La encontré con los ojos cerrados, la luz de la lámpara daba directo a sus ojos. mañana a temprana hora sería intervenida de una desviación nasal. Como residente de pregado, mi obligación era hacerle su documento médico.
-Por favor, apague la luz.
Prendí la que se encontraba en el buró. Me presenté, le referí que le haría su historia clínica; imprescindible para llevarla a quirófano. Atractiva, joven, de voz nasal, por su nariz de cotorra y desviada. Veía una chica abierta, desinhibida. La bata azul permitía visualizar su blanca piel al explorarla, facilitó con agrado el procedimiento.
-¿Si tengo alguna molestia, lo puedo llamar?
-Por supuesto, solo llame a la enfermera.
-Porqué no viene usted y me acompaña, me siento nerviosa y sola.
-No se preocupe estaremos cerca. Casi no hay pacientes, hace frío y llueve.
-Cuando termine mi labor vengo a darme una vuelta.
-No me engañe, estas noches asustan.

Afuera la noche estaba de perros y rayos, el agua, los truenos hacían vibrar las ventanas. El hospital vacío. La enfermera de guardia absorta. Una hora después volví.
-¿Ya ve, no han salido fantasmas?
-No los alborote, que tal si vienen y yo solita.
Se sube al siguiente piso, me toca, -dije bromeando-, dejaré la puerta abierta si se aterroriza.Tranquila y apreté su mano dándole valor.Ella no me soltaba.
-¿Y estará solito?
Moví la cabeza y sonreí.
Me despedí de la enfermera, pidiendo de favor que si algo sucedía me hablara por el teléfono.

Me di una ducha. Llevaba veinticuatro horas de guardia, unas horas de sueño me daría el impulso para llegar a las treinta seis.

Sentí un pie frío entre mis piernas y luego aquella voz de nariz apretada. Su pezón erecto rozando mi piel. Los latidos se fueron a mis sienes, sobresaltado respiré profundo. ¡Nunca imaginé tener una interna en mi cama! Mentalmente eché una moneda al aire. Daba lo mismo, el problema ya estaba allí. Quedé frente a ella y metí mis labios entre su oreja y clavícula. Sentí su mano acariciar el pelo de mi nuca. Pasaban de la una de la mañana, no me dio descanso, se valió de sus atributos para mantener mi atención. A ella tuve que ponerle la almohada en la boca para sofocar sus gemidos. Eran las cinco de la mañana, me vestí, le dije que me siguiera y mientras distraía a la enfermera, ella llegó a su cuarto. No tardarían en darle su medicación preanestésica.

A las seis de la mañana cuando llegó mi compañero de cuarto, me dijo, “puta madre, pues que hiciste en la noche cabrón putañero”

A ella la operarían de su nariz, lejos del abdomen.

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