tlacuache

—Es camino a la sierra, llega hasta la casa de tarro, techo de palma, está bajo dos árboles de Zapote. Usted pregunta por los ahorcados y luego le dicen.

— ¿Ahorcados— Sí. Dicen que en esos árboles ahorcaban a la gente.

 Reconocí al enfermo: muy delgado, respiraba con dificultad y con fiebres que lo empapaban de sudor por las noches. Tos de meses. Un mal con siglos de historia y que conocemos bien: “Enfermedad de pobres con tratamiento de ricos”. De poco sirven las medicinas, si no hay una buena alimentación. Por más que miraba y miraba, sólo había pobreza. Llevaba medicinas, pero habría que insistir que con un mes de tratamiento no bastaba. ¿Y el alimento, de dónde lo sacarían?  Gallinas en el patio no se veían. —Come cada tercer día carne de tlacuache. Con eso empezarás a engordar, pero no te olvides que es un año.

Dejé de verlo, un día de la plaza, entre tanta gente, una persona joven me enfrentó. — ¿Ya no te acuerdas de mí? Qué difícil, la verdad nunca he sido buen fisonomista y cuando la gente pertenece a una etnia y visten igual, pues mucho menos.

— Yo soy el enfermo que fuiste a ver camino a la sierra. Tengo la casa debajo de los “ahorcados”.

— ¿Tú eres? Mi sorpresa es que se veía gordo, luciente, enérgico. — ¿Te sigues tomando las medicinas? —Sí, pero lo que me está curando es la carne de tlacuache que me recomendaste, pero ya me chocó. Ya puedo trabajar ¿Puedo comer de otra carne?

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