burla de los
      trenes que no respetan los horarios; de los planes para túneles y puentes que ni han sido
      aprobados por los ingenieros; del mejor trato que reciben los pasajeros de primera clase;
      de la falta de cortesía de la gente en el momento de abordar el tren; de la venalidad de los
      policías; y de la costumbre consagrada de subir y bajar del tren sin esperar a que éste se
      pare.
      Arreola combina en “El guardagujas” la realidad mexicana con la magia, dos
      elementos que se hallan totalmente separados en la mayoría de los cuentos de su
      colección Confabularlo. Hay que leer todo el volumen para apreciar el propósito estético
      del autor. Como hombre representativo de su época, es un ecléctico que pretende escribir
      la historia del cuento moderno utilizando lo mejor de todos los que le antecedieron. El
      título de su primera colección, Varia invención (1949), indica su intención de componer un
      panorama del cuento. La unión de Varía invención (1949) y Confabulario (1952) en un solo
      volumen (1955) y su ampliación bajo el título de Confabulario total (1962) atestigua la
      interdependencia de todos los cuentos. La unidad artística ya no es exclusivamente el
      cuento individual sino también el conjunto.
      Actualmente, la actitud cosmopolita de Arreola ha provocado muchas polémicas
      entre los mexicanos. Muchas veces le ponen frente a Juan Rulfo, cuya temática cae más
      dentro de la tradición de la literatura revolucionaria. No es la primera vez que se ha
      planteado en México la cuestión de los valores relativos de la literatura cosmopolita y la
      criollista. En efecto, esta dicotomía caracteriza la prosa mexicana del siglo actual. Aunque
      la Revolución ha sido el tema constante de la mayoría de los escritores, siempre ha
      habido un pequeño grupo de herejes cosmopolitas. Entre los ateneístas, colonialistas y
      contemporáneos, han figurado autores de la estirpe de Alfonso Reyes, Artemio de ValleArizpe
      y Jaime Torres Bodet, cuyos cuentos revelan un escape total de los grandes
      problemas sociales de este siglo. Arreola ha sido identificado con este grupo, un poco
      injustamente. Si es cierto que les pertenece por un intelectualismo y por su cultura
      enciclopédica, no es menos cierto que en “El guardagujas” y otros cuentos revela que está
      constantemente preocupado por el verdadero sentido del mundo en que vive..
      Abrazo

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      1. Vaya, qué lujo, Rubén, muchísimas gracias por tomarte el trabajo de un comentario tan rico y detallado. Como te había dicho, lo único que leí de Arreola fue Confabulario, pero veo que tendré que leerlo completo otra vez, ahora bajo la luz de este comentario.
        Por supuesto, la lectura de El guardagujas puede ser hecha a muchos diferentes niveles (la primera vez que lo leí, siendo nulo en lo respectivo a la cultura mexicana profunda) lo hice bajo la luz del realismo mágico puro o, incluso (cosa que no me desagrada) bajo la sombra del teatro del absurdo de Alfred Jarry. Ahora, que ya he tomado un poco más de conocimiento local, los márgenes de lectura se ensanchan, pero aún me queda muchísimo camino por recorrer (de hecho, sé que nunca llegaré a abarcar todo lo que este país tiene para ofrecer). De todos modos, como en este caso el camino sí es el tesoro, lo seguiré mientras tenga fuerzas.
        Agradezco nuevamente tu comentario y el tiempo que te has tomado para desasnar a este compañero de tren (al margen: soy un enamorado de los trenes, mi padre fue trabajador ferroviario durante toda su vida y, aunque los recuerdos que tengo de él son pocos –él murió cuando yo tenía siete años– sí que recuerdo las tardes pasadas en la vieja garita donde hacía guardia. Esto es un detalle banal, pero ahora que te saludo de este modo, todo cobra otro sentido, el cual nunca había pensado; entonces, gracias por esta nueva imagen).

        Un fuerte abrazo.

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      2. Te comparto un artículo hecho que hoy apareció y que está escrito por una persona que es un estudioso…. va……MAS DE ARREOLA…
        Marcial Fernández
        12 h ·
        LOS FICTIMÍNIMOS DE ARREOLA

        Los habitantes de Ficticia somos realistas. Aceptamos
        en principio que la liebre es un gato: Homero Santos
        (JJA, Palindroma, 69 p.)

        Juan Belmonte, el llamado fundador de la tauromaquia moderna, dijo: “Se torea como se es”. Tal frase, que ya tiene un siglo de ser citada, sirve de punto de partida para casi cualquier semblanza en la que se pretenda reflexionar sobre la vida y obra —o un aspecto de la obra— de tal o cual personaje, sea torero, médico, abogado, literato o buscador de tesoros.

        ¿Cómo era, pues, Juan José Arreola?, de quien estamos conmemorando sus cien años de nacido.

        Yo, que salí del vientre de la ballena medio siglo después que Arreola, lo vi muchas veces por televisión, pero sólo una vez en persona, hará unos treinta años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la que dio una charla en petit comité —pese a su enorme popularidad— porque era época de exámenes extraordinarios y la mayoría de los compañeros estaban de vacaciones.

        Ahí llegó tal como arribaba a cualquier set de televisión: un hombre con sombrero de copa y capa negra, más parecido a un mago que a un escritor, aunque los escritores como Arreola sean ilusionistas de la palabra, hombres capaces de encontrar el milagro de la existencia en cualquier cosa.

        Arreola era, pues, un hombre de una cultura barroca que la expresaba con la sencillez y naturalidad de la proporción clásica, ésa que algunos llaman áurea y que posee la virtud implícita de Midas, de transformar las imágenes, ideas, anécdotas, personajes e, incluso, chismes, en oros codiciados. Arreola era, sí, un narrador que hablaba como poeta, y un poeta que escribía como narrador.

        Así se descubre al Arreola gambusino, creador de fictimínimos en su obra en general y en los libros Punto de plata (1959) y Palindroma —sí, palindroma, sin acento en la i y con terminación femenina, que es como la nivola de Unamuno) (1971) en particular, en la que el prosista de Zapotlán el Grande legitima al más nuevo de los géneros literarios, ése que se práctica como tal en México desde principios del siglo XX en páginas de Díaz Dufóo hijo, Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Alfonso Reyes, Julio Torri y Salvador Novo.

        Para la segunda mitad del siglo aparecen cuatro libros fundamentales para comprender lo que Edmundo Valadés llamaba, primero, “minificción” —pequeñas citas textuales, entendibles por sí mismas, que se sacan de un texto mayor—, que fue la pauta de origen de lo que después nombró “cuento brevísimo” (pequeños cuentos escritos ex professo como tales), que definía formalmente como “un texto que no exceda el tamaño de una cuartilla por una sola cara y a doble espacio de la máquina de escribir”, cuyo mayor cultor de los mencionados fue justo Arreola, tanto en papel como de manera oral, y esto es importante porque así como hablaba —y hablaba mucho—, escribía —y escribía poco.

        Punta de plata —el germen de lo que a partir de 1963 se llamaría Bestiario— se publicó 10 años antes que La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso, y Palindroma, cinco años antes que El libro de la imaginación, de Edmundo Valadés —quien en la revista El cuento, promueve, desde 1968 hasta 1994, y de manera póstuma hasta 1999, el nuevo género literario que ahora también se le conoce como minicuento, microcuento, cuento jíbaro, bonsái, cuántico, liliputiense, fictimínimo, etcétera.

        Pero ¿cómo se puede hablar de un nuevo género cuando los mismos autores titulan a sus libros como Bestiario y “fábulas”, dos géneros tan viejos como los orígenes de la literatura?

        ¿Qué es un bestiario?

        Según el Breve diccionario de términos literarios, de Demetrio Estébanez Calderón, es el “Nombre con el que se designa ciertas obras medievales, aparecidas en Francia e Italia, en las que se presenta una amplia nómina de animales reales o imaginarios a los que confiere una significación alegórica o se les convierte en símbolos de una determinada virtud: el dragón y el cocodrilo son los símbolos del mal, el ave fénix de la inmortalidad o de la resurrección, etc. La fuente de estos bestiarios es un texto griego del siglo II d. C., hoy perdido, al que se le conoce con el título de Pshysiologus, que, a su vez tendría influencia de la Biblia (bestiario del Apocalipsis) y de otros libros orientales relativos a seres y monstruos imaginarios”.

        El Bestiario de Arreola, sin embargo, es tan novedoso y único como novedosa y única sigue siendo la ironía de Sócrates, esa que dice “sólo sé que no sé nada” y, por lo tanto, no era susceptible a dejar una obra escrita, ya que quienes se acercaban al filósofo ateniense debían descubrir la verdad en el propio pensamiento mediante el método mayéutico —preguntas de Sócrates y respuestas de los educandos—, y si hoy se conoce tal técnica y otras posturas socráticas es gracias a su discípulo Platón, Aristóteles —discípulo de Platón—, Antístenes, Arístipo, entre otros.

        En este sentido cuenta la leyenda que el Punta de plata de Arreola no fue escrito por él, sino por su discípulo o amanuense José Emilio Pacheco, siguiendo el método —se puede especular— mayéutico, pues el de Zapotlán el Grande era tan buen hablador como jugador de pingpong, razón por la que el mismo Octavio Paz escribiera que se trataba de un libro perfecto, según dicen varios oráculos de internet que, por supuesto, no citan la fuente.

        O bien ese pingpong mayéutico o arreolino —es ésta otra especulación— también pudo haber sido con el pintor Héctor Xavier, quien ilustró Punta de plata y cuya técnica le dio nombre al libro, publicado por la UNAM. Sea lo que sea, tal bestiario es el antecedente directo de las fábulas monterrosinas, obras que, según ambos autores, Arreola y Monterroso, mucho le deben al aire, rugidos, aullidos, relinchos y demás onomatopeyas del zoológico de Chapultepec.

        Pero ¿qué es una fábula?

        Es un relato de animales que poseen características humanas o al revés y que, por lo común, siembran en el lector una moraleja tipo, lo que hoy se llamaría, superación personal. Sin embargo, tanto la cosecha arreolina como la de Monterroso no se caracterizan por su consejo moralizador, sino por su finísima ironía que, como se sabe, se trata de una figura retórica que sugiere lo contrario a lo que se escribe, detonando casi siempre una sonrisa discreta y, las más de las veces, inteligente, entre quien la comprende y quien la expresa, puente cómplice entre dos creadores: el autor y el lector.

        Ahora bien, si las fábulas monterrosinas ponen énfasis en la anécdota y en el final sorpresivo, Arreola gusta más de jugar con las imágenes, en una suerte de greguerías —término inventado por Ramón Gómez de la Serna que las definía como la suma de una metáfora más humor— seguida una tras otra, que sitúa a las bestias arreolinas en un campo más poético y lúdico que prosístico.

        Así, de ironía en ironía, de partida de ping pong en partida, como si la literatura fuera la pelotita del juego, o el caballo en el tablero de ajedrez —otra de las pasiones de Arreola—, el de hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, publica su libro Palindroma que, entre palíndromos —esas lecturas que lo mismo dicen al derecho y al revés—, fragmentos de diarios ficticios, cuentos, doxografías como el epígrafe que abrió la presente charla y una obra de teatro, se encuentran los denominados fictimínimos, en los que don Juan José, o bien se adelanta a su tiempo, o bien se intuye como el tronco de una de las ramas de un futuro ahuehuete bonsái.

        La teoría palindromática de los fictimínimos arreolinos se sustenta no en la monotonía de lecturas banales como el palíndromo, léanse como se lean, de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, sino, más bien, se parece a aquellos discos de vinilo que, escuchados de manera normal, sonaban a rock pesado, pero, girados al revés, emitían, según la leyenda, frases e incluso himnos satánicos, con lo cual no se quiere decir que la literatura mínima de Palindroma sean versos satánicos, no, claro que no, son, eso sí, problemáticas que en un instante crean una tensión dramática que el destino lo resuelve como lo haría Esquilo, Sófocles o Eurípides, es decir, con la patente de quien conoce el sentido trágico de la vida, una vida paradójicamente sin sentido y que sólo es posible vivirla de manera religiosa —Arreola era creyente del Dios único occidental— o literaria, que es la parte pagana de un escritor erudito que, al final sabe que el humor es la única salida en un mundo cada vez más inhóspito, iletrado y poco dichoso.
        ABRAZO GRANDE

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