—He de apoderarme como sea de Grecia —dispuso Darío I, “quiero que los griegos sean nuestros esclavos y sus ciudades nuestro botín”. No tardó en preparar un numeroso ejército para invadir Grecia por mar y tierra, a las órdenes de su yerno Mardonio. La escuadra resultó deshecha por los temporales al doblar el promontorio de Athos. Dispuso una segunda. conformada  por sus mejores generales, Datis y Arzafernes, y guiada por Hipias.
 Cien mil hombres para iniciar la conquista de Grecia. Su plan consistía en desembarcar cerca de Atenas, en la llanura de Maratón, donde la caballería y los elefantes persas podrían aplastar a la escasa infantería griega. Ocurrió que uno de los esclavos  era griego, bajo las ordenes  del Rey, asustado por lo que amenazaba a su patria consiguió huir del campamento persa, que se hallaba en El Pireo, y llegar a Atenas.
—Los persas se preparan para atacarnos por Maratón, dijo al Senado ateniense. Se discutió la defensa quedando el  general Milcíades como jefe del pequeño ejército griego. Las diez tribus de Atenas proporcionaron cada una mil infantes y otros mil que envió Platea, única ciudad que dio auxilio a los atenienses. Se reunieron 11.000 soldados.
—Necesitamos la ayuda de Esparta —dijeron algunos senadores.
Y como la cosa urgía, llamaron al ateniense Filípides. El mejor atleta del país y el vencedor en las carreras de la última Olimpíada.
—Saldrás ya, para pedir a Cleómenes, gobernante de Esparta, que nos envíe tropas de refuerzo en nuestro auxilio, partió veloz hacia Esparta, despreciando el caballo porque consideraba ser más rápido.— ¡En Maratón nos veremos! —dijo al partir.
Aquella carrera fue de unos 180 kilómetros. Los recorrió tan sólo en dos días. Su esfuerzo resultó inútil porque el jefe espartano se negó a prestar ayuda a los atenienses. Indignado Filípides por tal negativa, requirió su lanza, su escudo y salió corriendo, hacia la llanura de Maratón, donde esperaba reunirse con el reducido ejército ateniense que, al mando de Milcíades, iba a intentar detener el avance del ejercito persa. Llegó Filípides ante el general griego y le dijo la negativa de Esparta. Milcíades, sin desanimarse ordenó a sus hombres.
—Cubrid de troncos y ramas la llanura de Maratón para que la caballería no pueda avanzar. Esto les obstaculizará.
El general ateniense se dirigió a Filípides y le aconsejó al verle tan rendido:
—Tú, mensajero, puedes descansar: No es necesario que combatas.
—Gracias mi general; sin embargo, prefiero pelear junto a mis compañeros.
—Pero te veo agotado —insistió Milcíades.
Cuando la patria está en peligro, no se siente el cansancio —replicó
sonriente Filípides.

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