Los domingos parecían ser calca uno de otro, uno de ellos era que el viejo Germán, sentado en su poltrona veía pasar a gente de diferentes oficios. Yo hacía lo mismo. Mi consultorio tenía una gran puerta que enfocaba bien la cara afilada del viejo cacique. A veces cansado de estar sentado daba un breve recorrido y salía a la banqueta. Era inmejorable ese lugar, un punto donde confluyen cuatro calles, por lo que era un verdadero pasadero tanto de gente de a pie, de mulas y caballos.
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Sargento buen día.
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– Buen día mi médico, cuando va a visitarme para jugar volibol.
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Oiga sargento ese caballo no se lo conocía.
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A la orden, lo acabo de comprar.
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Se ve bien, el color es de un café con leche con manchas blancas y la que tiene en su cabeza, parece que le dibujaron una estrella
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Por eso me gustó.

