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Antes era osada, desafiaba circunstancias y era capaz de esconder el dialogo que manteníamos si llegaba un intruso. Me hizo viajar por su ciudad, me guió entre los viejos edificios; en las sombras me daba algún pellizco y reía.

Me mostró su casa – por si vienes una noche, te diré cómo entrar- la pileta, la cocina; rincones que solo ella conocía. Allí, como si fuese mono de plástico, me desinflaba y sonreía diciéndome: “no te muevas, te traeré de comer, debes estar hambriento”.

Hoy me quedé rumiando el recuerdo, el silencio duele, la plática quedó mocha, quieta, enterrada.