¡Nunca digas que no te guardé!
leía, respiraba tu sabor de luna.
Entre las sábanas oía
tu mano reposar en mi hombro.
No reía,
lloraba.
Mis versos tenían tu carne
y pringaban
como las chispas de un fogón eterno.
Tropezaba con el canela húmedo de tu pezón
y tu nuca alborotada por la fragua
caía insistente
sorbiendo ávida mi textura de varón.
Por favor,
nunca digas que no te guardé.

octavio ocampo