Los tragones del pueblo marchaban al mercado. Los olores de la paila: cueritos a medio cocer, sesos en hoja de maíz, tamales de frijol, de calabaza con camarón, pescado ahumado, fajitas de venado secas. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o ajuares de belleza. El campesino por un sombrero de palma. El vaquero, los botines de piel, espuelas, o porta navajas hechas de cuero. Las señoras iban por chile, semillas, verdura recién cortada; tela para vestido, zapatos, o hilos para costura, bordado. Los ricos compraban en las ciudades, si acaso algún arreo. El cacique llegaba con su caballo brioso, monturas de plata y oro, vestido para fiesta; la señora detrás montada en fina yegua y su séquito de vaqueros tras de ellos. Se instalaba en la tienda de su hermano, cerveza en mano, recargado en el mostrador y la gente, se inclinaba y se quitaba el sombrero. No tardarían en llegar el cura, el maestro y el matasanos.

Aruro Barragan pint.

Charri Arturo Barragan