Recibimos la boleta de estudios de que habíamos aprobado el sexto año. Veníamos felices. Solo dividía a nuestras casas la calle de barro. Poco antes de llegar a Guillermo se le ocurrió.
– Hagamos caras largas, mirada triste. Pensarán que hemos reprobado, luego, enseñamos la  boleta.
Estuve de acuerdo con los hermanos.
Por la noche a la luz del quemador de gas no los vi en el juego del bote escondido.Al día siguiente encontré a uno de ellos y tímido me preguntó
-¿ Cómo te fue?
Como quedamos, puse la cara larga y la mirada llorosa.
– ¿Reprobaste, verdad? dijo mi mamá
Me quedé en silencio. Mamá se hizo la desentendida siguió haciendo tortillas y dando la espalda. Con voz clara y alta.
-Ahora que venga tu padre, le dices.
Se dio una media vuelta y con el rabillo del ojo me vio una sonrisa pícara.
Llegó a mi lado. Me dio un jalón de oreja y me abrazo. Y no pasó a mayores.

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Sin preguntar,  Memo empezó a contar cuando nos encontramos en el molino.
-Nosotros llegamos al patio donde mamá lavaba la ropa. Solo movió la cabeza al vernos. En ese instante mi papá salió del baño y al vernos,  sin decir nada se sacó el cinturón y nos dio en las nalgas. Encarrerado levantó el brazo.
-¡Aprobamos, aprobamos! Gritó mi hermano.
-¡Ya no les pegues! dijo mi madre, dame el cinturón y alzó el brazo y nos dio más y exclamó encabronada.
¡ Esto es. por querer engañarme!
Lávense las manos que vamos a comer y cuidadito con llorar.
Tomó la masa y se fue corriendo hacia su casa. Seguro que a sus padres todavía no se les pasaba el enojo.