¡Tenía siete años cuando nació mi hermano. Se hizo gordo y grande . Era comer, dormir. Ejercía con maestría la ocupación  de chillar. Consentido por las vecinas, lo acostumbraron a los brazos. El tío Lupe, erizaba los cabellos  a mamá. Tenía poco más de ocho meses, lo ponía de pie en sus manos. el chiquillo reía de que lo subieran y bajaran y disfrutaba de los malabares.
-¡Se te va a caer!
-No se cae, aguanta. Va a ser fuerte.
-¡Ya Lupe, déjalo y llévalo a su cuna!.

Lo acostaban y apenas sentía el colchón, berreaba a todo volumen.

-¡Mece a el niño Rubén!

Tenía que dejar el partido y mecer y mecer y él llorar y llorar, para zafarme.

-Debe de tener hambre.
-Acaba de comer.
-Es tragón ama, ya quiere de nuevo.
.Mécelo, no te vas a jugar hasta que se duerma.

Afuera se escuchaba el griterío de los amigos que coreaban ” goool” y yo, meciendo al hermano que no se cansaba de llorar.

Pasaron los años y mi hermano dormía conmigo, aquella casa era pequeña, de madera y con losetas de barro con un patio lleno de árboles frutales. Los baños se ubicaban fuera de la casa.

Tal vez cinco años, pero mi carnal no tan solo mojaba la cama, sino también a mí. cuando eso sucedía buscaba sábanas y ropa interior. Él no cooperaba para ser vestido, seguía dormido. Ya había nacido la niña. Esta vez, le puse una pantaleta rosa con maripositas.

En la mañana,  mamá platicaba con las vecinas, cuando salió hacía el baño a orinar, yo escondido detrás de un árbol, mi má, lo vio, se dio cuenta y calló. minutos después se escuchó un grito agudo , casi horripilante y la voz sollozante que decía:

-¡Mamá traigo calzones de vieja!

Han pasado muchos años y él recuerda.

le contesto: “¡pero que tal, dejaste de orinar la cama!”

Nos reímos y gracias a él mi vida ha sido de dicha.

Murnau, Paisagem Estival

Kandinski