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Llegamos a vivir cerca del volcán. En noches de frío intenso, te hacías bolita, tu cabeza descansaba en mis brazos, tus pies se calentaban entre los míos. próximos a dormir, la pierna derecha cubría la redondez de tu muslo con olor a fiebre y sabor a canela. Ayer, dijiste que me apropié de la frazada, que en la madrugada te despertó el frío. Me reclamaste con enojo, en tus ojos creí ver una luz  con regusto a quina.

Dejamos de abrazarnos, sombreamos nuestras sábanas de lejanía; cada uno comenzó a abrigarse con su propio cobijo de lana.

En las noches que siguieron, el frío derramó vidrios en la casa .

No puedes conciliar el sueño, porque tu cuerpo no responde al acomodo; yo me cubro hasta la cabeza, pero mis ojos permanecen abiertos, sintiendo una profunda oscuridad –fría como la menta–  afuera,  se oye  el chiflido del viento que golpea y hace crujir  las ramas.  En el espacio que media entre tú y yo, camina un interminable  silencio.