Hay quienes desconfían del narrador omnisciente. Yo
desconfío de las palomas. Con una bolsa llena de migas de
pan las reúno a mi alrededor y cuando están distraídas
picoteando me acerco silenciosamente y desconfío de ellas
con todas mis fuerzas. Algunas, las de carácter menos
combativo, desaparecen en el acto. Pero otras me devuelven
la desconfianza con tal fuerza que me veo obligada a morder
la pantorrilla de una señora mayor (siempre las hay) para
aferrarme a la existencia. Las dificultades surgen cuando la
anciana y las palomas, que ya me conocen, se ponen de
acuerdo antes de mi llegada y me denuncian al guardián de la
plaza como narradora omnisciente.

 

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