El dormitorio era rojo y el aire espeso, vegetal, como de selva amazónica. Penélope dejó resbalar el quimono hasta el suelo y se tumbó de costado en la cama.
-¿No te desnudas? -preguntó en tono meloso, dando palmaditas en el colchón.
No era bellísima. Lo que sí tenía, le pareció a Damocles, era unos ojos de gata y una piel tostada que, unidos a su exuberante juventud, se bastaban y se sobraban para avivarle el deseo a cualquiera.
Damocles se quitó la chaqueta y, al ir a colgarla en la silla, se fijó en una fotografía enmarcada que había sobre la cómoda. Mostraba a Penélope riendo junto a otra mujer. Nada especial, salvo que la otra mujer era Noelia. Su hija Noelia. Cogió la fotografía y, alzando las cejas, se la enseñó a Penélope.
-Es mi amiga Sheyla. Trabaja en el club Tropical, en la carretera de La Coruña. ¿Te gusta?
-Mucho -dijo Damocles, apoyándose en la cómoda para no desplomarse, y pensó con desmayo que hay puertas en la vida que no se deben abrir jamás.

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